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Reino de Lev
Las armaduras de las escoltas reales aún resonaban en el patio cuando los últimos carruajes de Lowe y Alberius cruzaron las puertas de salida de la fortaleza; solo quedaron los representantes de Bennu y Tanna. La cumbre de los cinco reinos había terminado, y con ella, la actuación cuidadosa que exige la paz entre coronas rivales.
El rey Vezda Arslan, de complexión entrenada y barba impecable, observaba a su homólogo de Bennu desde el otro extremo del salón vacío. A pesar de los años, el viejo rey Rubert Rosier erguía la espalda como una columna de acero. Pero algo velaba la firmeza de sus ojos azules —algo que no tenía nada que ver con tratados ni fronteras.
—Rey Rubert —dijo Vezda, acercándose con paso firme—. Noté cierta inquietud en vos durante la asamblea. ¿Hay algún asunto que debamos abordar antes de vuestra partida?
Rubert negó con la cabeza.
—Nada que afecte a nuestros reinos, alteza. Se trata de un problema mucho más cercano a mi corazón.
—Si deseáis compartir esa inquietud, a veces se hace más ligera —ofreció Vezda con genuina empatía.
Rubert dudó un instante. Luego se giró hacia su consejero.
—Alexander, esperadme en el carruaje. Deseo hablar con su majestad a solas.
Lord Alexander Vacard apretó los dientes. Desobedecer a su rey era imprudente; dudar de la seguridad que ofrecía la familia Arslan rozaba la traición.
—Como vos ordenéis, alteza —dijo, y con una reverencia profunda hacia Vezda, se retiró.
—Tenéis un hombre leal —comentó el soberano de Lev.
—Y desconfiado también —sonrió el viejo monarca.
—A veces es lo mismo. Acompañadme a un lugar más cómodo.
Los dos reyes abandonaron la sala y se dirigieron a una pequeña alcoba privada. Allí tomaron asiento frente a frente, separados únicamente por una mesa baja de roble.
—Ahora sí —dijo Vezda, con la tranquilidad de quien no tiene nada que demostrar en su propia casa—. Decidme qué os aflige.
Rubert soltó un largo suspiro.
—Mi hijo... Ha abandonado sus estudios y se niega por completo a ser instruido de cualquier forma, ni siquiera para prepararlo para el trono... Ya no sé qué hacer con él.
—¿Acaso los educadores no han sido lo suficientemente firmes?
—No es solo cuestión de firmeza, gran rey. Es un rechazo absoluto a las responsabilidades... He intentado razonar con él, pero no ha servido de nada.
—Es joven. Quizá solo necesite tiempo para madurar.
—Era joven hace tres años. A su edad yo ya me preparaba para gobernar. Contraté tutores militares esperando que la disciplina lo corrigiera.
—¿Y qué ocurrió?
—Solo sirvió para que los maestros perdieran los estribos. Lo único que mi hijo ganó con esa «disciplina» fue un ojo morado y un hombro dislocado.
—Terrible —murmuró Vezda, entrelazando sus dedos.
—No sé si tenga la suficiente fuerza y salud para lidiar con esto.
—Entiendo vuestra zozobra. El peso de la corona ya es abrumador por sí solo; sumarle las penas del hogar termina por consumir a cualquiera. Si os sentís indispuesto, puedo poner a vuestra disposición a un galeno de Alberius.
Rubert rió sin gana.
—Agradezco la oferta, pero debo rechazarla... Mis consejeros jamás permitirían que un alberiano me examine.
Vezda asintió con una media sonrisa.
—Quizá no sea un médico lo que necesitáis, sino un maestro para vuestro hijo. Alguien capaz de doblegar esa renuencia sin quebrar al muchacho. Y me parece que conozco al hombre indicado. Un erudito de paciencia inagotable, que enseña con la palabra y no con el látigo.
—Eso sería maravilloso. ¿Quién es?
—Kítrinos.
Rubert se quedó helado.
—¿El cambión? No sabía que también era tutor.
—Es de los mejores. Ha instruido a los jóvenes de las casas nobles de Lev durante años, muchos de ellos tan rebeldes como el vuestro.
Rubert vaciló. La reputación de los cambiones era nefasta: engendros nacidos de la unión entre humanos y demonios, marcados por la corrupción y la desgracia.
—Yo... no sé si podría confiarle la mente de mi heredero a semejante ser.
—¿Dudáis de mi criterio, Rubert? —preguntó Vezda, endureciendo la mirada con sutil gravedad.
—¡En absoluto, alteza! Es solo la impresión del momento.
—Entonces está decidido. Lo enviaré a vuestro reino mañana mismo.
—¿Estáis seguro de querer enviarlo de inmediato? —preguntó el rey de Bennu. La sola idea de alojar a una criatura así en Bennu no le gustaba, pero la presión del soberano de Lev era evidente.
—Por supuesto... Y podéis disponer de él el tiempo que necesitéis.
—¿Y no os hará falta aquí? Sé que es vuestro consejero.
Vezda sonrió.
—No importa. Otro de mis consejeros podrá cubrirlo... Mi única duda es si su apariencia os causará repulsión.
—Bueno... supongo que deberé acostumbrarme —dijo el monarca de Bennu, con una sonrisa forzada.
—Os aseguro que sus modales son irreprochables. Al fin y al cabo, fue criado en el monasterio de San Archer.
Rubert se quedó atónito.
—¿Aquel que se quemó fuera de Alberius hace muchos años?
Asintió el monarca de Lev.
—Ese mismo.
—Me asombra que sobreviviera. Se dice que aquel fuego devoró hasta las piedras.
—Yo lo llamaría un milagro. Aunque dudo que la fe convencional se aplique a un cambión. Quizá Yaih, en su infinita misericordia, le conservó la vida por una razón que escapa a nuestro entendimiento.
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Bosque de los Ecos
Lord Alexander Vacard permanecía sentado erguido frente a su monarca, con los brazos cruzados y un gesto severo dibujado en el rostro. Miraba fijamente al rey Rubert. Que el soberano no le comentase absolutamente nada a su consejero real sobre una conversación privada con otro gobernante era, por decir lo menos, una afrenta personal.