Leyendas de un mundo viejo: El libro Negro

Explorando el colegio

Juan caminaba por aquellos enormes pasillos que le recordaban a las calles de Quito, observaba los números de los salones, extrañamente los números estaban en desorden por lo mismo que si se veía el salón número 10, tendrías que caminar 5 minutos hacia el otro lado del patio central para llegar al 8; si Juan veía uno de los que usaría para recibir clases, marcaba la lista y hacía una linea hacia la materia a la que pertenecía el salón, además, memorizaba el lugar.

Tras recorrer casi todo el colegio, estaba maravillado por todo lo que veía allí, le encantó la biblioteca, el laboratorio, el comedor y hasta la antigua capilla que antes fuese muy usada para ceremonias religiosas y fiestas santas. Miraba hacia los ventanales de todos los distintos pabellones del edificio, así recibía mucha luz, puesto que eran enormes, el salón central, tan grande como el salón de los espejos del palacio de Versalles era sostenido por una perfecta combinación de colosales columnas coríntias. Tras salir de aquel salón, Juan entró a un balcón que sobresalía con vista a uno de los jardines del colegio, desde allí logro visualizar una enorme estatua, que mostraba: altivo, glorioso, majestuoso y lider al Rey San Louis IX de Francia. La estatua estaba hecha de mármol y sostenía una espada en un lado y una bandera con un crucifijo en ella, demostrando su poder político y militar, junto con su compasión religiosa.

De la nada, por la mente de Juan empezaron a pasar poco a poco sus sueños y anhelos, ser alguien importante, ser alguien valeroso y compasivo, alguien que podría ser facilemente nominado a merecer una estatua o que su nombre se escriba en el firmamento. ¿Acaso merecería tales honores? ¿Acaso podría merecer de parte de Dios tal gracia? Soñaba despierto, como si volára en aquel lugar, veía la estatua y volvía a soñar.

De la nada, una mano le tocó el hombro izquierdo; como si un frío le recorriera la espalda se volteó solo para admirar a quién había sido la persona que lo tocase.

-Oye, ¿Te encuentras bien? Dime, ¿Conoces sobre el salón 10? -Exclamó el chico que tocó el hombro.

-Estoy bien, gracias. Sobre el salón 10, se encuentra siguiendo ese pasillo y volteando a la izquierda rumbo al patio central, allí lo encontrarás. Por si acaso tiene un 10 sobre la puerta, ¿Te acompaño a encontrarlo? -Dijo Juan tras el susto.

-Sí, soy muy malo con las direcciones cuando me las dicen. Tras ir a ese salón memorisaré el camino pronto.

Sin pensarlo, ambos se pusieron en marcha rumbo al salón 10, el chico que le habló era mayor para él, no pasaría a lo mucho de primer año del bachillerato. Tenía un rostro muy hermoso, era como si un príncipe estuviera ahí, era de complexión y altura medias, su cabello largo y ondulado cabello castaño, parecía poseer intenciones de mezclarse con sus verdes ojos. Poseía un acento casi inexistente y su mirada parecía perdida. Tras caminar un tanto, al fin llegaron al salón, el chico le agradeció encarecidamente.

-Muchas gracias, por cierto, me llamo Dimitry Kaláshnikov, puedes decirme Dima, así me llaman en casa. De nuevo gracias por acompañarme, casi siempre me pierdo y me meto en problemas. Si necesitas algo no dudes en pedírmelo. -Dijo extendiendo su mano.

-Un gusto, Dima. Yo soy Juan Ramón Morales Ortíz, puedes decirme como tú quieras. Gracias, lo tomaré en cuenta si necesito tu ayuda. -Exclamó mientras apretaba la mano de su nuevo conocido.

Mientras esto ocurría dentro del edificio del colegio, el grupo que salió a pasear se encontraba ya por el jardín opuesto a donde se encontraba Juan; las plantas que se hallaban ahí eran muchas, desde varias orquídeas, un montón de helechos, rosas, árboles pequeños y medianos, inclusive se sabía que había una mediana colección de suculentas y cáctus dentro del invernadero. También había un hermoso arupo, llevado desde Ecuador, era uno de los árboles más viejos de allí, fue sembrado en el colegio tras el regreso de la Misión Geodésica Francesa del siglo XVIII, aportaba un toque de elegancia andina al lugar.

José recordaba que dicho árbol era el favorito de su hermano, además de las chuquiraguas y las rosas, en realidad si Juan hubiera estado ahí, se habría maravillado con semejantes plantas. Las chicas permanecían sentadas en la glorieta central del jardín; José observaba la zona de los tulipanes e intentaba olerlos. Naomy veía semejante escena con un poco de humor.

-Vaya, es uno de los pocos chicos en el mundo que aman las flores. -Exclamó con un tono un tanto chistoso.

-Muy cierto, normalmente prefieren hacer bromas o hablar de temas de "hombres". -Dijo Camille con un poco de seriedad.

-De seguro es un nuevo modelo de chicos. -Dijo Manuela riendo un poco.

-Parece que va a llover. -Exclamó Tatiana.

-Sí, así parece. -Exclamó José con 4 flores en mano. -Tengan, las flores deben estar con sus semejantes. -Exclamó con intención de amistad, pero creo que las chicas de seguro vieron una segunda intención de dicho gesto, ya que sus comentarios no se dejaron esperar.

-Vaya, vaya. Con esas vamos, ¿eh? -Exclamó Naomy aún bromeando.

-Gracias, pero no espero segundas intenciones. -Dijo Camille guardándola en su cuaderno.

-Que bonita, me gustaría bordar un diseño igual a esta flor. -Dijo Manuela con una sonrisa en la cara.

-Es muy linda, gracias. -Dijo Tatiana mientras observaba la flor de pies a cabeza con sus ojos azules.

José frente a tanta cosa por responder, se le ocurrió el copiar el comportamiento de su hermano en estos casos.

-No, No, ¿Enserio?, ¿A que no?

La conversación acerca de lo que acababa de suceder empezaba a volverse muy fuerte y potente, la glorieta se llenaba de risas, palabras y nuevos temas de conversaciones... ¡Tilín! ¡Talán! ¡Tilín! ¡Talán! Tiñó la campana anunciando la hora del almuerzo, ni siquiera los vientos huracanados fueron tan rápidos como este grupo. Se sentaron en una mesa con 10 sillas, esperaron y esperaron a que Juan apareciera. Oh, sorpresa. Aparecío junto a Dimitry y al pequeño Antonio. Se acercaron y se sentaron.




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