Los primeros rayos del sol se abrían paso a través de los enormes vitrales de colores que cubrían las altas ventanas de Saint Aurora, proyectando manchas de luz dorada, azul y carmesí sobre los suelos de mármol pulido. La academia despertaba poco a poco, envuelta en un murmullo suave: las alumnas se dirigían al comedor con sus uniformes impecables, otras recorrían los jardines antes de que comenzaran las clases, y las profesoras revisaban los últimos detalles para dar la bienvenida oficial a las nuevas estudiantes.
Mientras tanto, por el pasillo del ala de habitaciones especiales, caminaba Akane con paso tranquilo pero decidido. Llevaba en las manos una pequeña bandeja de madera, cubierta con una servilleta blanca, donde había preparado el desayuno para Gael: pan recién horneado, fruta fresca, queso y una taza humeante de infusión.
—Espero que siga durmiendo —murmuró para sí misma con una media sonrisa—. Al menos así no habrá problemas antes de que empiece el día.
Se detuvo frente a la puerta de madera blanca, adornada con grabados plateados, y golpeó suavemente dos veces.
Toc. Toc.
—Gael, soy yo.
Desde adentro no llegó ninguna respuesta. Solo silencio.
—¿Sigues dormido? —preguntó de nuevo, acercando un poco la oreja a la madera.
Al no escuchar nada, giró el pomo con cuidado y abrió lentamente la puerta.
—Voy a entrar, ¿de acuerdo?
La habitación estaba impecable, tal como la habían dejado el día anterior. La mochila seguía en su sitio, los cuadernos ordenados sobre el escritorio… pero la cama estaba hecha, sin una sola arruga en las sábanas.
Akane parpadeó, sintiendo que el corazón le daba un vuelco leve.
Miró hacia el baño y abrió la puerta de golpe. Vacío.
Se acercó al balcón y corrió las cortinas. La puerta estaba cerrada por dentro, y no había rastro de nadie.
Un escalofrío recorrió su espalda, a pesar del calor del sol que entraba por la ventana.
No… no puede ser otra vez.
Cerró los ojos un instante, contando hasta tres para mantener la calma.
—…No puede ser que ya haya desaparecido —susurró.
Cinco minutos más tarde, las cuatro se reunían en el pasillo con expresiones serias.
—¿Desapareció? —preguntó Anastasia, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño.
Akane asintió con la bandeja todavía en la mano.
—No está en ninguna parte de la habitación. Revisé cada rincón.
Freya levantó la vista de una pequeña pantalla mágica que flotaba en el aire, llena de símbolos luminosos.
—¿Comprobaste las salidas? ¿Las ventanas?
—Todo está cerrado y sin señales de haber sido forzado —respondió Akane—. Balcón, baño, armario… nada.
Astrid, que sostenía su lanza apoyada en el suelo con firmeza, inclinó la cabeza.
—Con él nunca se sabe —dijo con tono grave—. Si pudo cruzar todas las barreras para entrar, seguro que puede salir igual de fácil.
Las cuatro intercambiaron una mirada. Todas pensaban exactamente lo mismo: cuando se trataba de Gael Valdés, la ausencia de noticias no era tranquilidad, sino el aviso de que algo raro estaba a punto de ocurrir.
—Cuando se trata de Gael… —empezó a decir Freya.
—Nunca son buenas noticias —terminaron las cuatro al mismo tiempo.
Durante casi una hora recorrieron gran parte de la academia. Pasaron por el comedor, donde cientos de alumnas desayunaban; por los amplios patios llenos de flores y árboles antiguos; por los campos de entrenamiento, donde ya se escuchaban los primeros ejercicios; y hasta por los pasillos de los dormitorios.
En ningún lugar había rastro de él.
Incluso detuvieron a varias alumnas que pasaban por allí.
—¿Han visto a un chico joven, de cabello rubio y ropa sencilla?
Pero las respuestas siempre eran las mismas:
—No, señora.
—No lo hemos visto hoy.
—Lo siento, no hemos cruzado con nadie así.
Freya suspiró, frotándose la frente con cansancio.
—No puede haberse evaporado en el aire… ¿dónde habrá ido?
—Con él nunca se sabe —repitió Astrid, aunque esta vez con un deje de resignación—. Podría estar en cualquier rincón de este lugar.
—Seguro que salió hacia el lago otra vez —dijo Akane, empezando a caminar más rápido—. Ya sabemos que se lleva bien con las criaturas de allí.
—O está montado sobre el lomo del Guardián —añadió Anastasia, negando con la cabeza—. O explorando una isla que lleva siglos deshabitada. O se metió en algún almacén de herramientas antiguas. O…
Las cuatro empezaron a imaginar escenarios cada vez más absurdos y caóticos, cuando una voz suave y tímida las interrumpió.
—Disculpen…
Se detuvieron en seco y giraron al unísono.
Frente a ellas estaba una joven de cabello plateado que le caía hasta los hombros y ojos de un azul claro como el agua del lago. Llevaba el uniforme de primer año perfectamente puesto, y sostenía varios libros contra su pecho con ambas manos. Era una de las nuevas alumnas: Elara Weiss.
Al ver que todas la miraban con atención, se puso un poco nerviosa y bajó la vista un instante antes de volver a levantarla.
—¿Están… buscando al alumno especial? —preguntó con voz suave.
Akane dio un paso al frente, con la esperanza brillando en sus ojos.
—¿Lo has visto?
La muchacha asintió con firmeza.
—Sí. Está en la biblioteca.
Durante un segundo, el silencio se hizo más denso que antes.
—¿En la biblioteca? —repitió Anastasia, como si no hubiera entendido bien.
Elara volvió a asentir con calma.
—Lo vi muy temprano, cuando apenas salía el sol. Había ido a devolver un libro y lo encontré sentado junto a uno de los grandes ventanales del fondo. Como nunca había visto a un chico dentro de la academia, me llamó mucho la atención.
Freya se inclinó un poco, con curiosidad.
—¿Y qué estaba haciendo?
La respuesta que siguió hizo que las cuatro se quedaran inmóviles, con los ojos muy abiertos.