Tras todo lo acontecido el sábado, al día siguiente Juan había dormido como canta la expresión: "El sueño de chico es como el sueño de puerco". Pero inesperadamente, a no sé que horas de la madrugada, Juan despertó entre pesadillas, no recordaba perfectamente los detalles, solo sentía como si se cayera a un abismo e incluía a una persona sin rostro, pero con uniforme militar. Dicho personaje estiraba su brazo como para halarlo. Se sentó en la cama, respirando con ansiedad y sudando frío, acarició su cabello para saberse fuera de tales delirios. No podía comprender la como es que dichos sueños lo estaban acompañando desde que salieron de Guayaquil, no se lo había dicho a nadie, ni siquiera a su hermano. Creía que algo sucedía con su madre, aunque también relacionaba eso con el capitán Lodoso, tal vez este le hubiera hecho algo a su madre o le estaría pisando los talones en Francia. -No me debo dejar que tonteras como estas me acaben. Sueños no son nada. -Exclamó para si mismo antes de levantarse. Caminó suavemente hacia el ropero y buscó la mejor ropa que tenía. Ya vestido, buscó bajar sin molestar a nadie, el rechinido de las tablas del suelo no se lo permitió, se apresuró y estuvo pronto en el primer piso.
-Buenos días, Juan. -Exclamó el sr. Leroy sentado en un sillón.
-Buenos días, señor Agustín. ¿Qué hace usted aquí tan temprano? -Exclamó Juan espantado por dentro.
-Bueno, pues no podía dormir, así que me levanté a esperar que todos despertaran para poder ir a misa.
-Ya entiedo, por cierto, ¿Qué horas son?
-Son las cinco de la mañana, en media hora serán las seis. -Exclamó mientras veía por la ventana.
-Gracias. -Exclamó Juan tomando asiento en otro de los sillones.
-Dime, Juan. ¿Escribiste a tu madre ayer?
-Sí, señor. Le he enviado la dirección del colegio para que envíe la respuesta allí.
-Muy bien. Has hecho lo correcto. -Exclamó esbozando una pequeña sonrisa. -Marie suele leer todas las cartas que llegan aquí, por lo que nada es un secreto. -Empezó a reír un poco. -Con decirte que una vez leyó una carta de Amada a Jérémie, después de eso se burló de él todo el día.
Una sonrisa se dibujó en el rostro del chico logrando por un momento hacer que la sensación de inquietud y nervios tras la pesadilla desapareciera; desde que Juan conoció al sr. Leroy, sentía que este hombre tan alto y de vez en cuando aterrador, le parecía gracioso e interesante, conversaba mucho debido a que conocía lo suficiente en distintos temas. Cuando Juan veía a este hombre, recordaba de vez en cuando a su padre con una actitud similar. Mientras conversaban sobre qué iba el negocio del burgués, Juan revivió el miedo del día anterior, pero ahora en presencia del sr. Leroy, el silbido regresó, pero parecía que el hombre no lo había escuchado. Se tensó excesivamente, un escalofrío le recorrió el espinazo y la piel se le puso como de gallina. Quiso ver en todas las direcciones, pero no quería verse raro o volver a sentirse de nuevo en la pesadilla con la que despertó.
-Juan, ¿Qué sucede? -Exclamó el hombre dejando de hablar y poniendole mucha atención.
-No es nada, solo un dejá vú. Creo.
-¿Crees? Dime, ¿acaso te sucedió algo? ¿Acaso te incomodó algún tema de nuestra conversación?
-No es eso, señor. -Dijo meneando las manos. -Solo que he tenido una pesadilla y he pensado en ello.
-Cuéntame, tal vez pueda ayudarte. -Respondió el hombre interesado.
Acto seguido Juan empezó a relatar sin falta todo lo que recordó de su pesadilla, el hombre escuchaba con atención, como si dicha conversación le trajera recuerdos similares. Decidido a que tal vez solo era un mal sueño del muchacho, mostró una cara calmada y le respondió.
-Todo está bien, no te preocupes. -Por un momento pareció recordar algo. -Conversémos más, así se te olvida ese mal sueño.
-Sí, señor. Por cierto, una duda.
-Dime, soy todo oídos.
-¿Hace cuanto falleció su esposa? -Lo había preguntado con cierto recelo. Ese tipo de temas suelen ser delicados.
-Bueno, pues desde que mi amada Esperanza falleció han pasado doce años. -Dijo suspirando con recuerdos de amor en su mente y viendo hacia el cuadro que estaba iluminado por una pequeña vela sobre un plato. -Era muy buena, le habrías caído bien. ¿Cómo sabías que soy viudo? -Volvió a mirarlo directamente.
-Pues, creo que es muy facil, señor. Ella no está aquí, usted cuando se refiere a su persona habla en pasado y ... -Pausó de golpe porque estuvo a punto de soltar lo que no debía.
-¿Y qué? -Dijo con cierta curiosidad. -Habla, si es algo privado dilo en voz baja, si concierne a mis hijas dímelo. -Frunció el entrecejo con un tanto de ira y otro tanto por intimidarlo.
-Esto, pues... -Bajó la voz. -a Manuela la molestaron el otro día por eso.
-¿Entonces era eso? ¿Qué sucedió?
-Pues quería amistarse con unos chicos de otro grupo, pero tras rodearla de preguntas, ella soltó que no tenía mamá. -Juan recordaba bien los hechos, pero no quería soltar más de lo debido. -Después se dispusieron a burlarse de ella y Yo les metí una pisa.
-¿Con que así vamos eh? -Dijo con las manos en la cara.
-¿Qué?
-Mira, Juan. -Hizo una pausa y se puso de pie. -Ella, Manuela. Es muy especial, su madre falleció tras tenerla, ha nacido un tanto proactiva y bulliciosa, es algo bueno desde mi punto de vista, pero esta sociedad en la que vivímos no tolera a los huérfanos, y mira que yo soy uno. -Dijo con ironía. -Juan, ¿crees que está mal ser huerfano de un padre?
-No, señor. ¿Por qué habría de serlo? Yo vi morir a mi padre y sé que duele, pero hay que aprender a vivir.
-Bien dicho. -Estaba sonriente y con la mirada en el suelo. -Juan, ¿podrías llevarte bien con ella?
-Lo hago, señor. Por esa razón me peleé con los chicos.
-Gracias, al parecer eres muy buen chico, no erré en traerte. Tu madre ha criado buenas personas.
Después de eso, silencio. La ausencia de más palabras entre ambos se volvió incómoda, Juan ahora tenía un nuevo temor, que Manuela los hubiese oído y luego regañase o se resintiera con Juan por ir de chismoso. En medio de el silencio, Juan sacó un nuevo tema de conversación.