Leyendas de un mundo viejo: El libro Negro

Estudiando, problemas y más gente nueva antes del sábado

Tras aquel ligero primer día, sobrevinieron varios días en los cuales se habían empezado a impartir clases tanto en la teoría como en la práctica; fue así como todo el grupo 1 empezó a conocer a todos los profesores: Madame Bouger, Matemáticas; profesor Godín, Ciencias; profesor Jussieu, Francés; Señor Juan Montalvo, Literatura; profesor Grandier, Historia; profesor Courtot, Latín.

De saber cada una de esas cosas, todos allí serían eruditos de tiempo completo, pero si los europeos mismos desconocían ciertos temas, los hermanos Morales se encontraban en una situación peor a la de la ignorancia. Inicialmente, las tareas eran mínimas, lo mismo habría de decirse de las lecciones, Juan y José no obtenían buenos resultados y por lo mismo en aquellos primeros días recibieron varios castigos, golpes con la regla o el borrador de la pizarra, haladas de las patillas y regaños. Aunque para ser sinceros, Juan y José se han adaptado paulatínamente; Manuela y sus amigas también se esforzaban al máximo, pero aún así los temas se encontraban complicados.

Entre todos esos profesores el único que poseía como lengua materna el español era Juan Montalvo. Pertenecía a esa raza de personas que critican un problema y luchan hasta que logran resolverlo, pero siempre desde la comodidad que ofrece la pluma. Era un mulato de origen ecuatoriano, su ciudad natal era Ambato. Pero por azares del destino se radicaba en París, todo esto por su postura liberal-anticlericalista, a sus 53 años su cabello todo despeinado se hallaba invadido por las canas, tal vez por sus ideas líricas o por su vejez. Su bigote peinado en dos mitades muy alargadas lo hacían confundirse con los europeos; recordaba aún cuando tras luchar a travez de sus escritos contra el "loco" García Moreno (expresidente ecuatoriano), lograse leer en el comercio la noticia de su muerte a manos de Faustino Lemus Rayo y otros jóvenes liberales. En su mente todavía resonaba ese "Mi pluma lo mató" que exclamó en el instante que leyó tal noticia.

El jueves, mientras paseaba por los jardínes, pensando en nuevos versos para sus poemas, logró escuchar a Juan hablar en español, aguzó su oído y descubrió que practicaba para el tema de debate que había aquel día en su hora de clase. Al parecer literatura era una materia en la que Juan destacaba un poco. Se mantuvo escuchándolo mientras observaba a quienes estaban a su alrededor.

-Por lo mismo, considero que el laicismo es necesario, pero en relativa contradicción a lo dicho, no se debería prohibir la religión del todo...

-Morales. -Exclamó el profesor en español mientras cojeaba, esto debido a que era tullido. -Su forma de expresar el mensaje es muy básica, le hace falta la chispa de las palabras.

-Pero profesor, ¿Acaso sin dicha chispa no podré expresar la idea del discurso? -Exclamó Juan algo espantado.

-En efecto, la chispa de las palabras le ha de ayudar a soltar lo que piensa de mejor manera, así tendrá usted un buen discurso en cualquier idioma.

-Siendo ese el caso intentaré poseer esa tal chispa.

-Eso espero. -Dicho esto, el profesor continuó su recorrido.

Gracias a ese consejo, Juan logró debatir y exponer su tema con excelencia. Ya el viernes, Juan se dio un tiempo para salir a pasear solo por el area del bosque que separaba los dormitorios de la zona del colegio. Los árboles mostraban una gran bruma, pero a pesar de eso mantenía su mente tranquila ya que esos primeros días todo había salido relativamente bien. La bruma verde que liberaban los árboles le recordaba cuando caminaba por aquellos culúncos que llevaban a enormes entablonadas llenas de flores. No se escuchaban pasos ni de gente ni de animal; su mente había empezado a maquinar varias ideas cuando en el instante se acerbaba a un arbusto que bloqueaba su vista, logró escuchar una conversación.

-¿Para qué querríamos tus feas galletas? -Exclamó la voz de un chico.

-Muy cierto, además ¿De dónde las sacaste? Que yo sepa no se pueden traer cosas de afuera, ni comida ni alhajas. -Exclamó otra voz masculina.

-¿Acaso las hizo tu mamá y las lograste pasar dentro de tu equipaje de útiles? -Exclamó una tercera voz masculina.

-Vamos, cómanlas. Se las regalo. Busco conocer gente nueva y por lo mismo quiero regalarles estas galletas. -Exclamó una cuarta voz, esta voz era femenina, pero era familiar. Juan no la pudo reconocer. -Por cierto, mi mamá no las hizo. Las compré porqué se veían apetitosas y ahora se las quiero compartir.

-Ah, ya veo. -Exclamó la primera voz. -Entonces tu mamá no sabe cocinar.

-No es eso, lo que sucede es que no tengo mamá. -Exclamó la voz femenina.

-¿No tienes mamá? -Exclamó la tercera voz.

Un incómodo silencio gobernó el ambiente por unos segundos antes de que el trío de voces masculinas cayera en sonoras risas. -No tienes mamá. -Empezaron a pronunciar como si fuera una rima infantil, Juan no se movió de su lugar, más bien se puso serio pensando que él no era el único sin un familiar. La voz femenina no dijo nada, lo que le hizo pensar al pelirrojo que de seguro era una obra de teatro o una dinámica y por lo mismo no intervino.

-Sí, es cierto lo que digo. No tengo mamá, pero no creo que eso sea algo gracioso. -No se rían por favor. -Exclamó casi llorando aquella desconocida.

-¿Tampoco tienes papá? De seguro no tienes a nadie que te quiera. Pobrecita, sin mamá ni papá. -Dijo entre risas la segunda voz.

-Sí tengo papá y me quiere mucho. -Dijo la vocecita empezando a llorar.

Ira, mucha ira. Juan en su vida había estado tan enojado, pensar que tres personas se burlaban de alguien sin madre le parecía muy malo. Puso una cara muy seria tras dejar que sus emociones se despertaran, cerró los puños con fuerza y con paso firme atravesó aquel arbusto. Tal sería su sorpresa que aquella voz femenina que le parecía familiar fuera de nada más ni nada menos que de Manuela. Estaba de rodillas, con sus manos sobre la cara y llorando como si no hubiera un mañana, una caja de galletas estaba caída a su lado, mientras que las voces masculinas provenían de tres chicos, dos rubios y un castaño de misma edad más o menos.




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