Let's Play.

Cuarenta y dos

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Sólo el juego preciso y fuerte puede llegar a ser feroz

 

Arabella

Un pitido.

Un golpe sordo.

Otro pitido.

Otro golpe sordo.

—¿Es que nadie respeta el maldito sueño ajeno? —Gruñí entre dientes, quitándome las sabanas de encima.

Giré en la cama y me senté en el borde de ésta, dejando que mis pies tocaran el helado piso de mi habitación. Suspiré, frotándome los ojos y maldije por debajo cuando mi mirada se topó con el despertador. Cinco y cuarenta de la mañana. En mi cuerpo tenía veinte minutos de sueño y alguien muy estúpido se había encargado de tocar la puerta, interrumpiendo mi rutina nocturna.

Fantástico.

Con cortos pasos, luego de levantarme, fui a la puerta y la abrí. Fruncí el ceño cuando esos orbes castaños me recibieron con un rastro de culpabilidad… el cual fue reemplazado con vergüenza cuando me escaneo desde el cuello para abajo.

Sabía cómo estaba vestida: una camisa de Rush lo bastante larga para cubrirme hasta los muslos, bragas debajo de la camisa y medias largas y negras hasta las rodillas, por eso, y por darme el placer de molestarlo, carraspeé para retomar su atención. Mi sonrisa se hizo presente cuando un rastro de color rojo pasó por sus mejillas al deslizar su mirada de vuelta a mi rostro.

—Sé que te acabas de desconectar del mundo, pero Rise te necesita en la sala de comandos para repasar el plan —dijo, recuperando el control de sus emociones—. Le diré que estabas durmiendo si no quieres ir.

—¿Qué otra cosa quiere repasar? —Me quejé, dejando caer mi peso en el marco de la puerta.

—Horas, salidas y que no hagas nada suicida —soltó como si lo hubiese escuchado muy seguido en las últimas horas.

—¿Ustedes no duermen? —Resoplé.

—Mientras tú estabas sacándole la mierda a tus soldados hasta hace media hora, la gente normal dormía, Arabella —le di mi peor mirada. Él alzó sus manos, mostrándome sus palmas en señal de paz—. Te esperamos en la sala. Si no apareces en los próximos diez minutos, tomaré eso como que quieres seguir durmiendo.

Dicho eso se fue sin dedicarme una segunda mirada. Soltando un gemido de fastidio, ladeé mi cuerpo. Mis ojos fueron desde la cama hasta mi ropa usual repetidas veces hasta que me rendí y cerrando la puerta de un golpe, me desvestí y ocupé mi uniforme porque, a decir verdad, ya lo veía como uno: camisa de tiras negra (o cuando no lograba lavarla era blanca), vaqueros de camuflaje verde oscuro y botas militares negras.

Una pierna adentro, luego la otra.

Un brazo adentro, luego el otro.

Un pie adentro, luego el otro.

Amarrar trenzas, acomodar cabello y gemir por debajo.

Lista.

Soltándole un suspiro a mi reflejo en el pequeño espejo, decidí dejar el interior de la habitación. Asegurándome de que la puerta estuviera bien cerrada, caminé por los pasillos que se empezaban a llenar de gente hasta llegar al comedor del recinto y hacer una pequeña cola corta para plantarme delante de un interesante asistente de cocina.

—¿Te picó algo? —Dijo mi rubio favorito detrás de la barra de servicio de la cocina.

Ver a Drake con un delantal, una red de cocina en su cabello y su cara manchada de harina a las casi seis de la mañana era una vista bastante curiosa. Sus ojos azules estaban brillando en felicidad e intriga cuando se posó en mí y en mi charola de hierro.

—¿Huevos? —Le levanté la charola, ignorando su pregunta anterior.

—Rise debe ser un jodido dolor de trasero si estás aquí tan temprano —rió él, tomando mi bandeja para luego desaparecer de mi vista.

Mordí mi labio inferior y salí de la fila para sentarme en una de las mesas vacías. Cuando deposité mi vida en la silla suspiré con cansancio. Mi cuerpo estaba pidiendo auxilio aunque estuviera acostumbrado a pasar horas en vela.

Había tenido un extenuante entrenamiento con el equipo C. Desde armamento hasta estilo de luchas, el equipo C era el peor equipo que tenía. En ese equipo en particular estaban todos los soldatos a los que consideraba terrible en sus áreas y tenía que tomarme el tiempo de entrenarlos porque jodidamente nadie quería hacerlo.

Rush quería mandarlos a otro lugar, Rise quería tenerlos como sirvientes de limpieza y Riden quería terminar con sus miserables vidas llevándolos al C8 sin preparación alguna. Por más que cada uno gruñó cuando decidí tomarlos bajo mi protección, les hice entender al trío de imbéciles que no podíamos perder más gente ya que en el C8 se perdían una que otras vidas por las pruebas.

No les gustó, pero tampoco metieron sus narices en mis asuntos.

Me arrepiento de eso.

—Por ahí alguien me dejó saber que el omelette de huevos con ajo te dejó mal sabor de estómago —habló Drake. Levanté la vista para divisarlo con mi bandeja en sus manos llena de un omellete, uvas y jugo—. Te traje otro para terminar con tu existencia.

¿Sonreír y babear estaba bien visto ante la sociedad? ¿Sí se podía hacer las dos cosas al mismo tiempo? No me importaba. Gemí por el olor del plato cuando el rubio depositó la bandeja frente a mí, junto a su trasero en la silla. Mi desesperación se hizo cargo de mí así que tomé el tenedor y le zampé el primer mordisco al plato.

—Sabía que habías sido tú —volví a gemir con la boca llena. Cerré los ojos con placer corriendo en mis papilas gustativas—. Jesucristo, ¿por qué demonios esto es tan bueno?

—Traté de seguir tu receta, pero esto fue lo mejor que pude hacer —rió entre dientes. Con la mano libre y sin abrir los ojos le hice un gesto al rubio para que cerrara el pico. Lo volví a escuchar reírse—. Tú secreto está a salvo conmigo, mujer, pero en serio, ¿si cocinas así de bien por qué rayos quieres que te haga el desayuno?




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