El rumor comenzó con una sola alumna que salía corriendo por el pasillo con los ojos muy abiertos.
—¿Escuchaste?
—¿Qué pasó?
—¡El alumno especial va a pelear contra el profesor Valerius! ¡Y el que gane obtendrá la respuesta que busca!
Cinco segundos después, ya no era un rumor: se había convertido en una epidemia que recorría Saint Aurora a una velocidad increíble.
—¡¡¿QUÉ?!!!—¡El alumno nuevo lo desafió!
—¡No, fue el profesor quien lo retó!
—¡Van a pelear ahora mismo!
—¡En la Sala de Entrenamiento Mágico!
En menos de un minuto, las alumnas de primer año salían disparadas de sus aulas. Las de segundo las seguían sin perder tiempo. Las de tercero ya iban por delante, y hasta las de cuarto corrían mientras guardaban sus cuadernos a toda prisa.
Dentro de cada salón, la reacción era idéntica:
En la clase de Teoría Mágica, la profesora escribía con calma en la pizarra:
—Y como pueden ver, la estabilidad de las barreras depende de la canalización de energía...
La puerta se abrió de golpe.
—¡¡Profesora!! ¡Venga rápido! ¡El profesor Valerius va a enfrentarse al alumno Gael!
La mujer dejó lentamente la tiza sobre el escritorio, con una sonrisa cómplice.
—La teoría puede esperar. ¡No vamos a perdernos esto!
Y en cuestión de segundos, toda la clase salió corriendo, con la profesora a la cabeza gritando:—¡Rápido, que los mejores asientos se acaban!
En el salón de Historia Antigua ocurrió exactamente lo mismo. Una alumna asomó la cabeza y anunció:
—¡Ya van a empezar!
Inmediatamente, la profesora cerró su libro de golpe y se puso de pie antes que nadie.
—¡Vamos! Hace años que no se ve algo así en la academia.
Cinco minutos después, la enorme Sala de Entrenamiento Mágico estaba llena hasta el último rincón. Era un recinto circular, reforzado para resistir impactos de gran potencia, pero hoy parecía la final de un campeonato mundial. Las gradas eran un mar de uniformes: alumnas de todos los cursos, profesoras, personal de mantenimiento y hasta asistentes observaban con entusiasmo, empujándose levemente para ver mejor.
—¡Guárdame un lugar!
—¡Muévete un poco!
—¡¿Quién trajo una bandera con el nombre de Gael?!—¡Y tú, ¿de dónde sacaste la del profesor Valerius?!
En medio de todo ese alboroto, Akane, que había sido nombrada árbitro, miraba a su alrededor con nerviosismo. Esto no puede seguir así —pensó—. Tiene que haber alguien que detenga todo. Recorrió las gradas con la mirada buscando a la única persona con autoridad suficiente: la directora.
Cuando por fin la encontró, sintió que le faltaba el aire.
Allí, en la parte más alta, estaba Evelyn Noctis... pero no con su expresión seria y tranquila de siempre. Tenía un megáfono en la mano, una libreta en la otra, y se movía de un lado a otro con una energía desbordante, más emocionada que cualquier alumna.
—¡Atención a todas! —anunció por el megáfono, y su voz retumbó por toda la sala—. ¡Ya que estamos aquí reunidas, vamos a hacerlo oficial! ¡Se abren las apuestas! ¡Quien quiera participar, acérquense!
Akane se llevó una mano a la frente, desesperada.
—¡Directora! ¡Usted es la que más animada está de todas!
Pero nadie le hacía caso. La sala volvió a llenarse de gritos:
—¡Yo apuesto tres monedas de oro al profesor Valerius!—¡Yo digo que Gael gana en menos de diez minutos!
—¡Y yo apuesto a que Akane termina golpeando a los dos antes de que acabe!
Evelyn ya iba anotando todo con una seriedad absoluta:
—¡Cuotas claras! Tres a uno si gana el profesor, cinco a uno si gana Gael, ¡y diez a uno si terminan en empate!
Freya, que estaba cerca de ella, se quedó sin palabras. Astrid no paraba de reír, mientras Lin comentaba en voz baja:
—Definitivamente está disfrutando demasiado...
En el centro de la arena, Gael estiraba los brazos con calma, mientras Valerius lo observaba con los brazos cruzados.
—Bueno, mocoso —dijo el profesor con voz grave—. Las reglas son simples: el combate termina cuando uno no pueda seguir o se rinda. Y para que sea justo... —señaló con la cabeza hacia un rincón protegido—. Allí tienes todo el arsenal de armas y herramientas mágicas de la academia. Espadas, varitas, escudos, lanzas... lo que quieras puedes usarlo.
Gael caminó hasta la estantería y recorrió cada objeto con la mirada. Levantó unas espadas, observó escudos, probó el peso de algunas varitas, pero parecía que nada le convencía. Hasta que sus ojos se detuvieron en un par de guantes sencillos, de cuero oscuro con finas líneas plateadas que brillaban levemente.
Los tomó, se los puso y ajustó las correas con facilidad.
—Estos servirán —dijo con naturalidad.
En las gradas se levantó un murmullo de confusión.
—¿Solo guantes?
—Esos son de entrenamiento básico, para proteger las manos... no son armas.
Valerius arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Estás seguro? Puedes elegir algo más contundente, no tienes que limitarte.
Gael cerró los puños, sintiendo cómo la energía fluía sin obstáculos a través del material. Sonrió con calma, pero con firmeza.
—No necesito nada más. Desde que llegué aquí, nunca he usado armas. Y además... —su mirada se volvió más seria—. Antes hablábamos de los Guardianes y los Héroes del Sellado. En todas las leyendas dicen que ellos no necesitaban espadas ni varitas. Solo usaban su propia fuerza y su propia energía. Quiero seguir ese mismo principio. Si voy a pelear, que sea como ellos.
El silencio se apoderó de la arena. Valerius lo miró fijamente, y poco a poco apareció en sus labios una sonrisa sincera, llena de respeto.
—Bien dicho. Esa decisión demuestra más valor que cualquier arma que pudieras haber tomado. Te lo digo con sinceridad: el respeto que te tenía acaba de aumentar un poco más.
Se acomodó en su postura, relajado pero con toda su atención alerta.