El Reino Imperial del Sur estaba gobernado por Sauldur Tercero, un monarca de mano dura pero respetuoso con su gente. Sauldur, con el miedo y la preocupación que Karius había generado con el tiempo, llamó a su soldado más capaz para encomendarle la misión más importante de su vida. Su nombre era Arin, un joven militar de veinticuatro años, convocado con urgencia a la presencia real.
—Arin, lamento interrumpir tus quehaceres —comenzó el rey Sauldur, su voz grave resonando ligeramente en la estancia—, pero es un asunto de suma importancia y solo puedo confiarlo a alguien de tu valía.
Arin inclinó la cabeza, su armadura crujiendo suavemente. Una leve tensión se percibía en el ambiente; los últimos meses habían estado cargados de rumores y una inquietud creciente.
—Majestad, su confianza me honra —respondió Arin con firmeza—. No os preocupéis, la misión que me confiéis será cumplida con exactitud.
El rey asintió, su mirada fija en el joven.
—Me alegra escuchar eso, Arin. Como bien sabes, un hombre llamado Karius asegura poseer el Corazón de Eteria y amenaza con condenar este reino por las acciones de nuestros ancestros. Quizá esto te suene disparatado, pero te aseguro que no lo es. Aunque el Corazón de Eteria es hoy día una mera leyenda, su existencia fue real, y Karius pretende utilizarlo para sus propios fines.
Una ceja de Arin se alzó apenas, casi imperceptible, mientras el rey pronunciaba las palabras "Corazón de Eteria". ¿Un cuento de cunas en medio de asuntos de estado? Era difícil creerlo, pero la seriedad en los ojos de Sauldur le impedía cualquier atisbo de burla. A pesar de su escepticismo, no osaría contradecir a su soberano.
—Entiendo la misión, Majestad —dijo Arin, con una compostura que ocultaba su asombro—. Supongo que me proporcionaréis un equipo para capturar a Karius, ¿no es así?
—Así es, Arin. Pero no solo soldados te acompañarán. Necesito que lleves contigo a una mujer llamada Lyra. Sé que te resultará de gran utilidad.
—¿Qué hace tan especial a esa mujer, Lyra? —inquirió Arin, sintiendo una punzada de intriga.
—Ella es descendiente de los antiguos habitantes cercanos al Corazón de Eteria —explicó el rey—. Posee conocimientos sobre la energía y estoy seguro de que sabrá cómo encontrar a Karius.
—Perfecto. ¿Y dónde la encuentro?
—Se encuentra en la cantina del centro del reino. Debes partir de inmediato, Arin, y buscar a esa mujer para que te asista.
A pesar de los malos presentimientos que la ubicación de Lyra le generaba, Arin acató las órdenes de su soberano. Tras una respetuosa reverencia, que el rey respondió con un gesto apenas perceptible, el soldado se dispuso a buscar a la enigmática Lyra.
Mientras Arin se dirigía a la cantina, no podía dejar de pensar en la estupidez de la misión. No creía en el Corazón de Eteria, y temía que, quizás, el rey solo buscara deshacerse de él enviándolo a una tarea sin sentido. Sin embargo, en medio de sus cavilaciones, la figura de Lyra despertó su curiosidad. ¿Sería hermosa o, tal vez, una gran guerrera con poderes mágicos? Muchas ideas bullían en la mente de Arin.
En ese preciso instante, Lyra, ajena a todo, alzaba una jarra humeante.
—¡Cantinero, una ronda más para mí y mis camaradas! ¡Hurra! —su voz, ya un poco ronca, resonó en el ambiente.
Los clientes respondieron al unísono: —¡Hurra!
Sí, digamos que Lyra tenía unos ligeros problemas, y el alcohol era el mayor de ellos. A pesar de sus veintiún años, llevaba un largo rato en aquella cantina. Por desgracia, un cliente malinterpretó la personalidad despreocupada y desinhibida de Lyra, confundiéndola con una mujerzuela, e intentó propasarse. Para su sorpresa, el hombre no llegó a tocarla directamente; cayó al suelo, y aunque todos asumieron que era por el exceso de bebida, la realidad era que Lyra había sido la causante. Fue, sin duda, un momento impactante.
Lyra volteó para ver quién había hablado. Era Arin, quien había presenciado toda la escena.
—Sabes, jamás creí que el rey depositaría su confianza en una maldita borracha. Es, sinceramente, decepcionante.
Pobre Arin. Había esperado encontrar a una mujer formidable, pero al verla, confirmó sus peores temores. Todo parecía perdido. No solo debía buscar a un demente, sino también cuidar a una mujer ebria. Definitivamente, este no era su año.
Lyra, sin saber quién era aquel hombre, le espetó con tono burlón y rudo:
—¿Qué, tú también quieres morir o qué?
Arin, con evidente desagrado, le replicó que era una desgracia que una mujer tan hermosa fuera tan vulgar, pero que no venía a coquetear, sino con un encargo del rey.
Lyra se quedó pensativa, extrañada de que el propio rey le pidiera algo. Pero bajo los efectos del alcohol, dijo cosas inapropiadas para el lugar:
—¡El rey es una broma! Ese maldito gordo me pide algo, ¿por qué no envía a sus matones y listo?
Arin, furioso, le ordenó callar, declarando que no permitiría que una mujer como ella profiriera semejantes insultos contra el monarca. Sin pausa, Arin le reveló todo:
—Tú, al ser una mujer con conocimientos en la magia, te necesito para encontrar a alguien.
Lyra, con un tono burlesco, se rio de Arin:
—¿La magia? No existe. ¿Cómo esperas que encuentre a alguien? ¡No es como si fuera un perro, jajaja!
—No es un hombre común; es un descendiente de tu gente. Así es, sé quién eres y sé que puedes encontrar a Karius.
Lyra guardó silencio y, con seriedad, le respondió a Arin que Karius era alguien precavido y que ella no ayudaría, pues sería un suicidio.
Arin, al ver la negativa de Lyra, decidió ir solo. Pero, por capricho del destino, algo hizo cambiar de opinión a Lyra. El dueño de la cantina llegó y le entregó la abultada cuenta por todo lo que había bebido. Con un tono avergonzado, Lyra le gritó a Arin antes de que se marchara:
—Oye, hagamos esto: tú pagas mi cuenta y yo te ayudaré.