La mañana transcurría con una tranquilidad que Saint Aurora no había conocido desde la llegada de cierto estudiante. Los pasillos comenzaban a vaciarse poco a poco, mientras profesoras y alumnas regresaban a sus tareas habituales, como si el alboroto de horas atrás hubiera quedado solo en un recuerdo.
Gael caminaba junto a Akane y Anastasia, con el grueso libro de tapas negras apoyado firmemente bajo uno de sus brazos.
—Entonces… ¿ustedes no vienen? —preguntó con un tono de leve decepción.
Akane negó con la cabeza.
—No podemos, tenemos asuntos que atender.
Anastasia suspiró suavemente.
—El consejo estudiantil ha convocado una reunión urgente.
Gael inclinó la cabeza, curioso.
—¿Tan grave es como para dejar todo lo demás?
Akane asintió con seriedad, levantando dos dedos mientras hablaba.
—Tenemos dos incidentes importantes que debemos investigar de inmediato. El primero: el ataque al primer vagón del tren de acceso.
—Y el segundo —continuó Anastasia, con voz más baja—: descubrir quién o qué pudo controlar al Guardián del Lago.
El ambiente se volvió un poco más serio al instante. Gael recordó de inmediato el tamaño imponente de aquella serpiente de escamas brillantes y energía antigua.
—Es verdad… ni siquiera me había detenido a pensar en eso después de que todo pasara.
—Esa criatura ha protegido este lugar durante siglos —explicó Akane—. Nunca ha atacado a nadie sin motivo. Alguien tuvo que obligarlo a actuar.
—Lo que significa —añadió Anastasia cruzándose de brazos— que hay alguien con el poder suficiente para manipular seres tan antiguos y poderosos como él.
Gael guardó silencio unos segundos, reflexionando, hasta que esbozó una sonrisa tranquila.
—Bueno, espero que encuentren pronto alguna pista.
Las dos le devolvieron la sonrisa. Akane comenzó a caminar hacia el edificio del consejo, pero antes de alejarse del todo, se giró de nuevo.
—Ah… Gael.
—¿Sí?
La presidenta lo señaló con un dedo en tono de advertencia amistosa.
—Mientras nosotras no estemos… por favor, intenta no meterte en problemas.
Gael parpadeó, confundido.
—¿Eh?
Anastasia asintió con total convicción.
—Te lo pedimos de verdad.
Gael abrió mucho los ojos, casi indignado.
—¡Oigan! ¿Qué significa eso?
—¿Qué cosa? —respondió Akane con inocencia.
—¡Que yo no ando buscando problemas por todas partes!
Ambas lo miraron con esa expresión tranquila, esa que decía claramente: Claro que no…
Gael se señaló a sí mismo con ambas manos.
—¡Es en serio!
—No dudamos de tu palabra —dijo Akane sonriendo—, pero…
—Los problemas parecen encontrarte a ti —completó Anastasia.
—¡Eso tampoco es cierto!
Akane comenzó a contar con los dedos, uno por uno.
—Primer día aquí: te subes al tren equivocado y creas un caos en la estación.
—¡Eso fue un simple accidente!
—Segundo día: terminas discutiendo y desafiando al profesor Valerius.
—¡Él empezó a hablar primero de esa forma!
—Tercero: te enfrentas al Guardián del Lago y logras que se quede tranquilo.
—¡Yo no lo “domestiqué”, solo le expliqué que no tenía por qué atacar!
—Y cuarto, hace apenas unas horas: te enfrentas al profesor más fuerte de toda la academia y lo derrotas.
Anastasia dio un pequeño paso adelante y añadió con calma:
—Y todo eso… en menos de cuarenta y ocho horas.
Gael se quedó completamente callado. Se quedó mirando al vacío unos segundos, haciendo cuentas en silencio.
—Bueno… si lo miran así… tal vez parece otra cosa…
Akane levantó una ceja con aire triunfal.
—¿Ves?
Gael se cruzó de brazos y frunció el ceño, haciendo un pequeño puchero.
—Sigo pensando que exageran demasiado.
Ambas soltaron una risa baja.
—Solo prométenos que intentarás pasar un día tranquilo, sin sobresaltos —pidió Akane.
Gael infló las mejillas con decisión.
—¡Les demostraré que puedo hacerlo! Hoy no pasará nada fuera de lo normal.
—Eso queremos ver —respondió ella con una sonrisa.
Anastasia levantó una mano para despedirse.
—Nos vemos más tarde, cuídate.
—Ustedes también, no hagan esperar a los demás.
Las dos se alejaron caminando por el largo corredor, dejando a Gael solo.
Él se quedó inmóvil unos instantes, todavía con el ceño ligeramente fruncido.
—No confían nada en mí… —murmuró para sí mismo, antes de volver a inflar las mejillas con determinación—. Pues les demostraré que están equivocadas. Hoy no voy a meterme en ningún problema, ni el más mínimo.
Se dio media vuelta con paso firme y comenzó a caminar por los pasillos, completamente convencido de que aquel sería el día más tranquilo desde su llegada a la academia.
Un poco más atrás, Akane y Anastasia seguían avanzando hacia el edificio del consejo. Después de unos segundos de silencio, Anastasia habló en voz baja.
—Akane…
—Dime.
—¿De verdad crees que logrará pasar el día sin meterse en ningún lío?
La presidenta se quedó pensativa unos instantes. Quería responder que sí, de verdad quería tener fe en ello, pero de inmediato le vinieron a la mente todos los sucesos de los últimos dos días: el tren, la discusión con Valerius, el Guardián, el combate…
Suspiró profundamente, rascándose la nuca.
—… La verdad… no lo sé.
Anastasia soltó una pequeña risa resignada.
—Yo tampoco.
Akane miró hacia atrás una última vez, pero Gael ya había desaparecido doblando la esquina del pasillo.
—Solo espero que cuando terminemos la reunión… la academia siga en pie y sin daños graves.
Las dos intercambiaron una mirada cómplice y, sin decir nada más, entraron al edificio del consejo estudiantil.
Mientras tanto, en otra parte de Saint Aurora, Gael caminaba tranquilo, con el libro apretado bajo el brazo y la mente puesta solo en encontrar un lugar silencioso para leer. Estaba totalmente convencido de que demostraría que podía tener un día normal y sin incidentes.