—¡¡No me sigan, por favor!!
Los pequeños dragones revolotearon más cerca, casi rozando su cabello con sus alas de escamas brillantes. Los lobos movían la cola con tanta alegría que parecían querer derribarlo a empujones de afecto. Y en medio de todo, Fenrir dio un salto inmenso, dispuesto a volver a rodearlo con su enorme cuerpo como si fuera el abrazo más grande del mundo.
—¡¡AAAAAAAAAH!!
Gael giró sobre sus talones y salió corriendo por segunda vez, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Detrás de él, todo aquel “ejército” de familiares volvió a ponerse en marcha, siguiéndolo con la misma devoción, sin entender por qué su nuevo compañero quería alejarse.
Las alumnas solo podían mirar la escena con una mezcla de risa y asombro. Akane se llevó ambas manos a la cabeza, sintiendo cómo empezaba a palpitarle con fuerza.
—... Sabía que esto iba a pasar —murmuró con resignación.
Anastasia soltó una pequeña risa suave, observando cómo Gael intentaba esquivar a una salamandra que quería posarse en su hombro.
—Al menos esta vez no hizo explotar nada ni rompió ninguna pared. Eso es un avance, ¿no?
En ese preciso instante, algo cambió por completo en el ambiente del patio.
No hubo un grito, ni un estallido, ni una orden. Solo una presencia serena, profunda y antigua que pareció llenar cada rincón del lugar en un abrir y cerrar de ojos. El aire se volvió más denso, más pesado, pero sin resultar amenazador: era la clase de presión que impone el respeto absoluto.
Todos los familiares se detuvieron casi al mismo tiempo, como si una fuerza invisible los hubiera frenado en seco. Las orejas del enorme Fenrir bajaron lentamente, perdiendo toda esa alegría juguetona. Los pequeños dragones dejaron de revolotear y descendieron despacio hasta posarse en el césped. Hasta las aves mágicas que llenaban el cielo bajaron poco a poco, posándose en silencio sobre las ramas de los árboles.
Todos miraban hacia el mismo punto.
Tac…
Tac…
Tac…
El sonido de sus pasos era suave, pero cada uno resonaba con claridad absoluta.
La profesora Selene avanzaba tranquilamente por el sendero central. Su expresión seguía siendo la misma de siempre: amable, serena, con esa calidez que parecía abarcarlo todo. Pero a su alrededor se sentía algo más, algo que hacía estremecer incluso a las criaturas más antiguas y poderosas de la academia.
Akane sonrió con nerviosismo, soltando el aire que había contenido sin darse cuenta.
—Ya llegó… la que pone orden en todo esto.
Freya guardó su tableta con calma, asintiendo.
—Ahora sí terminó el espectáculo. Nadie se atreve a desobedecerla.
Gael seguía corriendo, dando vueltas alrededor de la fuente, sin percatarse de nada hasta que sintió que alguien sujetaba suavemente la parte trasera de su camisa.
—¿Eh?
Sus pies dejaron de tocar el suelo de golpe. Quedó suspendido en el aire, moviendo brazos y piernas sin lograr avanzar ni un centímetro, exactamente igual que un cachorro inquieto que acaba de ser atrapado con delicadeza.
—¿Qué… qué pasa?
Giró lentamente la cabeza y se encontró con el rostro de Selene, que lo miraba con una sonrisa tranquila y amable.
—Buenos días, Gael.
El muchacho se puso pálido un instante y luego sonrió con evidente nerviosismo.
—P-Profesora… buenos días.
Selene lo mantenía en el aire con un solo dedo sujeto a su ropa, sin hacerle el menor daño.
—¿Te importaría explicarme qué está ocurriendo aquí? Parece que todo el mundo ha decidido seguirte a todas partes.
Gael señaló de inmediato con ambas manos hacia el grupo de familiares, indignado.
—¡¡Le juro que esta vez no fue mi culpa!! ¡Ellos vinieron solos! ¡Yo no hice nada!
Selene miró entonces a todas las criaturas que lo rodeaban. No dijo ni una sola palabra, ni pronunció ningún hechizo. Solo las observó en silencio unos segundos, con esa mirada que parecía ver más allá de lo que los ojos comunes podían alcanzar.
Y ante esa sola mirada, todas las bestias bajaron la cabeza al unísono. Fenrir dio dos pequeños pasos hacia atrás, con las orejas pegadas al cráneo en señal de sumisión. Los pequeños dragones agacharon el cuello. Los lobos dejaron de mover la cola y se sentaron en el suelo. Todo el patio quedó inmóvil, en una calma absoluta.
Anastasia observaba la escena con los ojos muy abiertos.
—No es miedo… —susurró.
—Es respeto —corrigió Astrid con voz baja—. Un respeto que solo se siente ante algo mucho más antiguo y poderoso que uno mismo.
Gael seguía colgado en el aire, balanceándose levemente.
—Profesora… ¿podría bajarme ya? Me siento un poco ridículo así.
Selene lo miró unos instantes más y no pudo evitar soltar una pequeña risa suave. Era la primera vez que veía al muchacho tan indefenso y sin saber qué hacer.
—Claro que sí. Perdona la descortesía.
Lo depositó con cuidado sobre el césped. Gael se acomodó rápidamente el cuello de la camisa y suspiró aliviado.
—Gracias.
La directora Evelyn soltó un largo suspiro mientras recorría con la mirada el patio, donde todavía quedaban ramas caídas y huellas de tanta agitación.
—Cada vez que este chico sale a dar un paseo, ocurre algo que nadie esperaba. Empieza con un tren, sigue con un combate, y ahora termina siendo el centro de atención de todos los familiares de la academia.
Valerius cruzó los brazos, con una media sonrisa resignada.
—Ya me resigné a que el caos anda pegado a sus talones.
Selene dio un pequeño paso al frente y se giró hacia la directora.
—Directora Evelyn.
Evelyn levantó la mirada.
—Dime, Selene.
La profesora se quedó unos segundos observando a Gael con atención, como si evaluara cada rincón de su ser. Luego habló con total tranquilidad, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
—Si me lo permite… quisiera hacerme cargo personalmente de su entrenamiento.