Leyendas de un mundo viejo: El libro Negro

Antes de la primera bruma

Tras la conversación detrás de la casa, el ambiente dentro no mutó, Camille continuaba tocando el piano, Jérémie y su tío habían empezado a hablar de negocios, conversación muy recurrente en ellos y que Pauline no dejaba de escuchar cuando le era posible.

-Marie. -Exclamó el sr. Leroy pausando un rato la conversación con su sobrino. -Muestrales a los chicos sus habitaciones, por favor.

-Sí, lo haré. -Se levantó, alizó un poco su vestido e hizo señas para que Juan y su hermano la siguieran. -Sus habitaciones están aquí en el segundo piso. -Su cara mostraba una pequeña sonrisa.

Los hermanos la sigueron y subieron las escaleras tras de la mujer, caminaron por el pasillo, el lugar estaba lleno de la luz de las ventanas sobre ambos extremos del mismo, las puertas tenían todas el mismo diseño y en parte ese lugar se veía muy ordenado por esa razón. Maríe se detuvo fuera de la habitación número seis. Tomó su llavero el cual contenía un sinnúmero de llaves, estas a su vez tenían la cabeza diseñada con forma del número de habitación o del lugar de la casa al que pertenecían, sacó dos, la seis y la siete, despues de verlas bien, tendió su mano hacia los chicos.

-Tomen sus llaves pequeños, si desean pueden echar suertes por las habitaciones.

-Gracias, señora Marie, si necesita algo no dude en preguntarnos. -Dijo Juan mientras tomaba las llaves.

-Lo mismo digo. -José no dejaba de observar el lugar.

-Está bien mis pequeños. -Mostró de nuevo su sonrisa.

Mientras la mujer se daba la vuelta, Juan recordó algo que quería preguntar desde que entró en la casa.

-Por cierto, Marie. ¿Dónde se halla la biblioteca? -Dijo llevándose la mano a la quijada.

-Está en el subsuelo, hay una compuerta en las escaleras, si deseas luego podrás ir allí.

-Gracias. -Exclamó Juan devolviendo una sonrisa.

Marie se retiró y los hermanos se quedaron solos, querían hablar, pero no sabían que decir, casi siempre conversaban, pero en poco más de un mes y medio su vida dio un cambio significativo, ambos lo sabían y se mantenían callados para saber si no era un sueño. Se miraron y aguzaron sus oídos, escucharon la conversación de abajo y no escucharon nada más que la afirmación de la mujer sobre las habitaciones entregadas.

-¿Las apostamos? -Preguntó José emocionado y hablando en voz baja.

-Dale. El ganador se queda con la seis. -Respondió su hermano sacando un sucre del bolsillo. -¿Cara o cruz?

-Cara. -Respondió José expectante.

-Listo. Tres, dos, uno. -Lanzó la moneda.

Giró la moneda en el aire, ambos la observaron como si fuera posible que en el último momento se pudiera hacer trampa, mantuvieron sus miradas fijas desde el despegue hasta su caída en la palma de Juan. Un ambiente relativamente tenso y a la vez nervioso se manifestó, lentamente, Juan levantó la mano que tenía sobre la moneda.

-¿Y bien? ¿Qué te salió? -Preguntó José intentando ver la moneda con sus vivaces ojos.

-Sello.

-Mentiroso, deja ver. -Dijo acercándose.

Tras ver y corroborar que en verdad había salido sello, Juan tomó la llave seis, mientras que José tomó la número siete, tal sería la suerte que la habitación de Juan estaba al frente de la habitación de Manuela, mientras que la de José quedaba al lado de la de Juan, así era el orden de la casa. La primera tenía al frente a la segunda y esta a su vez tenía a su lado la tercera, al frente de la tercera estaba la cuarta y se repetía el orden anterior, así hasta el número diez. Cada uno uso la llave y entraron en sus cuartos individualmente.

*****

Apenas entró, Juan sintió que toda la luz que entraba al cuarto le daba energía y a su vez lo iluminaba con potencia. La cama se encontraba en la esquina izquierda bajo la ventana, tenía una plaza y media, una hermosa colcha a cuadros con varios colores combinados cubría las sábanas, esta a su vez era coronada en la parte alta de la cama con una almohada algo plana, pero muy grande. En la esquina opuesta se alzaba un escritorio con librero incluído en donde se hallaban varios volúmenes, pero a su vez, no eran muy de afanarse debido a que en su mayoría eran de ciencias y matemáticas. No era que a Juan no le gustasen esos temas, solo que cuando no se comprende bien un tema, a veces es bueno distraerse con un poco de fantasía. Derecho hacia la otra esquina debajo de la ventana, se encontraba el ropero, divido en dos partes, una grande y otra que llegaba a la mitad, pensando que tal vez no habría mucha ropa dentro, Juan tomó su bolsa y extrajo sus ropas, tal sería su sorpresa, al descubrir que en los tres cajones del lado derecho se encontraban cinco pantalones nuevos, cinco camisas y una buena cantidad de ropa interior en el último cajón. La parte con más altura era un perchero en donde en tres armadores, se encontraban tres uniformes más, también había una levita y un abrigo, además de que sobraban algunos armadores para colgar cosas extra. Con las emociones revueltas, Juan sacó todas sus ropas, tres pantalones, casi todos llenos de parches, cinco camisas, seis calzoncillos, tres pares de calcetines, dos sombreros, uno nuevo para salir los domingos y uno viejo (el de Jérémie) para el diario, su poncho azul que le había regalado Inti. También sacó su zamarro, una levita, regalada por la niña Amada, dos chalecos, su chaqueta militar, sus botas rodilleras y sus alpargatas.

Se quedó observando toda sus pertenencias, evocó varios recuerdos, dobló cada una de las prendas con cuidado y las guardó aladeando las prendas que se encontraban ahí. Tras guardar la ropa, tomó su bolsa y la puso en el pie de la cama, se quitó la levita, se mantuvo sentado un rato más y bajó rumbo a la sala.

*****

Por su parte, cuando José observó su cuarto, logró vislumbrar el gran tamaño de la campiña francesa a través de su ventana, podía ver una buena parte de la propiedad y una fracción de las colindantes, en su infantilidad, estuvo a punto de soltar una lágrima, volteó a su cama, esta se extendía por todo el largo de la ventana y vio que era una cama de plaza y media cubierta con una colcha café con un patrón de rombos verdes. Su escritorio, en igual posición al de su hermano poseía estatuillas y objetos viejos en vez de libros. En vez de un ropero como el de su hermano, poseía una cómoda con cinco cajones y varios ganchos cerca de la puerta de entrada al cuarto. Como su hermano, también descubrió que tenía tres uniformes nuevos y varias prendas extra, misma cantidad como la de su hermano. Él también se dispuso a guardar su ropa, abrió su bolsa y extrajo cuatro pantalones, dos camisas, cinco calzoncillos, dos pares de calcetines, dos sombreros, el suyo y el de su padre (este último lo usaba en situaciones importantes, debido a que lo tenía bien cuidado), una chaqueta larga, una levita, dos chalecos, las oshotas (alpargatas en Kichwa, pero en español suele atribuirseles el estar fabricadas de caucho), un par de zapatos y como buen chagra también tenía poncho y zamarro incluídos.




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