El tren comenzó a disminuir su marcha, y el ritmo constante y metálico de los rieles, que durante horas había marcado el viaje, se desvaneció poco a poco. En su lugar, surgió un sonido completamente distinto: un zumbido grave y suave, casi musical, que recorría las paredes del vagón como si la propia energía mágica del entorno estuviera saludándolos. La vibración cambió, se volvió más fluida, más ligera, y el aire dentro del tren se llenó de una brisa fresca, cargada de humedad y de un aroma dulce y salvaje, como a flores y agua pura.
Varias alumnas se levantaron de sus asientos, empujadas por la curiosidad. Incluso las de primer año, que apenas unos minutos antes habían estado pálidas por el miedo tras el ataque, olvidaron por completo el peligro vivido. Porque lo que tenían ante sus ojos era algo que, por más veces que se viera, nunca dejaba de quitar el aliento.
—Ya llegamos... —murmuró una estudiante de cabello corto, pegando la frente al cristal con los ojos muy abiertos—. Por fin...
—Miren afuera —dijo otra, señalando con la mano temblando levemente, aunque esta vez no era de miedo, sino de emoción.
Todas dirigieron la vista hacia las ventanas, y ante ellas se desplegó la inmensidad.
Un lago. Pero no era un lago cualquiera. Era tan vasto que sus orillas se perdían en la bruma del horizonte, pareciendo más un mar interior en calma. Sus aguas eran de un azul cristalino, tan transparentes que se podían ver reflejar las nubes y el cielo como si fuera un gigantesco espejo colocado sobre la tierra. Y justo en el centro de aquella inmensidad azul, desafiando toda lógica y gravedad, se alzaba Saint Aurora.
La academia mágica más prestigiosa del planeta.
No parecía una escuela. Ni siquiera parecía un simple edificio. Era una ciudad entera, flotando majestuosamente sobre las aguas, construida sobre plataformas de piedra blanca y cristal que se entrelazaban entre sí. Torres altísimas de mármol pulido que brillaban bajo el sol, puentes suspendidos que conectaban las distintas zonas como cintas de seda, jardines elevados donde florecían especies que no existían en ningún otro lugar del mundo, y cúpulas de cristal coloreado que captaban la luz para esparcirla por todo el complejo. Era una estructura inmensa, que ocupaba kilómetros enteros de superficie, y se extendía hacia arriba y hacia los lados, un milagro de la arquitectura mágica que combinaba belleza, poder y misterio.
—Nunca me acostumbro a verla... —susurró una alumna de tercer año, con una sonrisa soñadora—. Cada vez que regreso, siento que es la primera vez.
—Es hermosa... —admitió otra, con la voz llena de admiración—. Dicen que fue construida hace siglos, justo después de que se instaurara la magia en el mundo, para proteger todo el conocimiento.
—Lo es —admitió Anastasia, apoyada en el marco de la ventana, con una expresión más relajada de lo que había estado en todo el día—. Y dicen que es inexpugnable. Nadie que no sea invitado o alumno ha logrado poner un pie aquí en quinientos años.
Mientras tanto, en la ventana del lado opuesto...
Gael ya estaba pegado al cristal. Bueno, no solo pegado. Literalmente tenía medio cuerpo afuera, el viento agitando su cabello oscuro, los ojos brillando con una intensidad que parecía que se le iban a salir de las órbitas.
—¡Woaaaah! —exclamó, con la voz cargada de asombro, resonando en todo el vagón—. ¡Es enorme! ¡Es gigante! ¡Parece que alguien hubiera puesto una montaña de casas en medio del agua!
—¡Miren eso de allá! —señaló con el dedo, casi perdiendo el equilibrio—. ¡Y aquello! ¡¿Son torres? ¡¿Y qué son esas luces que giran?!
Las estudiantes comenzaron a taparse la boca con las manos. Varias empezaron a temblar, pero no de miedo. De risa contenida.
Porque justo en ese momento, el tren abandonó los rieles flotantes que lo habían guiado hasta allí y comenzó a deslizarse directamente sobre la superficie del lago, impulsado ahora únicamente por la magia. Y en el instante exacto en que la base de la locomotora tocó el agua...
¡SPLASH!
Una ola de agua clara y fresca se levantó por el costado y golpeó directamente la cara de Gael, que seguía asomado sin precaución alguna.
El resultado fue glorioso.
El muchacho terminó completamente empapado. El cabello pegado a la frente y a las mejillas, agua escurriendo por su barbilla y por su cuello, empapando su ropa, y aun así, no retrocedió ni un centímetro. Siguió ahí, con la boca abierta, mirando todo con la misma fascinación de antes.
—¡Está fría! —anunció alegremente, como si acabara de hacer el descubrimiento más importante del mundo—. ¡Pero muy bonita! ¡Brilla mucho!
Aquello fue demasiado. Varias alumnas tuvieron que darse vuelta para ocultar las carcajadas, otras se cubrieron la cara con los libros y hasta Anastasia desvió la mirada, aunque sus hombros temblaban de una manera muy sospechosa.
Akane, que había estado observando todo con una mezcla de cansancio y ternura, intentó mantener la compostura presidencial. Lo intentó de verdad. Respiró hondo, se acercó y habló con voz firme, aunque tranquila.
—Gael.
—¿Sí? —respondió él sin dejar de mirar hacia afuera, las gotas de agua cayendo de su nariz.
—Métete al tren.
—¿Por qué? —preguntó él, muy sorprendido, girando solo la cabeza para mirarla—. ¡Me estoy perdiendo lo mejor!
—Porque tienes medio cuerpo afuera y te vas a caer si te descuidas —explicó ella con paciencia—. Y además estás empapando todo el asiento.
—Pero la vista es increíble —insistió él, volviendo a mirar hacia la academia—. ¡Miren esas torres! ¡Parecen tocar las nubes!
—Ya veo que estás mirando —dijo Akane, acercándose un poco más—. Pero métete, por favor, Gael... —repitió ella con ese tono que usaba cuando ya no había discusión posible.
El chico suspiró. Fue un suspiro largo, profundo, cargado de la tristeza de un cachorro al que acaban de prohibir seguir jugando en el parque.