Ley de hierro

Capítulo 2- Bennu

Reino de Bennu

Laura avanzaba por el corredor del ala oeste recordando las advertencias de Thomas Dufresne. El jefe de sirvientes había sido categórico: «A la suite del príncipe solo se entra cuando esté vacía. Y bajo ninguna circunstancia, muchacha, te quedes a solas con su alteza». A Laura le había parecido una exageración. ¿Qué tan peligroso podía ser un jovenzuelo aristócrata?

Al abrir la pesada puerta de roble, la respuesta la golpeó de lleno. Una marea de olor a vino dulce, perfume empalagoso, fruta pasada y cera consumida llenaba la habitación. El suelo era un caos de jubones, botas, pelucas amontonadas en las sillas, bandejas con restos de comida, naipes esparcidos y manchas sospechosas sobre la alfombra.

Laura dejó salir un suspiro de agotamiento antes de empezar.

—He visto porquerizas en mi aldea mucho más limpias que estos aposentos.

Avanzó entre la confusión de muebles barrocos hacia la cama de dosel. Al descorrer las cortinas de seda, el corazón se le heló en el pecho.

Tirado en el suelo, con la camisa de lino manchada de un rojo espeso y un puñal clavado en mitad del pecho, yacía el príncipe Rubert Renart Rosier XIII. Tenía la mirada perdida y la piel pálida. Un grito desgarrador se le escapó a Laura, lo bastante alto para resonar hasta los jardines.

—¡Por Yaih! ¡El príncipe está muerto! —Dio un brinco hacia atrás, tirando el plumero, lista para salir corriendo por el pasillo a gritar que el príncipe había sido asesinado.

De pronto, el «cadáver» se convulsionó. Renart comenzó a carcajearse con ganas, incorporándose de golpe mientras se limpiaba la barbilla.

—¡Debisteis haber visto la cara que habéis puesto! —exclamó entre risas, extrayéndose un cuchillo cuya hoja estaba incompleta y limpiándose lo que solo era mermelada de moras—. ¡Pagaría cien dragãos por un retrato de vuestra expresión!

Laura se llevó la mano al pecho, sintiendo cómo el espanto se transformaba de inmediato en una llamarada de indignación. El joven heredero la miraba desde el suelo con el cabello revuelto y una satisfacción infantil.

—Es una broma de pésimo gusto, alteza —dijo con la voz temblorosa de coraje, dando media vuelta.

—¡Esperad, esperad! No os vayáis —pidió Renart, poniéndose en pie con torpeza y tropezando con una bota—. Perdonadme. De verdad, prometo que no lo vuelvo a hacer... Es que las demás sirvientas ya se saben el truco y no tiene gracia.

—Comprendo... Con su permiso, debo retirarme.

Laura apresuró el paso, pero el príncipe le cortó el camino. Su postura cambió; esbozó una sonrisa ensayada, torciendo los labios con un intento de galantería aristocrática que resultaba más cómico que seductor.

—Debo deciros... que vos sois mucho más hermosa que las últimas jóvenes que han venido —añadió él, dando un paso hacia ella y bloqueándole la puerta—. No os había visto por aquí. ¿Cuál es vuestro nombre, linda paloma?

—Laura, señor. Y tengo trabajo que hacer —respondió ella fríamente, intentando esquivarlo.

—El trabajo puede esperar, Laura —insistió el príncipe, acorralándola levemente contra el marco de la puerta. Su tono era cargado de una confianza torpe—. Un beso de perdón para el futuro rey.

—No, alteza... No es necesario. Si me permite...

Sin embargo, el príncipe no se apartó.

—Un pequeño beso y os dejaré ir. —Renart sonrió con petulancia y se inclinó hacia ella, sujetándola del brazo.

A pesar de ser algo más bajo que Laura y de complexión delgada, la fuerza del muchacho era real. La sujetó de los hombros intentando forzar el acercamiento. Sentir el aliento a vino dulce tan cerca agotó la paciencia de la sirvienta. Llevada por el pánico y el coraje, Laura apoyó ambas manos contra el pecho de Renart y lo empujó con todas sus fuerzas.

Desequilibrado y con las botas enredadas en una alfombra doblada, el príncipe salió despedido hacia atrás. Cayó de espaldas con un estruendoso golpe contra una mesa baja, haciendo volar un tintero y dos botellas vacías.

Laura no se movió de inmediato. Se quedó de pie, respirando con fuerza, los puños aún cerrados donde antes había estado el pecho de Renart, y por un instante algo más duro que el miedo le endureció la mirada.

—No vuelva a tocarme —dijo, y ni ella misma reconoció del todo su propia voz. Solo después pareció recordar quién era él y quién era ella. El color le subió a las mejillas—. Lo... lo siento, vuestra alteza. No debí...

Sin esperar a ver si el príncipe se levantaba, la joven abrió la puerta de golpe y huyó a toda prisa por el pasillo, dejando a Renart tirado entre la tinta y el vino.

—Qué agresiva —masculló el chico sobándose la espalda. Jamás entendía por qué se enfadaban tanto—. En fin, hoy es un gran día, no hay motivo para enfadarse.

...

Un rato después, el príncipe salió de sus aposentos con ropa limpia, el cabello peinado y el ánimo renovado. Después de todo, pasaría la tarde entera con su padre.

Se encaminó a buscar al rey; sabía que el carruaje real debía estar cruzando las puertas tras la cumbre en Lev. La perspectiva de cabalgar juntos al fin le devolvió el buen humor. Sin embargo, al cruzar el vestíbulo, Thomas le salió al paso con una inclinación.

—Príncipe Renart, por fin os encuentro. Tengo que informaros de algo.

—Señor Thomas. Es un bello día, ¿no cree?... ¿Qué me queréis informar?

—Su majestad el rey Rubert acaba de descender del carruaje. Y me pidió comunicaros que se retirará de inmediato a sus aposentos privados. Se encuentra indispuesto.

Renart borró la sonrisa de sus labios al instante.

—¿Cómo que indispuesto? ¿Acaso está enfermo? —preguntó.

—No, alteza... Solo está exhausto tras el trayecto.

—Pero... me prometió que saldríamos a cabalgar en cuanto volviera.

—Lo sé, mi joven señor... —suspiró Thomas, sintiendo lástima por la ilusión rota del chico—. Pero el viaje por el Bosque de los Ecos ha sido duro. Además, el rey trae asuntos de Estado muy pesados que atender con Lord Vacard. Quizá mañana...



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En el texto hay: fantasia oscura, intriga política, cambión

Editado: 30.08.2026

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