Leyenda Viva

Capítulo 7: Un cuarto para uno

Los largos pasillos de Saint Aurora volvían poco a poco a recuperar su ritmo habitual. El murmullo de las alumnas, el sonido de las puertas al abrirse y cerrarse, y el eco de pasos sobre los suelos de mármol sustituían ya la tensión que se había respirado durante horas. Las estudiantes de primer año habían sido distribuidas en sus respectivas habitaciones, las profesoras regresaban a sus tareas y el alboroto causado por el ataque al tren comenzaba a desvanecerse... o al menos eso intentaban que pareciera.

—Este será tu cuarto por ahora —anunció Akane deteniéndose frente a una puerta de madera blanca, adornada con delicados grabados de hojas y ondas en tono plateado que brillaban suavemente con la luz de los faroles mágicos del pasillo.

La abrió con un gesto sencillo y dejó pasar al interior.

La habitación era espaciosa, sencilla pero acogedora, con paredes de tonos claros que hacían que todo pareciera más amplio. Junto a una gran ventana con cortinas ligeras había una cama individual con sábanas limpias y suaves. Al lado, un escritorio de madera oscura, una estantería vacía lista para llenarse con libros, un pequeño sofá tapizado en tonos azulados y, al fondo, una puerta de vidrio que daba a un balcón desde donde se podía ver gran parte del inmenso lago que rodeaba la academia, con sus aguas brillando bajo la luz del sol.

Gael asomó la cabeza, observando con curiosidad cada rincón, y finalmente asintió con una media sonrisa.

—Está bonito... mucho más ordenado que cualquier sitio donde haya dormido hasta ahora.

Entró despacio, recorriendo con la mirada los muebles como si quisiera asegurarse de que todo era real.

—Normalmente estas habitaciones se comparten entre dos alumnas —explicó Anastasia mientras entraba detrás de él y se acercaba a la ventana—, pero por suerte para ti, había algunas libres reservadas para casos especiales. Y, al parecer, tú ya te has convertido en un caso muy especial.

Freya se adelantó y dejó una pequeña caja de madera sobre el escritorio.

—Así que este espacio será exclusivamente tuyo. Nadie entrará sin tu permiso, y tienes total libertad para organizarlo como quieras.

Gael se quedó unos segundos en silencio, mirando a su alrededor, y luego soltó un suspiro largo y profundo, como si el peso del día por fin se le cayera de encima.

—Bueno... está muy bien, sí. Pero me da la sensación de que me voy a sentir un poco solo aquí.

Las tres se quedaron mirándolo en silencio.

Anastasia, de repente, dibujó en su rostro esa sonrisa tranquila y serena que, por experiencia propia, nadie consideraba nunca una buena señal.

—Bueno... si no te convence esta opción —dijo despacio, apoyándose en el borde del escritorio—, siempre queda la alternativa.

Gael parpadeó, desconfiado.

—¿Qué alternativa?

—Compartir habitación con el profesor Valerius.

El efecto fue inmediato.

Gael dio un salto hacia atrás como si hubiera tocado una plancha al rojo vivo, con los ojos muy abiertos y las manos levantadas en señal de rechazo absoluto.

—¡¿QUÉ?!

—Es una posibilidad que se ha mencionado —añadió ella con total naturalidad—. Tiene una habitación muy grande en el ala de los profesores, y dicen que le sobra espacio. Podría ser incluso divertido, ¿no?

—¡Ni hablar! ¡Ni en mil años! —gritó él, moviendo la cabeza con tanta fuerza que sus cabellos se agitaron—. ¡No pienso compartir ni un metro cuadrado con ese viejo amargado y malhumorado! ¡Prefiero dormir en el suelo del pasillo antes que en la misma habitación que él!

Freya inclinó levemente la cabeza, observando la reacción del muchacho con genuina curiosidad. Era la primera vez que veía a alguien reaccionar con tanta intensidad ante la simple mención de otra persona.

—Perdón que insista —dijo con tono tranquilo—, pero sigo sin entenderlo bien. ¿Qué ocurrió exactamente entre ustedes dos en los pocos minutos que estuvieron juntos?

Gael cruzó los brazos sobre el pecho y frunció el ceño, mirando hacia un rincón de la habitación como si buscara una respuesta.

—No tengo ni idea, la verdad —respondió al final—. Simplemente... en cuanto lo vi, me dieron ganas de discutir con él. Y cada cosa que decía me parecía más molesta que la anterior. No lo soporto, punto.

Freya volvió la mirada hacia Akane, esperando una explicación. La presidenta del consejo estudiantil soltó un pequeño suspiro y negó con la cabeza, con una sonrisa divertida.

—Y por lo que vimos, el sentimiento es totalmente mutuo.

Las tres intercambiaron una mirada y no pudieron evitar recordar la escena en el andén: los gritos, las acusaciones, los empujones, las manos que se agarraron mutuamente y hasta los coscorrones que se propinaron. Apenas se habían visto y ya parecían conocerse de toda una vida, aunque fuera para pelear.

—Es increíble que lograran ponerse así en menos de diez minutos —comentó Freya, sacudiendo la cabeza.

—Eso mismo pensamos nosotras cuando lo vimos —añadió Akane—. Parecía que se conocían de antes, aunque ambos juren que no es así.

Mientras hablaban, comenzaron a revisar el espacio, acomodando algunas sábanas y ordenando un poco, aunque en realidad había muy poco que organizar todavía.

Gael se acercó a la cama y dejó sobre ella una pequeña mochila de lona, gastada por el uso y con algunas costuras remendadas. La abrió despacio, con un gesto tranquilo, y se quedó mirando su interior.

Akane se acercó un poco y parpadeó con sorpresa.

—¿Eso es todo lo que traes?

Dentro de la mochila apenas había unos pocos objetos: un par de cuadernos de tapa dura, algunos lápices y bolígrafos, dos mudas de ropa limpia dobladas con cuidado y un pequeño estuche de cuero. Nada más. No había fotografías, ni cartas, ni objetos antiguos, ni recuerdos de ningún tipo. Ni siquiera había una simple llave o un adorno pequeño.

Anastasia se acercó también y cerró lentamente la solapa de la mochila, como si quisiera darle un poco de privacidad. Luego, con tono totalmente natural, como si hiciera una pregunta más, habló en voz baja:



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Editado: 13.07.2026

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