La historia se remonta cincuenta años atrás, ubicada en la aldea de Khron. En esos tiempos, el Reino Imperial, gobernado por Sauldur Segundo, buscaba reunificar la aldea de Khron con el reino, ya que su independencia nunca había sido reconocida por la corona. La aldea de Khron era liderada por Rorck, un hombre de principios y liderazgo innato. Él tenía dos hijos: el mayor se llamaba Karius, y el menor, Jack. Karius, el primogénito, era fuerte y de carácter duro, todo lo contrario a su pequeño hermano, quien era tímido y de personalidad amable y sumisa. Esto hacía que el joven Jack fuera a menudo víctima de abusos por parte de los demás niños de la aldea. Karius siempre protegió a su hermano de todo mal.
—Jack, eres alguien tranquilo y noble, pero no puedes dejar que te traten así —le decía Karius—. Llegará el día en el que yo no esté para defenderte, y dime, ¿qué harás ese día?
El líder de la aldea había salido a pelear en la frontera entre su aldea y el reino. Karius, mientras tanto, se encontraba en la base donde su padre solía sentarse a idear estrategias para la contienda. Entre los objetos del lugar, Karius encontró un viejo pergamino que hablaba de un poder sin igual, escondido en el centro de toda Eteria, resguardado por la eternidad por una bestia de tamaño colosal que no permitiría la entrada a nadie. Karius quedó fascinado ante aquel objeto que en el pergamino llamaban "El Corazón de Eteria", por su peculiar forma. Él supo, con una certeza inquebrantable, que el Corazón de Eteria era la clave para terminar el conflicto y que con su poder detendría toda la muerte que cada día sembraba los suelos.
—Karius, ¿qué estás haciendo aquí? —la voz de Rorck lo sacó de sus pensamientos—. Te pedí que vigilaras la puerta de la aldea.
—Padre, mira esto —Karius mostró el pergamino con emoción—. Este pergamino habla de un objeto con un poder sin igual. Creo que con esto terminaremos esta guerra y podremos vivir tranquilos al fin.
—Hijo, escucha —dijo Rorck, con un tono cansado—. El Corazón de Eteria es solo un cuento, y además, se dice que solo los aldeanos que vivían allí son capaces de controlar esa energía. ¿Y sabes dónde están ellos?
—Escondidos —murmuró Karius.
—Muertos —rectificó Rorck con frialdad—. Sacrificaron sus vidas para destruir la magia de esa cosa.
—Pero el viejo de la cantina dice que la magia no se puede destruir —insistió Karius—, así que no creo que ese poder se fuera con su gente.
Su padre simplemente lo dejó con sus pensamientos y le dijo que no divagara con cuentos tontos, que volviera a su puesto de vigilancia. Sin embargo, desde aquel momento, Karius se obsesionó con el poder del Corazón de Eteria y con la razón por la que su padre no quería buscarlo.
Karius y su hermano Jack hablaban a menudo de aquello. Karius no dejaba de pensar en el Corazón de Eteria. Muchos sentimientos lo rodeaban, pero no sabía cómo explicarlos.
—¿Puedes creerlo, Jack? —le dijo Karius a su hermano—. La llave para terminar cualquier conflicto, para salvar a nuestra gente. Es increíble que a nuestro padre le dé miedo solo porque es algo mágico.
—Bueno, es que si lees a fondo la historia del pergamino —replicó Jack—, te quedaste solo en lo que es, pero no en las guerras y muertes que se dieron por ese objeto. Y además, recuerda lo que dijo el viejo de la cantina: la magia no es gratis, siempre te pedirá algo a cambio.
Así pasaron los días y Karius husmeaba más los pergaminos que hablaban del Corazón de Eteria. Era de lo único que hablaba. Hasta que, una noche, cuando nadie lo veía, robó del cuarto de su padre el último pergamino que le faltaba por ver. En él se detallaba su ubicación y lo que se necesitaba para activar ese poder de nuevo. Karius, con las cejas levantadas y desbordante emoción, corrió a hablar con su padre.
—¡Padre, padre, mire! —exclamó Karius—. En el pergamino se muestra la ubicación del Corazón de Eteria. Sé que si lo encontramos podemos parar esto.
La emoción de Karius era tal que su tono era demasiado alto, algo que llamó la atención de los pobladores, quienes comenzaron a interrogar al joven y a su padre.
—Pobladores: ¿Es cierto lo que dice el joven Rorck? ¿Sabes dónde está el Corazón de Eteria?
—Escuchen todos y tranquilos —dijo Rorck, tratando de calmar los ánimos—. El Corazón de Eteria es solo un cuento. ¿No creen que si existiera aún, los del sur o el este no lo hubieran conseguido?
—¡Ya admite que te da miedo, Rorck! —le espetaron los pobladores.
—¿Y qué si lo admito? —respondió Rorck, su voz resonando con frustración—. ¿Acaso no recuerdan ese suceso? Pregúntenle a los más viejos. No fue algo bonito. El mundo tuvo una fractura donde esa cosa explotó. Díganme ustedes, ¿podrían entrar y salir solos?
Los pobladores solo quedaron callados. Cuestionaban a Rorck, pero no negaban que lo que decía era cierto. La magia daría poder, pero siempre exigiría un precio. Aquel precio se había manifestado con el sacrificio de los aldeanos y del Corazón de Eteria. El pago por detener aquel conflicto fueron sus vidas y la inestabilidad de la zona.
—¿O acaso, díganme —continuó Rorck—, serían todos ustedes capaces de dar sus vidas por algo que no podemos controlar y que no sabemos lo que pueda pasar?
—Tú no sabes eso —replicó Karius, con una osadía creciente—. No sabes si la magia la podamos controlar o no. Es intentarlo, padre. A prueba y error.
—¿Prueba y error? —Rorck lo miró con horror—. Te volviste loco, hijo. ¿Serías capaz de matar a más de sesenta personas por cada intento que quieras controlar esa cosa?
—Si esos intentos pudieran garantizar la paz —respondió Karius, con una frialdad escalofriante—, entonces sí. Eso sería un sacrificio menor.
Las personas se perturbaban con cada cosa que el joven decía. No podían creer que ese muchacho fuera capaz de tanto. Lo murmuraban entre sí.
—Escuchen todos, relájense —dijo Rorck, intentando recuperar el control—. Nadie morirá en vano. Lo que debe ser vital es lo que pasa ahora y no tonterías de un niño que no sabe lo que dice.
—Padre, ¿dónde está Jack? —Karius interrumpió, su voz repentinamente carente de su anterior convicción.
—Silencio. Debe de estar haciendo tu trabajo y vigilando la entrada.
—¿Y qué con lo que dijo tu hijo? —insistieron los pobladores—. Un sacrificio menor por la paz. Eso, ¿de quién lo aprendió? Dinos.
—No importa quién le dijo eso o de dónde lo observó.
—Él dijo que estaba en un pergamino. ¿De dónde salió eso?
Las personas ejercían más y más presión sobre Rorck, pero en ese momento, a Karius no le importaba. Él estaba observando a los lados porque Jack no estaba a la vista. Aunque su obsesión era dominante en su mente, él claramente sabía que aún estaban en guerra y que no podía estar tranquilo. Así que, silenciosamente, se apartó de la discusión entre los aldeanos y su padre, y fue en busca de su hermano. Escuchó sonidos de pelea y gritos de un niño. Karius corrió para ver qué pasaba. Era una persona cubierta que estaba agrediendo a Jack, quien tenía en sus manos un pergamino. Al parecer, Jack se lo había quitado a esa persona que parecía estar escapando de la aldea. Pero de un momento a otro, Jack simplemente soltó al sujeto. Karius no podía creer lo que pasó. Jack había sido apuñalado entre el estómago y el hígado. Karius auxilió a su hermano mientras gritaba por ayuda.
Las lágrimas de Karius por su hermano no dejaban de salir, pero cuando llegaron los demás, ya era muy tarde. El pequeño Jack había muerto por pérdida de sangre. Rorck llegó a la escena y lo único que pudo ver fue una escena desgarradora: un hijo, Karius, cubierto de sangre, y su hijo Jack, yaciendo inerte en los brazos de su hermano.
—Esto es culpa de tu debilidad, padre —gritó Karius, con la voz rota—. Si dejaras de ser el hombre duro y de principios, Jack no estaría muerto. No estaríamos pasando por esto.
—¡CÁLLATE! —tronó Rorck.
Sin previo aviso, Rorck abofeteó a Karius con fuerza. El rostro asustado de Karius, brotando sangre de la nariz, lo decía todo.
—¿Crees que yo quise esto? —rugió Rorck—. ¿CREES QUE QUIERO VER A MI GENTE Y A USTEDES MORIR?
—Señor —interrumpió un soldado, con voz temblorosa—, el pergamino que quisieron robar, el del Corazón de Eteria...
Karius no reaccionaba. El golpe de su padre, las palabras de este y del soldado, nublaban aún más su mente. El Corazón de Eteria... esas simples palabras avivaron aún más su obsesión.
—Lo escuchaste —dijo Karius, con una nueva determinación en su voz—. Los enemigos buscan el Corazón de Eteria. En verdad existe y lo están buscando.
—Esa cosa está maldita —Rorck lo miró con desesperación—. No lo entiendes. Mira lo que pasó. Tal vez un espía encubierto te escuchó hablar en alto de esa cosa y robó el pergamino para llevarlo con los suyos.
—No quieras culparme por la muerte de Jack —replicó Karius, con rabia contenida—. Por tu debilidad, yo buscaré el Corazón de Eteria solo y detendré todo conflicto, aun si necesito sacrificar a personas que no quieran salvación.
Rorck no sabía qué hacer. Sentimientos de culpa y horror invadían su mente. Ya no veía a Karius como solía hacerlo. La sangre en su ropa y cara hacía que todo lo que le había dicho transformara a Karius en un monstruo ante sus ojos. Solo el silencio reinó mientras Karius abandonaba su hogar, a su padre y a su difunto hermano.
Karius no solo culpó a su padre, sino a sí mismo, por no haber convencido a su progenitor sobre el Corazón de Eteria y por no haber vigilado él la entrada en vez de su hermano Jack. Tal vez las cosas pudieron ser diferentes, se preguntaba Karius en su mente. El daño ya estaba hecho. Él dejó la aldea, dejó morir a su hermano y su relación con su padre se rompió.
Karius vagó por dos años como nómada, buscando información sobre el Corazón de Eteria. Lo único que sabía era la ubicación, gracias al último pergamino que pudo leer. Poco después de esos años, la aldea fue atacada de nuevo. Soldados mataron a muchos inocentes. Rorck defendió todo lo que pudo y, al final, negoció la tranquilidad de su pueblo por información clasificada que guardaba su aldea.
Los soldados enemigos solo preguntaron por una cosa en especial. Rorck, al escuchar qué información buscaban, se llenó de tristeza y frustración: el Corazón de Eteria. Rorck no dejaba de pensar en lo que pasó esa noche, de cómo perdió a su familia por culpa de esa cosa maldita.
Rorck les dio la información que buscaban los soldados enemigos, o al menos eso les hizo creer, ya que no les dio detalles sobre cómo se debían sacrificar a las personas o qué más se necesitaba para ese cometido. Sabía que activar el Corazón de Eteria no iba a ser bueno, sin importar quién lo lograra, si un bando enemigo o su propio hijo Karius. Rorck sabía que si uno lo conseguía, sería el fin. Así que decidió quemar todos los pergaminos y se aseguró de que nadie supiera de esta acción. Era un secreto que se llevaría a la tumba y que, sin que Karius lo supiera, retrasaría aún más su aclaración sobre el Corazón de Eteria.