Akane seguía mirándolo fijamente.
Cuanto más lo observaba, menos sentido tenía todo lo que estaba pasando. No había rastro de malicia en su mirada, ni intención de hacer daño, ni siquiera esa astucia típica de quien sabe que está haciendo algo prohibido. Simplemente estaba allí, sentado cómodamente sobre una caja de suministros, todavía con algunas migas de pan pegadas en la solapa de su chaqueta, observando a todas con esa expresión confundida y tranquila que había mantenido desde el principio.
Y precisamente esa tranquilidad era lo que más la inquietaba.
Porque él estaba ahí.
Dentro del tren.
Dentro de la barrera.
Dentro de una de las protecciones mágicas más antiguas, sólidas y seguras que existían en el mundo, diseñada específicamente para que algo como esto fuera imposible.
—Esto no tiene ningún sentido... —murmuró ella, frunciendo el ceño y pasándose una mano por la barbilla, perdida en sus propios pensamientos.
El chico ladeó la cabeza, curioso.
—¿Eh?
Akane ni siquiera lo miró cuando respondió. Seguía hablando casi consigo misma, repasando mentalmente cada paso del viaje.
—Las barreras estaban activas desde que salimos de la estación principal... —recitó en voz baja—. Los sellos de seguridad se verificaron tres veces antes de partir. Las runas de exclusión, esas que rechazan cualquier presencia masculina automáticamente... funcionaban perfectamente cuando pasamos por la zona de control. Yo misma las revisé.
—Supongo... —respondió él, encogiéndose de hombros como si hablara de algo que no le importaba ni entendía.
—Y estaban activas en todo momento —continuó ella—. Hasta ahora.
—Si usted lo dice...
—¿Sabes siquiera qué son las runas de exclusión? —preguntó Akane, girándose hacia él de golpe, con los ojos brillando de frustración.
—Ni idea —respondió él con total naturalidad—. Suena a cosas complicadas de magos. Yo solo voy a la escuela, señorita.
Akane se llevó una mano a la frente, sintiendo que le empezaba a doler la cabeza. Fue entonces cuando Anastasia decidió intervenir. Dio un paso al frente, su postura rígida y elegante, y su voz sonó clara, firme y directa, cortando cualquier duda o vacilación.
—De acuerdo. Vamos a empezar desde el principio. Sin rodeos.
El chico asintió con entusiasmo, como si le pareciera una idea excelente.
—Perfecto. Pregunte nomás.
—¿Cómo entraste al tren?
—Por la puerta —respondió él al instante, con esa obviedad que dolía solo de escucharla.
Varias alumnas de los grupos de atrás soltaron una risita nerviosa, incapaces de contenerse. Anastasia cerró los ojos un segundo, respiró profundamente para mantener la calma que siempre la caracterizaba, volvió a abrirlos y lo miró con paciencia infinita.
—Intentaré formularlo mejor —dijo despacio—. ¿Cómo llegaste hasta este tren en primer lugar? ¿Cómo lograste subir si este convoy está protegido desde kilómetros antes de llegar a la estación?
—Corrí —dijo él.
—... ¿Corriste?
—Sí.
—¿Y después?
—Seguí corriendo un poco más.
—...
—Y cuando estuve lo bastante cerca, me subí. Fue fácil.
Anastasia sintió una punzada aguda justo detrás del ojo.
—¿Por qué corrías? —preguntó, mordiendo cada palabra.
—Porque iba atrasado.
—¿Atrasado para qué?
—¡Para la escuela, claro! —exclamó el chico, como si fuera la razón más lógica del universo—. Si llego tarde otra vez, el director me castiga sin salir todo el mes. Y ya sabe... es estricto.
Akane y Anastasia intercambiaron una mirada pesada. Ambas pensaban exactamente lo mismo: Este chico no está mintiendo. Y eso es lo peor de todo.
—Continúa —pidió Akane, acercándose un poco más.
—Llegué a la estación —siguió él, contando la historia como si nada fuera extraño—. Había mucha gente, mucho movimiento, trenes grandes, luces raras... y vi este. Era el más grande y el que parecía ir más lejos. Pensé: “este seguro que pasa cerca de mi colegio”.
—¿Y te subiste así nada más? —preguntó Anastasia—. ¿No viste las barreras brillantes? ¿Los controles mágicos? ¿Las advertencias grabadas en todas las paredes? ¿Los carteles gigantes que dicen “Exclusivo Academia Saint Aurora”?
—No —respondió él, negando con la cabeza tranquilamente—. No me fijé en nada de eso.
—¿Por qué?
—Porque iba atrasado —repitió, como si esa respuesta lo explicara todo.
El silencio volvió a caer sobre el vagón, pero esta vez estaba cargado de incredulidad. Akane empezó a comprender que cada respuesta era completamente sincera, y esa sinceridad la asustaba mucho más que cualquier mentira elaborada.
—¿Cuál era tu destino exacto? —insistió ella.
—Mi escuela. El instituto San Gabriel.
—¿Y creíste que este tren te llevaba hasta allá?
—Bueno... —el chico se detuvo y miró alrededor por primera vez con atención real. Recorrió con la mirada a las decenas de alumnas que lo rodeaban, todas con el mismo uniforme, todas con varitas en la mano, todas mirándolo con una mezcla de miedo y curiosidad. Vio las runas brillantes en las paredes, el lujo del vagón, la ausencia total de hombres, y luego volvió a mirar a Akane con una mueca de duda—. Ahora... ahora empiezo a pensar que quizás me equivoqué de tren.
Akane sintió unas ganas terribles de golpear algo o gritar, o ambas cosas a la vez.
—Sí —dijo con voz seca—. Definitivamente te equivocaste.
—Ah...
—Definitivamente.
—Eso explica muchas cosas, ¿sabe? —dijo él, asintiendo sabiamente.
—¿Qué cosas?
—Por qué todas me miran como si yo tuviera dos cabezas. O como si fuera un fantasma.
Anastasia se tapó la cara con una mano, negando lentamente con la cabeza. Fue entonces cuando Lin Xuelian, que había permanecido todo este tiempo en silencio, observando con atención absoluta y procesando cada detalle con su mente analítica, dio un paso al frente. Su paso fue suave, casi imperceptible, pero inmediatamente todas las miradas se posaron en ella.