La estación principal de Saint Aurora había cambiado por completo en apenas unos minutos.
Las risas, los comentarios alegres y el alivio de la llegada del primer tren habían desaparecido por completo. Ahora el ambiente era denso, serio, cargado de una tensión que se podía respirar en el aire. Profesoras, personal de seguridad y sanadoras ocupaban posiciones estratégicas a lo largo del enorme andén flotante de mármol blanco, con bastones en mano y amuletos protectores brillando con luz tenue. La noticia del ataque en las vías ya había recorrido toda la academia, y nadie estaba dispuesto a bajar la guardia ni a correr el menor riesgo.
Al borde de la plataforma, la directora Evelyn Noctis observaba la inmensidad del lago con calma, mientras el viento fresco y salado agitaba ligeramente los extremos de su largo cabello negro. Sus ojos violetas escaneaban la superficie y las profundidades del agua con una atención absoluta.
—Evacúen a las alumnas recién llegadas hacia los dormitorios —ordenó con voz firme y clara, que se escuchó por encima del sonido del viento—. Que sean revisadas de inmediato por las sanadoras y permanezcan allí bajo custodia hasta nuevo aviso.
—Sí, directora.
Varias profesoras se movieron al instante para organizar al grupo. Las jóvenes de primer año obedecieron rápidamente, aunque muchas no podían evitar lanzar miradas nerviosas hacia las aguas oscuras del lago, como si esperaran ver emerger algo peligroso en cualquier momento.
Porque todavía faltaba un tren.
El último. El más importante. El que transportaba a la mayor parte de las nuevas alumnas, y también a dos miembros clave del consejo estudiantil: la secretaria y la tesorera. Si un convoy había sido atacado con tanta preparación, no existía ninguna garantía de que el siguiente llegara sin problemas.
—Mantengan activas las barreras exteriores al máximo de su potencia —continuó Noctis, sin apartar la vista del horizonte—. Quiero vigilancia constante sobre la superficie y el fondo del lago. No debe pasar nada sin que lo sepamos.
—Entendido.
—Las alumnas de tercer año y superiores permanecerán aquí, listas para actuar.
Akane y Anastasia asintieron con seriedad, y a su espalda las mejores estudiantes de combate se colocaron en formación, con los puños cerrados y la magia fluyendo bajo sus uniformes, preparadas, alertas y listas para intervenir en cuanto fuera necesario.
Todo parecía una preparación para una batalla inminente. La directora tenía el porte de una general organizando su defensa, las profesoras transmitían órdenes en voz baja pero decidida, y las barreras mágicas brillaban con una luz azulada que recorría todo el perímetro del andén, creando un escudo impenetrable sobre el agua.
Era solemne. Era serio. Era impresionante.
Excepto por dos individuos que estaban a pocos metros de distancia, rompiendo toda la atmósfera con una discusión que no tenía nada de solemne.
—¡Suélteme ya, viejo testarudo! —gritó Gael, moviéndose de un lado a otro con desesperación.
—No.
—¡Me está clavando la palma en la frente, esto es incómodo!
—Ese es el punto.
—¡Es abuso de autoridad! ¡Lo denunciaré ante la directora!
—No servirá de nada. Y no es abuso, es control de plagas.
—¡¿PLAGAS?! —la voz de Gael subió un tono más, indignado—. ¡Retírelo o verá!
A pocos pasos del grupo principal, el profesor Valerius Drakos mantenía a Gael a raya con una sola mano. Literalmente. Su brazo estaba completamente extendido, recto como una vara de hierro, y la palma de su mano descansaba firmemente sobre la frente del muchacho, impidiéndole acercarse ni un centímetro más. Por más que Gael se estirara, diera saltos o se inclinara hacia un lado, la mano lo seguía sin esfuerzo, como si estuviera pegada con cola mágica.
Gael agitaba los brazos, daba patadas al aire y giraba la cabeza intentando zafarse, sin lograr nada. Parecía un gatito enojado intentando atacar a través de los barrotes de una jaula, sin poder alcanzar a su rival.
—¡Venga aquí, cara de amargura! ¡No se esconda detrás de su brazo!
—No tengo ninguna intención de acercarme a ti más de lo necesario.
—¡Cobarde!
—Prefiero ser cobarde que tener que aguantar tu aliento a comida sin digerir.
—¡Idiota de capa oscura! ¡Más tieso que un palo seco!
—Y tú eres más ruidoso que un enjambre de insectos en verano. ¿Te callarás de una vez?
Valerius ya no se mantenía totalmente impasible. Fruncía el ceño con cada insulto, le respondía con sequedad y fastidio, y se le notaba en la mandíbula tensa que cada palabra de Gael le ponía de mal humor. Pero por más que le contestara, nunca retiraba la mano de su frente, manteniendo esa distancia segura que le permitía discutir sin recibir golpes.
—¡Me está ignorando a medias! ¡Conteste bien!
—Sí, te ignoro. Es lo único que me da paz.
—¡Pues deje de hacerlo!
—No.
Varias alumnas cercanas comenzaron a reírse entre dientes, tapándose la boca para no llamar la atención. Incluso algunas profesoras tuvieron que desviar la mirada para no sonreír, aunque intentaban mantener la compostura. Anastasia ya se estaba masajeando las sienes con ambas manos, con la expresión de quien siente que le duele la cabeza desde antes de que empiece el problema. Akane, por su parte, tenía la sensación de que estaba perdiendo años de vida a cada segundo que pasaba.
Y la directora Noctis, que había estado escuchando todo mientras vigilaba el lago, giró la cabeza lentamente hacia la escena. Observó un momento cómo Valerius respondía con creciente irritación, cómo Gael saltaba como un resorte intentando alcanzarlo, y cómo la mano del profesor permanecía clavada en su lugar como una roca.
Finalmente, soltó un suspiro largo y profundo.
—Increíble.
Akane asintió de inmediato, totalmente de acuerdo.
—Completamente de acuerdo.
Ambas avanzaron al mismo tiempo hacia el par de discutiendo, sin prisas pero con determinación.