—Pero si es la señorita Joliveros y el caballero de la realeza del Sur —dijo una voz a sus espaldas.
Arin y Lyra se giraron sobresaltados. Un anciano había aparecido de la nada, sin que ninguno lo viera llegar.
—¡Lyra! ¡Arin! —La neblina empezó a disiparse y, al fondo, Kael se acercaba pálido y sudoroso—. Muchachos, qué bueno que rompieron la maldición. Ufff, ya no soportaba pelear con todos esos osos y lobos hambrientos.
El anciano sonrió y señaló el hombro de Kael, donde descansaba una pequeña serpiente. No era venenosa —tenía dientes, no colmillos—, pero a Kael no le importó la diferencia. Quedó aún más pálido de lo que ya estaba y completamente inmóvil.
—No te muevas hasta que desaparezca, jaja —le dijo el anciano con tono burlón—. O quién sabe lo que la serpiente pueda hacer.
—Esperen un momento —intervino Lyra—. ¿Dónde demonios está Eira?
—Ah, la otra mujer... creo que está detrás de ese árbol. Parece algo mareada.
Unos sonidos desagradables llegaban de detrás de los árboles. Al parecer, la ilusión de Eira había sido bastante turbulenta.
—Disculpe el atrevimiento, anciano —dijo Arin con respeto—, pero ¿quién es usted? ¿Cómo pudo pasar por esta neblina? ¿Y cómo supo el apellido de Lyra?
—Eeeh... ¿Lyra tiene apellido? —Kael parpadeó, incrédulo. Algo loco, pero cierto: Kael ni siquiera sabía que Lyra tenía apellido. Siempre la llamó por su nombre o por su apodo: "niña".
—Eeeh... Sí, Joliveros. ¿Estás bromeando, verdad? ¿En serio no lo sabías? Pero si tú y Lyra se conocen de años... —Arin también estaba impactado. Cada vez entendía menos a sus compañeros. Eran un caso impresionante, aunque no siempre por razones buenas.
—Bueno, dejando eso a un lado —dijo Arin, recuperando la compostura—. Dígame, anciano, quién es usted y cómo nos ha encontrado. Se lo pregunto con todo respeto.
—¿Acaso no buscaban a alguien?
Lyra, Kael y Arin intercambiaron miradas. Una mezcla de alivio y satisfacción los invadió. Después de todo lo que habían pasado en aquel camino, por fin habían encontrado al oráculo. Justo en ese momento, Eira salió de detrás de los árboles y se integró con los demás.
—Oye, Eira, ¿ya terminaste de darles abono a los árboles? Creo que te faltan esos de ahí —dijo Lyra, burlándose del malestar de la curandera.
—Cállate, pelo tomate. No sabes cuánto tiempo estuve cayendo en un pozo sin fin. Pero bueno, me alegro de que esto haya terminado y de que hayamos salido de la maldición.
—¿Pelo tomate? ¿Pero cómo te atreves, estúpida pelo de cebolla? Ya es momento de que te haga picadillo —Lyra estaba furiosa y dispuesta a poner a Eira en su lugar.
—¡Relájense, mujeres! Este no es el momento, y menos delante de un anciano. Muestren algo de respeto —la voz firme de Arin fue capaz de calmar a la indomable Lyra y a Eira, que al parecer ya no era tan callada como al principio.
—Bueno, bueno, tranquilas, por favor —intervino el anciano—. Los felicito. O, más bien, lo felicito a usted, caballero Arin. Fue el único en pasar la prueba. Fue capaz de dominar sus miedos y traumas. Es alguien digno de la sabiduría que ofrezco.
El anciano comenzó a hacer movimientos lentos y tranquilos con las manos. Mientras lo hacía, la neblina desapareció. No mentía: él era el oráculo. Pero eso no fue lo único que impresionó a nuestros héroes. Al disiparse la niebla, descubrieron que ni siquiera habían avanzado doscientos metros.
"Creo que todavía estoy a tiempo de regresar a la aldea y curar a los heridos...", pensó Eira, perturbada por lo que había visto. "¿Tanto sufrí para darme cuenta de que ni siquiera avancé? Maldición, hoy no es mi día."
Después de un breve descanso, el grupo siguió al viejo oráculo. Les contó que su nombre era Jacoblee Jocaban, descendiente de los antiguos guardianes del Corazón de Eteria. Les explicó que su gente no lo llamaba "magia", como todos los demás pensaban, sino "la energía eteri". Se canalizaba con la relajación del cuerpo y la respiración, pero si poseías un fragmento del Corazón de Eteria, tu energía se canalizaba más rápido y más fácil. Aunque tenía su contra: usaba tu energía vital para fortalecer la energía eteri. Mencionó que la razón por la que Lyra se agotaba tan rápido al usar su poder era porque no había recibido entrenamiento en concentración y respiración. A pesar de tener una buena condición física, no era suficiente para controlar ese poder.
Después de un rato, nuestros héroes llegaron a la choza del oráculo. Era un lugar hermoso, casi irreal, teniendo en cuenta que los alrededores estaban muertos y las nubes eran oscuras. Pero allí dentro todo era diferente: el pasto era verde y el lago, cristalino. El oráculo mencionó que aquello era obra de la energía eteri y les puso un ejemplo:
—Así como Lyra puede sanar a sus compañeros usando la energía eteri de su interior, de igual manera la energía puede revitalizar la fauna y todo lo que la rodea.
—Y dígame —preguntó Eira—, ¿la energía eteri puede revivir cuerpos? Lo pregunto porque las almas son energía, ¿no?
La pregunta sorprendió al oráculo Jacoblee.
—No. Las almas y la energía eteri son cosas diferentes. Tómalo como una extensión del poder del alma.
—Oye, abuelo —interrumpió Lyra con curiosidad—, ¿y cuántos años tienes? No te ves tan vetarro.
—Mmm, vaya. Nadie me lo había preguntado antes. Verás, tengo 92 años.
Un silencio profundo invadió la escena. Nadie podía creer que aquel hombre, que aparentaba sesenta años, tuviera casi cien.
—¿Sabes, Lyra? Si entrenas tu habilidad, podrás ser igual de longeva que yo.
—Bueno, bueno, hay que descansar. Disculpe, señor Jacob, ¿nos daría permiso de acampar esta noche aquí afuera?
—¿Y por qué afuera? Se ve que la choza del viejito es más cómoda que aquí.
—Lyra, no debemos ser una molestia para el señor Jacob. Además, siempre acampamos al aire libre, ¿de qué te quejas?
—Bueno, bueno, tranquilos, jóvenes. Escuchen: mañana, al atardecer, Arin deberá entrar conmigo, porque es a él a quien le daré la visión y la información. Los demás tendrán que permanecer afuera, ya que en ese momento usaré toda mi energía y el camino maldito dejará de hacer efecto.