Let's Play.

Veintinueve

LOS MASSEY

 

Es el jugador quien dispone los movimientos.

 

En cuanto lo perdimos de vista, los Massey se relajaron y solté el aire que no sabía que retenía en mis pulmones.

—¿Estás bien? —Me preguntó Riden, tocando mi hombro.

Rush inmediatamente dirigió su intensa mirada grisácea a mí. Ésta me observó con preocupación pero asentí, respondiéndole a ambos. Riden miró a su hermano mayor y él accedió con su cabeza, de acuerdo con lo que Riden silenciosamente le pidió.

—Voy a buscarla —avisó Rise, soltándose su corbata—. Yo también me cansé de esta mierda.

Capté qué era lo que querían hacer y no discutí. Yo también me quería ir, además, los tacones ya me estaban matando. Rise no tardó mucho en encontrar y traer a Mila hacia nosotros, así que la fuga del evento fue algo tranquila hasta que llegamos a la limosina y el conductor le avisó a Rush, cuando éste le dio la dirección del hotel, que su padre había dado órdenes distintas.

—Maldita sea —se lanzó en el respaldar del asiento.

La limosina empezó a andar, causando que me desesperara. Esto era secuestro. Delicado, sí, pero aun así secuestro.

—Quizás podemos dejar a Larissa antes de ir —trató de razonar Mila con el chofer.

—Lo siento, señorita, pero lo que demandó su padre fue que estuvieran todos —habló el chofer, viéndola de reojo por el retrovisor.

Mila también se dejó caer en el asiento.

—Rush... —Riden le dedicó una mirada cargada de palabras a su hermano mayor. 

—No podemos decir que no —contestó el espécimen entre dientes. 

—Pero sí podemos dar pelea —Rise se encogió de hombros.

—Haríamos las cosas más difíciles —indicó Mila.

—No hay más que hacer —me oí decir. Cuatro pares de ojos estaban mirándome como si estuviera loca y tragué en seco—. Haremos lo que nos toque. Aunque logre salir de aquí antes de llegar, me irá a buscar —señalé lo obvio mientras que el desespero recorría mi cuerpo. ¿Por qué? Ni siquiera había conocido al gran Massey ya estaba volviéndome loca. ¿Qué demonios me estaba pasando?—. Acabemos con esto de una buena vez.

A pesar de las miradas, los Massey asintieron sin decir nada más, así que fue un viaje largo, estresante, y cargado de nerviosismo por mi parte el cual aumentó cuando llegamos a la mansión de los Massey. Quizás era la emoción, o el escalofrío que se desplazó por mi columna. No lo sabía. Era posible que también mi cuerpo reaccionara ante el peligro, tratando de avisarme que saliera corriendo de ahí, tal y como cuando conocí a Rush por primera vez que también sentí la ansiedad de los Massey junto a la mía elevarse por los cielos cuando salimos del auto, encontrándonos en la entrada principal de semejante villa.

—Los gustos caros no cesan —masculló Rise, observando la estrambótica fuente de mármol con una estatua de pez en el centro mientras subíamos las escaleras hasta la puerta principal.

La villa era enorme. Incluso más grande que la de los Anderson. Tal tamaño era intimidante, y es que aunque era hermosa por fuera teniendo un vasto jardín, iluminado por farolas antiguas que se alinean en un camino serpenteante, creando un sendero que se perdía en la oscuridad, árboles desnudos y estatuas clásicas que también se escondían entre la neblina de la noche, otorgando un aura misteriosa y melancólica a la villa, el que le perteneciera a un potente mafioso ruso el cual no sabía quién demonios era, el lugar estaba empezando a ponerme los pelos de punta. 

Tampoco sabía si fue por el frío de la noche o porque estaba violentamente nerviosa, pero se desarrolló un vehemente escalofrío que me recorrió toda la espalda. Rush quizás debió sentirlo gracias a que su mano estaba en la parte baja de mi espalda, por lo que su mano empezó a pasearse por toda esa zona, infundiéndome el valor necesario para entrar al interior su majestuosa casa.

—Es increíble —musité cuando dejé que mi vista recorriera el recibidor de aquella casa. Había creído que lo dije para mí misma aunque, cuando escuché la leve risa ronca de Rush, supe que él también lo había escuchado. Lo miré de reojo y sacudí la cabeza avergonzada—. Lo siento, es que esto...

Si tan solo el vestíbulo había revelado un espacio generoso y bien iluminado, no me quería imaginar el resto de la casa. Desplacé mi mirada una vez más por la estancia, deleitándome con cada objeto que encontraba, pero fue el imponente candelabro de cristal que colgaba desde el techo alto, dispersando destellos de luz por toda la estancia lo que más me gustó. 

El suelo de mármol pulido, en tonos oscuros, reflejaba la luminosidad de las lámparas empotradas en las paredes. A ambos lados del vestíbulo, se erigían columnas de mármol blanco, talladas con una precisión meticulosa. Me concentré en la base de cada columna. En ella había figuras de leones de bronce que sostenían detalles de mármol, emanando un peculiar aire de poder y autoridad.

El vestíbulo se desplegaba en un amplio espacio, con un techo abovedado elegantemente decorado con frescos pintados a mano. Escenas mitológicas y paisajes de ensueño se mezclaban en el arte que adorna el techo, evocando una sensación de serenidad y lujo que me erizaba la piel. Todo era demasiado elegante y refinado. 

—No tienes por qué disculparte, princesa —me interrumpió el espécimen, devolviéndome a la realidad, con una sonrisa en su cara... La cual se borró cuando una mujer preciosa nos recibió en la sala—. Madre.

¿Madre? Observé a la mujer a quién le calculaba unos cuarenta y tantos años sonreírle a sus hijos. Mila fue quien la abrazó primero, seguido de Riden, y un reacio Rise. Rush se quedó en su lugar, conmigo a su lado. La sonrisa de su madre se desvaneció y me dedicó una mirada larga y envenenada.

De un extremo al otro del vestíbulo, se extendía una alfombra de persa con intrincados patrones tejidos en colores sutiles de negro, blanco y verde oscuro. Ahí estaba ella, y por lo que notaba, bajo su pisada, la alfombra acogía cada paso con suavidad, amortiguando el sonido del repiqueo de sus finos tacones, agregando un toque de confort.




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