Leyenda Viva

Capítulo 16: una invitación de caballerosidad

Gael regresó al aula unos minutos después. Apenas cruzó la puerta, varias compañeras levantaron la vista al mismo tiempo.

—¡Ya volvió!

—¿Qué quería la profesora Selene?

Gael tomó asiento junto a Elara.

—Nada importante. Solo quería hablar conmigo un rato.

Antes de que alguien pudiera seguir preguntando, la campana resonó con fuerza por todo el edificio.

¡Dooong!

Elara sonrió de inmediato.

—Es la hora del almuerzo.

Gael levantó el cabeza sorprendido.

—¿Ya tan rápido?

—Sí.

Varias alumnas comenzaron a recoger sus cosas y ponerse de pie. Gael también se levantó y, casi sin darse cuenta, sonrió con ganas.

—Perfecto. Ya tengo hambre de verdad. La verdad es que tenía muchas ganas de probar la comida de esta academia.

Elara lo miró con curiosidad.

—¿Nunca has visto el comedor? ¿No has ido todavía?

Gael se quedó quieto un instante, pensando.

—Ahora que lo dices… desde que llegué solo he estado en mi habitación, la biblioteca o entrenando. Siempre me traía la comida Lin.

Las chicas se miraron entre sí y empezaron a sonreír con complicidad.

—Entonces… te vas a llevar una sorpresa enorme.

Gael arqueó una ceja.

—¿Eh? ¿Tan bueno es?

—El comedor de Saint Aurora no se parece a nada que hayas visto —dijo una—. Cuando lo veas lo entenderás.

Nadie le dio más explicaciones; simplemente empezaron a empujarlo suavemente hacia la puerta.

—¡Vamos, vamos!

—¡Date prisa antes de que se llene todo!

—¡Oigan, no me empujen tanto!

Entre risas prácticamente lo arrastraron por los pasillos, recorriendo corredores amplios y bajando una escalinata de piedra muy ancha, hasta llegar frente a unas puertas dobles de madera y bronce que parecían más grandes que las de la entrada principal.

Al abrirse lentamente, Gael dio un paso hacia adentro… y se quedó completamente inmóvil.

Parpadeó una vez.

Dos veces.

Y hasta se frotó los ojos con los dedos, como si quisiera asegurarse de que no estaba soñando.

—Esto… no puede ser un comedor —murmuró.

Ante él se extendía un salón inmenso, digno de los salones reales que había visto en los libros. Columnas altísimas de mármol blanco sostenían un techo cubierto de vitrales de colores, por donde caía la luz del mediodía bañando todo de tonos dorados y azules. Lámparas de cristal colgaban a gran altura, y largas mesas de madera oscura, impecablemente ordenadas, ocupaban casi todo el espacio. Al fondo, unos ventanales enormes dejaban ver los jardines verdes y brillantes bajo el sol. Todo brillaba con una elegancia que le hacía sentir fuera de lugar.

Gael volvió a mirar de un extremo a otro, luego se frotó los ojos otra vez.

—¿Seguro que no nos equivocamos y entramos al castillo de algún rey?

Las chicas estallaron en risas. Elara le miró con una sonrisa divertida.

—¿Qué te parece?

Gael tardó unos segundos en responder, todavía atónito.

—Sinceramente… creo que prefiero comer en el patio. Allí seguro que no hay tanto lujo.

Dio media vuelta dispuesto a salir, pero no llegó a dar ni un paso: varias manos lo sujetaron del brazo y del hombro al mismo tiempo.

—¡Ni se te ocurra!

—¡Después de venir hasta aquí no vas a escapar!

—¡Oigan, suéltenme!

Fue inútil. Entre todas lo acompañaron hasta una de las mesas más amplias y lo sentaron con suavidad. Gael soltó un largo suspiro mientras se acomodaba.

—Aquí nadie respeta la opinión de nadie…

—No —respondieron varias al mismo tiempo, y volvieron a reír.

Elara colocó frente a él una carpeta elegante con el menú.

—Mira, pide lo que quieras.

Gael lo abrió despacio. Leyó la primera página. Luego la segunda. Después la tercera. Y cada vez su expresión se volvía más confundida.

—¿Qué nombres son estos? —preguntó señalando con el dedo—. ¿“Filete de wyvern con reducción de hierbas alpinas”? ¿“Risotto de hongos lunares”? ¿“Estofado de jabalí escarlata”?

Cerró el menú lentamente y lo dejó sobre la mesa.

—No entendí absolutamente nada. Nunca he escuchado ninguno de esos nombres.

—¿Entonces qué vas a hacer? —preguntó una chica con una sonrisa.

Gael miró a Elara directamente a los ojos.

—No me voy a complicar. Elara, tú pídeme algo que creas que me va a gustar.

Ella parpadeó sorprendida.

—¿Confías en mí así de fácil?

—Claro —respondió él con total naturalidad—. Hasta ahora no me has dicho ni hecho nada malo. Así que confío en tu criterio.

Elara sonrió con una mezcla de alegría y satisfacción.

—Está bien. Déjamelo todo a mí.

Mientras las demás empezaban a pedir sus platos, Gael levantó la vista despacio y recién entonces se dio cuenta de algo: el comedor no estaba en silencio, pero todas las miradas… absolutamente todas, iban dirigidas hacia él. Alumnas de primero, segundo y tercer año; incluso algunas profesoras que pasaban cerca miraban con curiosidad. Algunas hablaban en voz baja señalándolo, otras fingían mirar a otro lado pero no dejaban de observarlo de reojo.

Una gota de sudor le recorrió la frente. Se inclinó un poco hacia Elara y le habló casi susurrando:

—Creo que… me están mirando demasiado.

Elara siguió con lo suyo con total tranquilidad.

—Sí, lo hacen.

—¿Y así lo dices tan tranquila?

Ella levantó la vista y sonrió.

—¿Qué esperabas? Eres el primer y único alumno varón en toda la historia de Saint Aurora. Era obvio que serías el centro de atención.

Gael dejó caer la cara sobre la mesa con un golpe suave.

—Ya quiero volver a la biblioteca… allí nadie me mira.

Las chicas que estaban a su lado no pudieron aguantarse más y soltaron una risa cariñosa. Y en ese momento, Gael comprendió del todo: quisiera o no, había dejado de ser un chico cualquiera para convertirse en la mayor curiosidad de toda la academia.

Akane y Anastasia caminaban tranquilamente por los pasillos rumbo al comedor.



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Editado: 14.09.2026

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