La biblioteca volvió a sumergirse en su silencio habitual. Las alumnas que se habían acercado para escuchar la narración de Akane fueron regresando poco a poco a sus mesas, con la mente llena de nuevas historias y preguntas, pero sin hacer ruido para no interrumpir. Lin se movía con su habitual discreción, recogiendo los libros que ya no se usaban y acomodándolos en pilas ordenadas, mientras Akane terminaba de cerrar y alinear los grandes volúmenes sobre la mesa.
Gael permanecía en su asiento, con la mirada perdida en el vacío y el ceño ligeramente fruncido. Había una pregunta que daba vueltas en su cabeza desde el día anterior, y que ahora, después de escuchar todo lo relacionado con los Guardianes, le parecía aún más importante.
—Akane... —llamó con voz suave pero decidida.
Ella levantó la vista de inmediato, notando su expresión seria.
—Dime, Gael.
El muchacho apoyó un codo sobre la mesa y se inclinó un poco hacia adelante.
—Ayer escuché otra palabra varias veces, cuando mencionaron lo que protegían los sellos y lo que podía despertar. Nadie quiso explicarme qué significaba, pero ahora me atrevo a preguntar.
Akane ya imaginaba cuál sería. Asintió con la cabeza, animándolo a continuar.
—¿Cuál es esa palabra?
—Las... Calamidades.
En el instante en que pronunció ese nombre, el ambiente cambió por completo. La luz pareció volverse un poco más tenue, y la sensación de tranquilidad que había reinado hasta ese momento se disipó de golpe. La sonrisa de Akane desapareció por completo, dejando paso a una expresión grave y preocupada. Anastasia detuvo el movimiento de sus manos y dejó el libro que sostenía sobre la mesa con suma lentitud, como si estuviera tocando algo peligroso. Incluso Lin, que nunca demostraba alteraciones, detuvo por un segundo sus dedos sobre el lomo de un volumen y levantó los ojos con mayor atención.
Gael frunció el ceño con más fuerza, notando al instante ese cambio de actitud.
—¿Dije algo malo? —preguntó con cierta inquietud.
Akane tardó unos segundos en responder, como si estuviera buscando las palabras adecuadas o decidiendo hasta dónde podía contarle.
—No... no dijiste nada malo —negó lentamente con la cabeza—. Solo hiciste una pregunta... mucho más compleja, oscura y peligrosa de lo que crees.
Gael esperó en silencio, impaciente por saber la respuesta.
Akane soltó un suspiro profundo, como si tuviera que sacar el peso de siglos de historia y temor.
—La verdad es... que ni siquiera nosotros, que estudiamos esto durante años, sabemos realmente qué son.
...
Gael abrió los ojos con sorpresa, sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—¿Cómo es posible? —preguntó, mirando a Akane, luego a Anastasia y finalmente a Lin, esperando que alguna de ellas corrigiera esa afirmación—. ¿Ni ustedes lo saben con todos estos libros y conocimientos?
Anastasia negó suavemente con la cabeza, con una expresión que denotaba frustración y resignación al mismo tiempo.
—No. Después de quinientos años de su primera aparición, después de miles de investigaciones, de relatos y de registros, seguimos sin comprender su verdadero origen, su naturaleza exacta ni por qué aparecen en el mundo.
Gael quedó completamente desconcertado. Era la primera vez desde que había llegado a la academia que veía a Akane admitir abiertamente que no tenía una respuesta, algo que parecía imposible tratándose de ella.
Akane volvió a abrir uno de los libros más antiguos que tenían sobre la mesa. Sus páginas estaban amarillentas y frágiles por el paso del tiempo, con bordes desgastados y tinta que había perdido parte de su intensidad original.
—Lo único que sabemos con certeza —explicó ella con voz baja— es lo que dejaron escrito quienes tuvieron la desgracia de enfrentarlas.
Pasó con mucho cuidado varias hojas, hasta detenerse en una ilustración dibujada con trazos firmes pero llenos de desesperación. La imagen mostraba un paisaje que parecía haber sido arrancado de su forma natural: montañas partidas por la mitad, valles convertidos en grietas sin fondo, bosques enteros reducidos a cenizas y polvo, y las siluetas de ciudades que ya no existían, borradas por completo del mapa.
—Las Calamidades... —continuó ella, señalando el dibujo— no son dioses, ni monstruos, ni ejércitos de criaturas oscuras. Tampoco son magia creada por nadie. Son fuerzas puras, primordiales e incontrolables de la naturaleza misma. Se manifiestan de formas distintas: como fuego que no se apaga, como agua que inunda sin cesar, como viento que arranca rocas o como una corrupción que devora todo lo que toca. Y su única función es destruir todo cuanto encuentran a su paso.
Gael observó el dibujo con los ojos muy abiertos, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Tan fuertes son como para causar todo esto? —preguntó con voz casi un susurro.
Akane levantó la vista, y su respuesta fue inmediata, sin vacilación alguna.
—Una sola Calamidad... tiene el poder suficiente para borrar un continente entero de la faz de la tierra.
La biblioteca quedó completamente muda. Incluso las alumnas que seguían en las mesas cercanas se habían quedado en silencio, escuchando con atención, como si temieran que el simple hecho de hablar de esas fuerzas pudiera atraerlas.
Akane siguió pasando las páginas, mostrando mapas antiguos y anotaciones desordenadas.
—Los registros más fiables sitúan la primera aparición hace aproximadamente trescientos cincuenta años, poco más de un siglo después de la desaparición de los Guardianes y los dioses. Aquí —señaló un punto con el dedo sobre un mapa dibujado a mano—, en lo que entonces era el reino de Grecia.
Gael se inclinó para ver mejor el lugar marcado.
—Su aparición fue repentina, sin aviso previo, sin señales en el clima ni en la magia. Un día todo estaba en calma, y al siguiente, el suelo comenzó a temblar y una energía oscura e incontrolable salió de las profundidades. No hubo tiempo de prepararse. Ciudades enteras fueron reducidas a escombros en cuestión de horas. Miles de personas murieron antes de poder siquiera correr. Los ejércitos más poderosos de la época marcharon para detenerla, pero fueron barridos como si fueran hojas secas. Los magos más hábiles lanzaron sus conjuros más fuertes, pero la energía de la Calamidad simplemente los absorbía o los deshacía sin esfuerzo. Todo parecía perdido, como si el mundo estuviera condenado a ser destruido sin remedio.