El silencio que siguió al estruendo de los disparos fue más pesado y desconcertante que cualquier grito o lamento que pudiera haberse escuchado. Todas seguían inmóviles, con los ojos muy abiertos, mirando aquello que tenían enfrente y que desafiaba todo lo que sabían sobre el mundo, la magia y las leyes que regían su existencia.
Frente a ellas, el escudo se mantenía firme: una lámina totalmente transparente, tan clara que casi parecía que no hubiera nada, pero que se movía y ondulaba lentamente, tal como lo haría el agua en un recipiente invisible. Brillaba con una luz tenue, propia, que no venía de ninguna fuente externa, y cada vez que una bala chocaba contra su superficie, no solo se detenía, sino que rebotaba con fuerza, saliendo despedida hacia los lados o cayendo al suelo inofensiva, como si hubiera golpeado el metal más duro y resistente que existiera.
Las chicas de primer año, que hacía unos instantes temblaban de miedo, ahora miraban con la boca entreabierta, incapaces de comprender lo que veían. Las alumnas de cursos superiores, que conocían mucho mejor cómo funcionaba la magia y sus límites, estaban igual de perplejas, intercambiando miradas de incredulidad entre ellas. Los tres encapuchados, por su parte, parecían tan confundidos como ellas; sus armas seguían apuntando, sus dedos apretaban los gatillos, pero sus miradas estaban fijas en aquella barrera que no tenía sentido. Se suponía que nada podía detener esas balas sin usar magia, y se suponía que en ese lugar, la magia ya no existía.
Pero lo más desconcertante de todo era el origen de ese poder.
«Gael no tiene magia», repetían una y otra vez en sus mentes, especialmente Akane y Anastasia, que habían visto con sus propios ojos los resultados del análisis. «El escáner marcó vacío total. No tiene energía, ni conexión, ni el más mínimo rastro de poder. Es como una persona cualquiera… y sin embargo, acaba de crear algo que ningún mago de la academia podría lograr».
Akane sentía que la cabeza le daba vueltas. Había visto barreras antiguas, hechizos maestros y protecciones legendarias, pero ninguna se comportaba así: fluida como un líquido, dura como el diamante, y lo más extraño de todo… funcionando perfectamente en un área donde la magia había sido completamente borrada. Era una contradicción absoluta, algo que no debía ser posible ni siquiera en teoría.
Anastasia, con su mente analítica y llena de conocimientos, sentía lo mismo. Había revisado libros antiguos, tratados de magia y registros históricos, y en ninguno de ellos existía algo parecido a esto. Si no era magia, ¿qué era? ¿De dónde salía esa fuerza?
Mientras todas seguían atónitas, Gael no perdió ni un segundo. Seguía manteniendo el escudo con una facilidad pasmosa, como si estuviera sosteniendo algo tan ligero como una pluma, y se agachó rápidamente hasta quedar a la altura de Anastasia, que todavía estaba en el suelo, recuperándose del susto y la sorpresa.
La miró con esa calma suya, sin rastro de miedo ni duda, y le preguntó con total naturalidad, como si estuvieran hablando de algo cotidiano:
—Oye… ¿por qué no te defiendes? —inclinó un poco la cabeza, confundido—. Si ustedes son las que tienen magia y todos esos poderes raros, ¿por qué se quedan ahí paradas esperando que les disparen?
Anastasia parpadeó varias veces, tardando un instante en reaccionar y encontrar las palabras para explicárselo, mientras el ruido de nuevas balas chocando contra el escudo resonaba a su alrededor.
—Es… es por eso que te dije antes —consiguió decirle, con la voz todavía temblorosa por la situación—. ¿Recuerdas lo que grité? Ese objeto que lleva el que está en el medio… es un anulador de magia. Está fabricado con un fragmento de una de las Calamidades Antiguas, esas fuerzas terribles que casi destruyeron el mundo hace siglos. Su poder borra cualquier tipo de energía mágica en todo el espacio que alcanza. Aquí dentro, en todo el tren… nuestra magia simplemente no existe. No funciona. Somos tan indefensas como cualquiera que no tenga poderes.
Gael escuchó atentamente, asintiendo como si estuviera entendiendo perfectamente. Cuando ella terminó, él respondió con la misma tranquilidad de siempre, como si le estuvieran diciendo que estaba lloviendo afuera:
—Ah, ya entiendo. Entonces… para que recuperen todo eso y puedan defenderse como saben, lo único que hay que hacer es destruir esa cosa, ¿no?
Anastasia abrió la boca para responder, con una sonrisa amarga y resignada en los labios.
—Gael… no es tan sencillo —le explicó despacio, mirándolo a los ojos para que entendiera la gravedad del asunto—. Esos fragmentos son indestructibles para cualquiera que no tenga un poder inmenso y muy especial. Muy pocos magos en la historia han logrado romper algo así. Es casi imposible, incluso para nosotras. Nadie puede hacerlo, así como así.
Gael se encogió de hombros, sin cambiar ni un ápice de su expresión, y respondió como si le hubieran dicho que había que levantar una caja de cartón:
—Bah, no debe ser tan difícil. Solo hay que darle un golpe fuerte y listo.
A unos metros de ellos, el líder de los encapuchados, que sostenía aquel objeto oscuro y retorcido en su mano, los escuchó hablar y soltó una risa seca y burlona, sin entender nada de lo que estaba pasando, pero seguro de su ventaja. Aún creía que aquella barrera era algún truco o último recurso desesperado de las chicas.
—¡Escucho voces estúpidas allá atrás! —gritó con voz ronca y potente, señalando con el arma— ¡Esa barrera no va a durar para siempre! Y sea quien sea que esté detrás… es solo una chica débil sin magia. ¡Sigan disparando hasta que se rompa todo y caigan!
Pero no pudo terminar la frase, ni tampoco pudo volver a apretar el gatillo.
En ese mismo instante, sintió un impacto terrible, seco y brutal justo en el centro del estómago. Fue como si le hubieran golpeado con una roca gigante o le hubiera caído un muro encima. El aire se le escapó de golpe, se le doblaron las rodillas y cayó de rodillas al suelo, soltando el arma y el objeto maldito, con la boca abierta intentando respirar sin poder lograrlo.