Let's Play.

Cuarenta y uno

BERLÍN

Pero para jugar con elegancia y precisión hay que saber mucho y ser capaz de utilizarlo

 

Rush

Habíamos volado diez horas. Diez malditas horas, llegando a Berlín a las seis de la mañana para que unas camionetas, bajo las órdenes de Sigmund, nos esperaran afuera del edificio donde tenía mi penthouse veinte minutos después de que nos plantáramos en el lugar para poder relajarnos un poco, y nos llevaran a Steglitz-Zehlendorf, donde quedaba la villa de Sigmund.

El viaje desde mi pethouse hasta la villa de la cabeza de la mafia alemana quedaba a tan solo veinte minutos, por lo que el trayecto no fue tan largo. Cuando llegamos a la entrada de villa me percaté de que nada había cambiado desde la última vez que pisé el lugar.

La reluciente villa aún seguía revestida de blanco que, con sus fachadas subdivididas y sus cuatro características torres angulares, continuaba desafiando con elegancia cada casa que estuviera a un kilómetro a la redonda.

La villa era de una belleza atemporal que daba muestras de actitud, y con sus proporciones simétricas clásicas, encajaba con naturalidad en la tradición de las villas burguesas, desde Karl Friedrich Schinkel hasta Hermann Muthesius y Peter Behrens.

Conocía muy bien las cuatro características torres angulares de la villa que se erguían a la vista. Ellas albergan cuatro habitaciones, cada una con su propia escalera, baño privado de mármol y amplia terraza en la azotea, que tiempo atrás, le había dado uso a cada una de ellas con mujeres de las cuales ya no recuerdo sus nombres por los efectos del alcohol y los años.

Cinco hombres armados nos escoltaron hacia el interior de la villa. Mientras pasábamos por los jardines que conectaban a la perfección con la belleza natural de un parque, de soslayo advertí a Harrison quien mantenía su expresión neutra desde que salimos del penthouse.

Ver a Harrison en mi piso había sido un completo choque. Ni siquiera mis hermanos habían estado ahí y que el jefe de mi novia se pusiera a detallar cada parte de mi piso mientras colocaba gestos en su cara, no era exactamente lo que esperaba.

Aun así, él decidió tomar los diez minutos que nos quedaban antes de que los hombres de Sigmund se aparecieran abajo, para tomar una ducha rápida. Decidí hacer lo mismo, así que me largué a la habitación principal y tomé la ducha más corta de la vida.

Cuando salí a la sala del todo ya vestido, me sorprendió ver a Harrison con un traje diferente.

—¿Revisaste los armarios? —Le pregunté al verlo sentado en el sofá marrón con su usual semblante inexpresivo.

Eso lo había hecho resoplar por la nariz.

—¿Crees que tengo tiempo para eso? —La mirada que optó por dedicarme me hizo sentir estúpido—. Bien puede que esta no sea mi casa, pero tengo gente aquí. Ordené que me trajeran lo que necesitaba.

No había escuchado en ningún momento el timbre del penthouse, pero no pregunté otra cosa, ni él dijo algo más hasta que llegaron por nosotros. Rodando los ojos ante ese recuerdo, decidí prestarle más atención al interior del salón de la recepción de la villa.

En cambio al exterior, el interior había sido renovado. El salón de recepción, con su gran claraboya de cristal de siete metros, ahora abría todas las habitaciones de la villa. Los elementos característicos de antes, fueron reemplazados por paneles de madera que llegaban casi a la altura de una habitación, el suelo que era de madera, también había sido cambiado por uno de terrazo de grano grueso y la construcción de escaleras de roble que conducía a la galería circundante en el piso superior había sido modernizada a un color más claro.

Uno de los cinco hombres que nos habían escoltado hacia el interior nos señaló las escaleras que daban al piso superior.

—El señor Nostravik los verá dentro de una hora —nos avisó con un tono hostil—, mientras, nos ordenó que los lleváramos a sus respectivas habitaciones para que descansaran hasta que se diera la hora.

—Dile a Sigmund que se meta su hospitalidad por el culo —ladró Harrison con su característico mal humor—. ¿Está en la terraza?

—El señor...

—No me importa —chasqueó Harrison, interrumpiendo al hombre—. ¿Está o no está en la terraza? No tengo todo el maldito día.

El semblante del hombre cambió de impasible a amenazador en menos de dos segundos y eso me soltar un suspiro ruidoso. Dio dos pasos hacia Harrison, pero el que Harrison sacara su pistola automática de la parte baja de su espalda y apuntara justo en la cabeza del hombre no era para lo que lo había traído conmigo.

De manera casi inmediata, los otros cuatro hombres estaban apuntándonos a ambos con sus ametralladoras, listos para disparar. Me pellizqué el tabique de la nariz mientras que maldecía mentalmente al jefe de mi novia.

—El señor Nostravik nos ordenó que los lleváramos a sus respectivas habitaciones, así que baje el arma y coopere. No lo voy a repetir dos veces. Estoy siguiendo las órdenes por las buenas, pero no me importaría empezar a seguirlas por las malas —dijo en tono despectivo el hombre quien Harrison estaba apuntando.

—Me gustaría verte intentándolo, pedazo de mierda —contestó Harrison airado.

—Harrison —le advertí. Yo no había viajado diez malditas horas para terminar muerto por una semejante estupidez.

Al instante pude ver como el hombre y los otros cuatro relajaban sus agarrares de sus armas y se colocaban rígidos como una tabla.

—¿Es usted Grant Harrison? —Preguntó aquel hombre con un deje de asombro y respeto en su voz.

—Ya los llevo yo, Carsten —habló una voz femenina, antes que Harrison dijera otra idiotez, que conocía lo suficiente como para agradecer que interrumpiera.

Ella bajó los últimos escalones que daban al salón con demasiada elegancia. Si antes los hombres habían relajado sus agarres, ésta vez soltaron pasaron sus armas hacia sus espaldas de forma veloz, dando varios pasos hacia atrás, formando una línea para rendirle pleitesía.




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