La noche había caído por completo sobre la Academia Saint Aurora. Los largos pasillos, iluminados únicamente por el brillo suave de las lámparas de cristal mágico, permanecían tranquilos, recuperándose del caótico día que todos habían vivido.
Bueno… tranquilos, salvo por una escena bastante peculiar.
—Les repito —suspiró Gael, con la voz arrastrada—: no soy un saco de papas.
Colgaba completamente de cabeza sobre el hombro de Astrid, quien caminaba con total naturalidad, como si apenas cargara un manojo de flores.
La joven ni siquiera giró la cabeza.
—Sí, sí… pero sigues pesando menos que uno.
—¡Oye, eso es ofensivo!
Akane caminaba a un lado de ellos, mordiéndose los labios para no estallar en carcajadas.
—La culpa es tuya, ¿sabes?
—¿Mía? ¿Por qué?
—¿Quién fue el que se puso tan confiado diciendo que ya había derrotado al profesor Valerius y que no tendría problemas?
Gael guardó silencio unos segundos.
—… No esperaba que la profesora Selene fuera… así.
Astrid soltó una pequeña carcajada.
—Créeme: has tenido mucha suerte.
—¿Suerte? ¿A esto le llamas suerte?
—Saliste casi ileso.
—¿¡Eso es salir ileso!? —intentó mover un brazo, y un dolor agudo recorrió todo su cuerpo—. Me duele hasta respirar.
Akane sonrió con cierta ternura.
—Mañana después de una buena noche de descanso te sentirás mucho mejor.
—¿Me lo prometes?
—Más o menos.
—Eso no sonó nada convincente…
Finalmente llegaron hasta la puerta de la habitación de Gael. Astrid la abrió con una sola mano, entró sin detenerse y, sin ninguna delicadeza, lo dejó caer sobre la cama.
—¡Uf! —Gael rebotó levemente contra el colchón.
—Podrías haber sido un poco más cuidadosa…
—Podría —respondió ella con total tranquilidad—, pero no quise.
Akane negó con la cabeza mientras soltaba una risa suave.
Gael se quedó mirando el techo, con los brazos extendidos a los costados.
—Definitivamente… la profesora Selene no tiene absolutamente ninguna piedad cuando se trata de entrenar.
Giró lentamente la cabeza hacia las dos chicas.
—¿Siempre es así?
Akane y Astrid intercambiaron una mirada rápida y respondieron al mismo tiempo:
—Sí.
—Sin excepción.
Gael abrió mucho los ojos.
—Entonces… ¿cómo es que siguen vivas?
Las dos rieron con ganas.
—Porque nos entrenó ella —explicó Akane.
—Y gracias a esos entrenamientos llegamos a ser tan fuertes —añadió Astrid, cruzándose de brazos—. Aunque… pensándolo bien, tuviste mucha suerte.
Gael arqueó una ceja.
—¿Otra vez suerte?
—Imagina si la directora hubiera decidido entrenarte personalmente —dijo Astrid con una media sonrisa.
Gael notó que incluso Akane hizo una pequeña mueca al escuchar eso.
—¿Tan malo es?
Las dos guardaron silencio unos instantes. Entonces Akane habló despacio:
—Digamos que… la directora tiene un concepto bastante extremo de lo que significa entrenar.
—Espartano es quedarse muy corto —soltó Astrid riendo—. Freya nos contó que durante sus primeras sesiones creyó morir más de una vez. Y ella casi nunca exagera.
—Nosotras también pasamos por eso —añadió Akane—. Y por poco vemos el otro lado.
Las tres se quedaron calladas un momento… y entonces estallaron en risas juntas. Incluso Gael terminó riéndose, aunque el movimiento le hizo llevarse una mano rápidamente a las costillas.
—¡Auch…! No debí haberme reído…
Poco a poco las carcajadas fueron apagándose. El cuarto volvió a quedar en calma, solo con el suave resplandor de las velas mágicas. Gael permaneció mirando el techo, perdido en sus pensamientos.
Akane fue la primera en notarlo.
—¿Qué ocurre?
Astrid también lo miró con atención.
Gael tardó unos segundos en responder, buscando las palabras adecuadas.
—Estaba pensando… la profesora Selene es muy estricta.
Las dos asintieron.
—Sí.
—Muchísimo.
Gael sonrió levemente.
—Pero… no sé cómo explicarlo. Mientras entrenábamos… pude sentir algo diferente. Cada golpe, cada corrección, cada vez que me derribaba… nunca sentí que quisiera demostrar que era más fuerte que yo.
Abrió los ojos y las miró directamente.
—Sentía… como si realmente le importáramos. Como si quisiera prepararnos para algo. Es como si supiera que algún día tendremos que enfrentar nuestras propias batallas… y quisiera asegurarse de que ese día podamos volver con vida.
El cuarto quedó en silencio absoluto. Akane bajó ligeramente la mirada, y una suave expresión de nostalgia se dibujó en su rostro. Astrid sonrió también, con una ternura que rara vez mostraba.
Después de unos segundos, Akane habló en voz baja:
—Sí… esa es exactamente la profesora Selene.
Astrid apoyó con suavidad una mano sobre el hombro de Gael.
—Por eso todos la respetamos tanto. Nunca entrena para ganar. Entrena para que sus alumnos sobrevivan.
Gael permaneció unos instantes callado, asimilando todo aquello. Luego dejó escapar una pequeña sonrisa sincera.
—Creo… que ahora entiendo por qué me agrada tanto.
Akane y Astrid intercambiaron una mirada llena de comprensión. Y ambas sonrieron al mismo tiempo. Porque, sin darse cuenta, Gael acababa de comprender lo que todos los estudiantes de Saint Aurora descubrían tarde o temprano: detrás de toda esa severidad y esa exigencia sin límites, Selene solo tenía un propósito: cuidar, proteger y asegurarse de que quienes estaban a su lado estuvieran preparados para todo lo que viniera.
La academia finalmente había quedado en silencio absoluto. Solo el suave murmullo del viento que recorría la superficie del enorme lago se colaba por la ventana abierta de la habitación, acariciando las cortinas con calma.
Gael permanecía acostado boca arriba sobre la cama, mirando fijamente el techo. Cada vez que intentaba mover un brazo o girarse de lado, una punzada aguda recorría todo su cuerpo, recordándole cada segundo de aquel entrenamiento.