Let's Play.

Catorce

¿QUÉ ES LA ÉCLAT SOIREÉ Y POR QUÉ ME ODIA TANTO?

Había demasiadas fichas sobre la mesa para seguir fingiendo que esto era una partida corta

Arabella

La mirada que me lanzó Rush al salir del C8 tenía orgullo, sí... pero no estaba segura de si eso significaba que había pasado la prueba. Con lo poco que conocía al espécimen, cualquier cosa podía salir de su boca.

Así que, sin decir mucho, hice que todos volvieran al interior del almacén. No quería celebraciones vacías ni vítores sin sentido. Necesitaba una respuesta. Punto.

Los hice detenerse justo en el centro del lugar, lo bastante lejos del gentío que aún revoloteaba a mi alrededor como moscas sobre azúcar.

—¿Entonces pasé la prueba? —le solté, sudada, con la respiración a medio domar, al espécimen sexy que tenía al frente.

—¿Por qué siquiera preguntas eso? —saltó Drake, frunciendo el ceño—. Si llega a decir que no, prometo personalmente patearle el trasero.

Me habría reído, pero mis ojos estaban fijos en Rush.

Y entonces... él sonrió y asintió.

—Sí. —Su voz era firme—. Eso y súmale que rompiste un par de récords en el camino.

Reí. Esta vez no por satisfacción. Por alivio.

—Es lo mejor que he escuchado esta noche —admití, sin filtros.

—Cariño —siguió Justine—, tú fuiste lo mejor que he visto en mi vida. La mejor de la clase.

—Nunca había estado tan orgullosa de eso —dije, reprimiendo un bostezo.

Rush no dijo nada. Solo me abrazó. Y fue suficiente.

—¿A casa? —murmuró junto a mi oído, con esa voz que podría doblar a cualquiera.

Negué con la cabeza.

—Tenemos planes que armar.

—Y tú, una cama donde dormir —me dio un beso corto—. A casa.

♦ ♦ ♦

—Ah. Qué estupendo es tener dinero en mi cuenta —alabó Kendall una vez estuvimos solas en la casa.

—Sigo sin creer que apostaras a mis espaldas —reí, zumbándome en el sofá.

Ella se encogió de hombros sin un ápice de arrepentimiento.

—Vi una oportunidad y la aproveché —respondió mientras pasaba la llave de la puerta principal, cerrándola con seguridad—. Además, a ti también te gustó —se dejó caer a mi lado y suspiró profundamente, como si hubiera estado esperando poder hablar en serio desde hacía horas—. Pero, volviendo a temas serios, ¿qué piensas hacer, Bells?

Ah. Eso.

Crucé las piernas, clavando la mirada en ningún punto específico. La verdad... no tenía idea. Todo había sido demasiado hoy, un torbellino que no había terminado de asentarse en mi cabeza: el maldito almacén, hombres y mujeres que resultaban ser "soldados" jugando a un juego que desconocían, o peor, que creían controlar. Drogas peligrosas, mentiras disfrazadas de lealtades, Zacharias sacando a relucir su parte estúpida como siempre... Era demasiado.

Sí, había tenido aprietos antes, misiones que se habían enredado hasta parecer nudos imposibles. Pero desde lo de Nóvikov y la 'Ndrangheta, nunca había vuelto a tratar de manera directa con ambos al mismo tiempo. Y ahora el comité ruso y la mafia inglesa venían incluidos en el paquete.

Todo era una jodida caja de Pandora.

Era demasiado para mí sola. Porque sí, no estaba contando con la ayuda de Harrison. No después de haberlo mandado a la mierda esa noche.

—No lo sé, Kends —me sinceré, y en mi voz se notó la grieta.

—Rush dijo que podías salirte cuando quisieras.

Bufé, recordándolo.

—Por supuesto —dije, irónica.

—Sabes que lo dice porque se preocupa por ti —añadió, intentando suavizarlo. Negué con la cabeza mientras subía las piernas al sofá, cerrándome un poco más—. ¿Qué piensas de Chovert?

Fruncí la nariz. Vaya giro.

—Es... peligroso —respondí con cautela—. Sé que la gente que lo habita no tiene pasado, personas que obligatoriamente tienen que vivir y respirar para las sombras. Pero aún así... No lo sé. El único al que había visto reunir tanta gente cuerda aceptando trabajar para él, sabiendo lo que implica el bajo mundo, era Harrison.

—Las demás mafias también lo logran, Arabella.

—Sí, pero ahí se unen por miedo, por deudas que nunca terminan de saldar, por amenazas, venganza, desesperación. No por elección. Nunca por intención propia —repliqué con fuerza—. No digo que con Harrison todos estén ahí porque quieren. Sería ingenuo. Pero la mayoría, sí. Entonces, ver a un estúpido grupo reducido de cinco personas tener ese poder, esa capacidad de reunir y moldear gente sin obligarlos, verlos convertirse en armas precisas a tal punto de que sean perfectos para salir a las sombras... ¿No te da escalofríos?

Kendall asintió, pensativa.

—Tienes un punto —dijo al fin—. Es decir, ¿cómo consigues tal poder? Su club es pequeño. Clandestino. Nuevo.

—Exacto. De acuerdo, tienen a gente importante a bordo, traficando sus sustancias ilegales, incluso contactos clave, seguro. Pero aun así... tiene que haber algo más detrás. No puede ser solo por los Anderson. También está el apellido Massey. Rush representa al club, ¿pero por qué? Drake me dijo que su padre es un narcotraficante importante, pero aún no me dice quién.

—¿No te has sentado a investigar eso ya? —preguntó Kendall, algo incrédula quizás por mi falta de juicio.

Negué con la cabeza, exhausta.

—No exactamente. He estado hasta el cuello con Drake, concentrada en la infiltración, así que...

Kendall soltó un resoplido antes de levantarse del sofá sin decir nada más. Desapareció por el pasillo como una tormenta silenciosa, y al poco tiempo volvió con un arsenal: cobijas, cuadernos, lápices y nuestras laptops.

—No estás organizando bien tu tiempo —sentenció, dejándose caer a mi lado con todo entre manos—. Espero que no estés cansada, cariño, porque tenemos una búsqueda exhaustiva por delante.

Solté un suspiro resignado, arrancándole una manta, una libreta, dos bolígrafos y mi laptop. No podía contradecirla. Tenía razón. Y siendo las cuatro de la mañana, era mi único momento libre para ponerme al día con la investigación sobre los Massey. Así que... manos a la obra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.