Let's Play.

Quince

SÉ JUGAR, RUSH

En la mesa y en el juego, se conoce mejor al caballero.

 

—¿Estás con ganas suicidas? —Inquirió Drake, incrédulo cuando el Mastodonte se había ido—. Él es Caleb Finz.

Al rubio le di mi mejor encogimiento de hombros mientras me colocaba los guantes de box una vez más y caminaba hacia el ring.

—¿Y? Yo soy Larissa Sage.

—Bells, no lo entiendes —murmuró bajito, pero con una sonrisa—. Él es una maldita leyenda. Nunca le han dado más de un golpe y han logrado salir sin heridas graves, preciosa.

—En cuanto terminé con él, nadie pensará lo mismo, rubio —indiqué, adentrándome al cuadrilátero.

Había un señor moreno y calvo diciendo como teníamos que luchar, que todo era amistoso y bla, bla, bla. El Mastodonte, o Caleb, como lo había llamado Drake, me miraba arrogante desde su esquina mientras que yo le dirigía una mirada impasible. En cuanto el hombre calvo terminó de hablar, Caleb se alejó de su esquina para chocar guantes. Hice lo mismo. Una vez chocado los guantes, el hombre calvo se alejó y comenzó nuestra partida.

El Mastodonte empezó a moverse primero y a lanzar golpes a diestra y siniestra mientras yo los esquivaba todos. Ser pequeña era una ventaja que utilizaba cuando peleaba, eso y ser astutamente rápida. Levine siempre me recordaba como tenía que utilizar esa ventaja contra los chicos grandes como Mastodonte.

Mi estrategia era básica: tenía que cansar al Mastodonte para yo poder estamparle un puño en su cara y terminar con el show, pero realmente quería jugar un poco dado a que tenía mucho tiempo sin tener una pelea seria con alguien en algún ring. Cuando salí de la casa de Harrison, que era donde vacacionaba con Kendall, mis días de entrenamientos acabaron muy a mi pesar. Estar casi que todas las tardes con Levine entrenando era muy divertido y liberador, así que el que Mastodonte me retara era un respiro para mi día.

—¿¡Qué estás esperando!? ¡Golpea ya! —Rugió Caleb, jadeando por aire.

Reí.

—Oh, vamos, Mastodonte, ¿eso es todo lo que tienes? —Lo reté.

Eso lo hizo molestar y volver a lanzar golpes hacia mí. Los volví a esquivar mientras Mastodonte rugía y jadeaba.

—¡Deja ya de esquivar, maldita sea! —Exclamó, quedándose por un momento sin lanzar golpes.

Ahora sí, hijo de perra.

Aproveché su bajón de energía y terminé con lo que él había empezado. De un rápido movimiento, mis piernas fueron a su cuello y lo impulsaron hacia abajo. En cuanto logré tenerlo en el piso a pesar de sus golpes en mi pierna derecha estampé mi guante en su cara, justo en su nariz, haciendo que ésta empezara a sangrar.

Estampé otro en su ojo izquierdo y otro en su mandíbula. No pasó mucho tiempo para que él golpeara el piso en una clara señal de que se estaba rindiendo. El hombre calvo tocó mi hombro para que soltara el cuello del Mastodonte pero algo oscuro en mi interior creció y me dejó soltarlo, así que tomé su mano derecha y, aplicando la suficiente presión, su muñeca crujió, dándole a entender que la había roto.

El hombre calvo volvió a tocar mi hombro esta vez con más insistencia dado a los quejidos de Caleb. Sonriendo, relajé mi agarré y dejé que se soltara.

—¡Maldita puta! —Vociferó, haciéndome sonreír más, mientras tomaba su mano rota y salía del ring.

Solté un gemido de satisfacción e imité su salida del ring. Cuando bajé del cuadrilátero había varias personas junto con Drake mirándome con cierta incredulidad y asombro.

—¿Qué? —Inquirí, inocente cuando llegué al lado del rubio, tomando la toalla que tenía en su brazo junto con la botella de agua.

Éste negó con su cabeza.

—¿Có... mo? —Balbuceó.

Le sonreí.

—Entrenamiento —Respondí, orgullosa, tomando un gran trago de agua.

Parpadeó un poco.

—Mierda, Larissa —soltó, impresionado—. Has terminado con Caleb en un tiempo malditamente récord.

—Gracias, gracias —hice un gesto con mi mano libre.

A pesar que había soltado parte de mi enojo con Mastodonte, mi ira burbujeante hacia Zach no había desaparecido por completo, es más, ni siquiera había disminuido. Aún estaba ahí burbujeando, aunque cubierta por una gran tapa de metal. La estaba apaciguando. La guardaría para después. Un solo movimiento en falso de Zach y lo que estaba conteniendo explotaría.

—¿No crees que romperle la mano fue demasiado? —Cuestionó burlón, luego de unos momentos.

Arqueé una ceja.

—¿Preferirías que se lo hiciera a tu hermano? —Pregunté a su vez.

Ladeó su cabeza, pensado.

—No sería mala idea —contestó al fin.

Solté una carcajada genuina. Sacudiendo mi cabeza, mi vista se fijó en dos pares de ojos y caras sexys que reconocería hasta debajo del mar. Ellos caminaron hacia mí. Uno con una sonrisa plasmada en su cara y otro con una mirada de admiración.

—Eres una maldita máquina, Sage —elogió Riden cuando se paró enfrente de mí.




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