La campana resonó por toda la academia anunciando el final de la primera clase de la mañana. La profesora cerró con un golpe seco el enorme libro de cuero lleno de runas antiguas.
—Por hoy eso será todo. Para la próxima sesión deberán memorizar los primeros veinte símbolos rúnicos y cada una de sus aplicaciones básicas —dijo con calma, y salió del aula caminando con paso tranquilo.
Apenas la puerta se cerró tras ella…
¡Plaf!
Gael dejó caer la cabeza de golpe sobre el pupitre. Allí permaneció inmóvil, con la mirada perdida en la madera y una pequeña nubecita blanca escapando lentamente de su boca, como si su alma estuviera abandonando su cuerpo poco a poco.
La sala entera quedó en silencio unos instantes. Luego varias alumnas empezaron a morderse los labios para no estallar en risas.
—¿Está… muerto? —susurró una.
—Creo que sí…
—Denle cinco minutos, a ver si resucita.
—Mirad el pecho… todavía se mueve un poco.
Elara se inclinó con preocupación hacia él.
—¿Gael?
Ninguna respuesta. Le tocó suavemente el hombro.
—¿Gael?
Esta vez levantó apenas la cabeza, con una expresión de derrota total.
—No entiendo nada… —murmuró con voz apagada—. Runas… magia… círculos mágicos… afinidad elemental… todo esto es demasiado complicado para mí.
Volvió a dejar caer la cabeza sobre el escritorio.
—Mi cerebro se rindió hace veinte minutos… ya no responde.
Las risas ya no pudieron contenerse. Algunas alumnas de las filas superiores soltaron pequeñas carcajadas al verlo tan desanimado. Una chica de cabello corto levantó la mano, confundida.
—Pero… ¿cómo puede costarte tanto? Si puedes usar magia… ¿por qué no entiendes la teoría?
Gael giró solo un ojo para mirarla.
—¿Eh? ¿Qué magia?
Todo el aula se quedó muda.
—¿Cómo que qué magia? —preguntó otra—. ¡La que usaste contra el profesor Valerius! ¡Todas vimos esa pelea! ¡Hasta hay grabaciones oficiales!
Gael negó lentamente con la cabeza.
—Pero… yo no uso magia.
El silencio se volvió aún más pesado. Varias alumnas se miraron entre sí; una incluso dejó caer el lápiz al suelo sin darse cuenta.
—¿Cómo que no usas magia?
—En el tren me hicieron un análisis completo —explicó él levantando la cabeza—. Akane y Anastasia lo comprobaron personalmente. No tengo poder mágico. Ni una sola gota.
Elara abrió los ojos de par en par y luego asintió despacio.
—Es verdad… Yo estuve allí. El resultado fue cero. Absolutamente nada.
Pero la mayoría no había estado presente ese día, y la sorpresa fue mayúscula. Las preguntas empezaron a llegar todas juntas:
—¡Eso es imposible!
—¿Entonces cómo luchaste contra él?
—¡¿Y esa luz dorada que te rodeaba?!
—¡¿Cómo lanzas ataques sin magia?!
Gael abrió mucho los ojos, abrumado.
—¡Esperen… una por una, por favor!
Elara se levantó de un salto y alzó la voz con firmeza:
—¡Chicas! —todas callaron
al instante—. No lo bombardeen así. Dejen que respire un poco.
Esperó unos segundos hasta que el ambiente se calmó, luego volvió a mirar a Gael con curiosidad sincera.
—Entonces… ¿podrías explicarnos cómo funciona lo que haces?
Gael se quedó pensativo. Miró el techo, cruzó los brazos, cerró los ojos y permaneció casi un minuto entero reflexionando. Finalmente soltó un suspiro y respondió:
—No lo sé.
…
Silencio absoluto.
…
—¿Eh? —fue lo único que salió de todas las gargantas al mismo tiempo.
—No estoy bromeando —se rascó la cabeza, apenado—. De verdad no lo sé.
—¿Cómo que no sabes cómo funciona tu propio poder? —preguntó una chica, completamente desconcertada.
Gael hizo un gesto de impotencia con las manos.
—Es difícil de explicar… Simplemente… sale.
—¿Cómo que sale?
—No pienso en cómo hacerlo. No digo ninguna palabra extraña. No dibujo nada en el aire. Ni siquiera imagino cómo debería ser. Mi cuerpo lo hace solo. Como si hubiera nacido sabiendo hacerlo.
Se quedó unos segundos callados, buscando la forma más sencilla de hacerse entender.
—Es como respirar —dijo finalmente—. ¿Alguna de ustedes piensa conscientemente en cómo mover los pulmones o en cuánto aire tomar?
Todas negaron lentamente.
—Pues eso —continuó él—. Yo tampoco pienso en ese poder. Solo… lo uso. Sé qué hacer en el momento justo. Pero cómo lo hago, de dónde sale… no tengo ni la menor idea.
El aula volvió a quedar en silencio. Nadie supo qué decir ante algo tan extraño y a la vez tan sencillo. Elara lo observó unos instantes y luego sonrió con comprensión.
—Supongo… que eso también debe ser muy difícil para ti.
Gael asintió con una media sonrisa, algo avergonzado.
—Mucho. Porque todas esperan que yo les explique algo… que ni siquiera yo mismo entiendo.
Y en ese momento, sus compañeras comprendieron por primera vez que el chico que había vencido al profesor más fuerte de la academia no ocultaba ningún secreto por desconfianza. Simplemente… él era el mayor misterio de todos. Incluso para sí mismo.
La profesora apenas terminó de trazar el último símbolo rúnico sobre la pizarra y anunció un breve descanso antes de pasar a la siguiente parte de la lección. No hubo que esperar mucho: en cuanto ella salió del aula, casi todas las alumnas se pusieron de pie y se acercaron despacio, curiosas y animadas, hasta rodear el pupitre de Gael.
Él miró de un lado a otro, un poco abrumado.
—Eh… ¿qué pasa? ¿Se me olvidó algo?
Una chica de cabello castaño y mirada vivaz sonrió, acercándose un poco más.
—No es nada malo, tranquilo. Es que… todavía sabemos muy poco sobre ti.
—Solo tenemos retazos —añadió otra—. Sabemos que venciste al profesor Valerius.
—Y que no tienes ni una gota de magia propia —comentó una tercera.
—¡Y que ayer todos los familiares de la academia salieron corriendo detrás de ti como si fueras su dueño!