Aquella oficina en donde por su tamaño parecía que se podía escuchar el eco de las plabras dichas ahí, se encontraban todos sentados frente al director; este era un hombre ya entrado en años, a lo mínimo 65 tenía, mostraba una barba corta, pero espesa, flaco y con una voz muy amable pero firme, se llamaba Jean Baptiste Hugot.
-Bien, M. Leroy. ¿Entonces todos estos chicos serán inscritos? -Exclamó tras toser un poco.
-Sí, señor. Así es. Además si me pregunta mis razónes, he escogido este colegio por el sistema educativo, esto porque mi hija mayor y mi sobrino han estudiado aquí; y ni hablar de su aceptación de extranjeros. Además, su sistema diversificado de bachilleratos me parece muy bueno. Eso es lo que me interesó de este colegio.
-Ya veo. En ese caso sus muchachos estarán bien aquí. Despídase debidamente. -Exclamó antes de despedirlos de su oficina.
Unas monjas Dominicas guiaron al Sr. Leroy y a sus hijas rumbo a su habitación, en este colegio no había preferencias, por lo tal todos dormían en habitaciones compartidas por 4 alumnos. Mientras esto ocurría, un monje guió a los chicos, al parecer el Sr. Leroy se despediría de ellos más tarde.
-Díganos, hermano. -Exclamó Juan en francés. -¿Este colegio es completamente católico? -El monje respondió.
-No, la orden religiosa solo se encarga del cuidado del colegio, de los estudiantes y de la cocina, mientras que las clases son impartidas por profesores laicos, ellos en su mayoría son católicos, pero a la vez liberales.
-Oh, no creí que eso fuera posible. Pero si fuera un colegio completamente laico, ¿no deberían ustedes no estar aquí? -Exclamó José también en francés.
-Ese es otro tema. -Empezó a contar la historia del cambio del colegio. -Antes éramos un colegio completamente católico, pero en 1790 con la llegada de la "Revolución Francesa", la religión y todas las órdenes religiosas fueron perseguidas, pero nuestros líderes hicieron un pacto con los revolucionarios intelectuales, se nos permitió seguir viviendo e impartiendo misa aquí, siempre y cuando este colegio sea laico.
-Hmm... Entiendo hermano. -Exlamó Juan.
Tras 15 minutos de caminata, llegaron al edificio de cuartos para los chicos, era un edificio enorme, con un patio central rodeado por el mismo edificio, el patio central era enorme, el edificio llegaba a la altura de 5 pisos, siendo así que en cada piso se encontraban 25 habitaciones y en el subsuelo un cuarto de baño común. Todo ese edificio era para varones, el edificio para las chicas estaba separado por un espeso bosque y medio colegio.
-Bien, chicos. Los dejo aquí, lleven sus cosas. La habitación que les corresponde es la número 85. -Dicho esto, el monje se fue.
Gracias al cielo no habían muchos chicos a esa hora, por lo tanto podían cureosear cuanto quisieran, buscaron y buscaron hasta que hallaron su habitación.
-Bueno, al parecer es un cuarto grande. -Dijo Juan.
-Sí parece. Ojalá sea solo para nosotros. -Exclamó José.
Abrieron la puerta y ni bien Juan puso un pie en la habitación, se tropezó y resbaló debido a un zapato que se encontraba en el suelo.
-Perdón, no sabía a que hora venían mis nuevos compañeros de cuarto, así que aún no lo arreglaba. Perdón.
-No hay problema, hasta resultó gracioso el desorden. -Dijo José intentando no reírse.
-Para mi, no. -Dijo Juan algo adolorido.
-Te ayudaré. -Dijo el chico bajando de la litera. -Me llamo Jean Louis Seniergues, un gusto conocerlos.
Era este un chico algo mayor para los hermanos, tenía 14 años, su cuerpo larguirucho y flaco se asemejaba a una ramita a punto de romperse, unos enormes anteojos redondos dejaban ver sus ojos cafés color canela, dicho color se compartía con el cabello, su voz algo grave también lo hacía peculiar, no parecía hostil, es más parecía un manso corderito. Esto último debido a su esponjoso cabello.
-Un gusto, soy Juan. -Dijo el pelirrojo extendiendo su mano.
-Y yo José.
-Igualmente. -Exclamó el francés intentando hablar en español y aprentando la mano.
-¡¿Habla nuestro idioma?! -Exclamó José sorprendido.
-Sí, aunque no soy muy bueno hablándolo. -Dijo hablando de nuevo en francés.
-Ya veo.
-Dinos, Jean. ¿Las clases empiezan mañana?
-Sí, ¿A que año van?
-A primero. -Dijo José.
-Yo voy a tercero de colegio, en tres a cuatro años saldré de aquí.
-Qué bien, esperemos llevarnos bien. -Exclamó Juan.
-Así será amigos, solo no den muchos problemas.
Mientras conversaban, volvió de nuevo el monje que los había llevado allí, ahora llevaba a un pequeño niño rubio, el pequeño no dejaba de llorar.
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Quiero a mi mamá! -Lloraba en alemán, al parecer lo habían enviado allí a la fuerza.
-Este niño ha sido encargado a la orden religiosa, por favor cuidenlo bien. -Así como llegó se fue, no dijo nada más.
Los tres chicos solo se quedaron viendo como el pequeño lloraba, Juan se acercó y empezó a hablarle en alemán, tal vez así el niño se podría calmar.
-Oye, deja de llorar, nosotros te cuidaremos.
-Quiero a mi mamá. -Respondió insistente.
-Tú mamá está ocupada está ocupada así que nos pidió que te cuidemos, ¿te parece? -Le dijo intentando no llorar.
-Pero después quiero ver a mi mamá.
-Sí, después la verás.
Este pequeño niño había sido enviado aquí por su padre, un político alemán muy influyente y por lo mismo sin tiempo para su hijo; su esposa había fallecido y se había vuelto a casar, así que sin otra opción decidió enviar lejos a su hijo y encargarlo a una orden religiosa. El pequeño se llamaba Antonius Von Schendler, pero decidieron tergiversar el nombre, los hispanohablantes lo llamaron "Antonio" y Jean lo llamó "Antoine"; tendría a lo mucho unos 6 años, su cabello rubio como el sol y rizado cual lana de oveja al igual que Jean. Además gozaba de unos hermosos ojos azules. Al parecer en esta habitación, que medía 10m x 10m x 3m, gozaba de 2 literas, 1 farol, 4 sillas y 1 mesa para estudiar, además de una repisa de 2,70m de altura para libros de texto y libros en general, 4 cajones/baules de madera para las pocas pertenencias de los que vivieran ahí.