Desde que regresó al colegio, Juan permanecía expectante de lo que sucedía a su alrededor. Clases, compañeros, amigos; sentía que el aire se había vuelto más pesado, había empezado a estudiar porque sí y su actitud se ponía cada vez más áspera. Lo peor del asunto era que había empezado a ponerse nervioso y paranoíco cuando algún desconocido le hablaba.
Un día como cualquiera, se dirigió a la biblioteca con el libro peculiar que tomó de la casa Leroy, el objeto tenía las medidas de un libro de bolsillo de la época. 12,5 cm de ancho x 19 cm de largo y lo más extraño era su grosor, 3cm. Además de sus dimensiones, su apsecto era intrigante, la pasta de color café oscuro, contenía diseños de enredaderas en color dorado. No tenía nada escrito y una sensación de jugar con fuego hacía que el pelirrojo se preguntase seriamente si debía abrir el libro, sus manos empezaron a temblar conforme se acercaron al libro como si supieran que algo fuera a salir de allí.
-Hola, Juan. ¿Qué haces? -Juan dio un brinco del susto, quien habló fue Manuela, apareció de la nada, había ido para descansar un rato y como vio a Juan decidió acercarse.
-Hola, ¿Cómo estás Manuelita? -Dijo Juan aún asustado por la aparición repentina de la chica, sin percatarse de que la había tuteado y puesto un diminutivo.
-Estoy bie... -Se frenó en seco. -¿Me tuteaste?
Al darse cuenta, Juan pidió disculpas, ya que no era normal tutearle a alguien que no fuese completamente un amigo o familiar. Sus mejillas se colorearon un poco y se puso nervioso al hablar, Manuela por su parte sonrió por el hecho de ser tuteada, a fin de cuentas, habían prometido conocerser mejor, y tutearse es parte del proceso, y si ocurría recién, era porque no habían tenido mucho tiempo para hablar.
-No te preocupes por tutearme, a fin de cuentas, somos amigos, ¿no? -Dijo alegre.
-Sí, eso creo.
-Ahora sí. Dime, ¿Qué haces? -Preguntó sentándose frente a él, apoyando sus codos sobre la mesa y cruzando sus manos, como si pensara.
-Me encontré este libro en su... tú casa y estoy viendo de que trata.
-El diseño de la pasta se ve muy lindo, me encanta.
-Sí, pero lo raro es que sus hojas son negras.
-De seguro es un regalo que le dieron a mi papá, ¿Por qué no lo abres y vemos lo que tiene escrito? -Dijo Manuela bajando la voz mientras pasaba la bibliotecaria a su lado.
Con un poco de curiosidad compartida y colocando el libro en el centro, Juan abrió la pasta, revelando en su reverso una frase en latín.
-Quae hic continentur intellegentiam tuam transcendunt; periculum sube et plus quam debes disces atque mysteria creationis intelleges. (Las cosas aquí contenidas superan tu comprensión; toma el riesgo y aprenderás más de lo que deberías y comprenderás los misterios de la creación) -Juan acababa de leer eso en Latín frente a la mirada atónita de Manuela.
-Que extraño, no veo nada. -Dijo Manuela aguzando su vista.
-¿Cómo que no? Si aquí está. -Dijo señalando la frase.
-No hay nada, la contraportada no tiene nada escrito, estás inventando la frase. -Dijo en tono de broma.
-En ese caso, me estoy volviendo loco.
-¿Y si nos olvidamos de eso? Mejor intenta escribir algo. -Sugirió Manuela.
-A ver, intentémoslo. -Abrió su levita y de allí sacó un tintero portatil y un palillo de a lo mucho unos 5cm. -¿Qué quieres que escriba?
-Escribe, "El destino cual los hilos de un telar, no es más que una maraña compleja en donde dos hebras pueden cruzarse más de una vez"
-Hecho. -Exclamó mientras remojaba el palillo en la tinta. -Creo que has hallado la chispa de las palabras que mencionó el sr. Montalvo el otro día.
-No, Pauline a veces escribe poesía y me robé uno de sus versos.
-Ya veo.
En el instante en el que intentó garabatear con el palillo, el mismo se quebró en mil astillas, se volvió polvo y se fue volando.
-¿Lo viste? -Los ojos de ambos estaban abiertos como platos.
-Sí. ¿No será que ese "palillo" era una pelusa o un poco de lodo compactado?
-No lo creo. Además, aún veo que si está escrito.
Manuela se refregó los ojos, tal vez no veía bien; ni así, no veía nada en las hojas del libro, tomó el libro y lo hojeó y solo veía pasar hojas negras vacías una tras otra. En eso, como si una chispa se le prendiera en la mente, se arrancó cuidadosamente un cabello y intentó poenrlo dentro de las hojas a ver si se desintegraba como el palillo. Nada pasó.
-Juan, creo que no hemos estado durmiendo bien. ¿Cuanto dormiste anoche?
-Lo debido, ¿por qué?
-Yo también he dormido por mucho tiempo, inclusive Naomy podría confirmarlo. Estoy alucinando, el palillo ha desaparecido, pero no mi cabello y sigues diciendo que hay frases escritas en el libro.
-Sí, creo que solo estamos alucinando. -Puso una mirada de tristeza. -Creo que hemos tenido altas expectativas del libro y eso nos jugó una pasada.
-No te preocupes. -Dijo Manuela mientras se daba cuenta de la hora. -Creo que tenemos que ir a la próxima clase.
-Sí, vamos.
Ambos se levantaron, Juan guardó el libro en su levita y ambos caminaron relativamente rápido hacia el salón. Hablaron sobre las dudas que tuvo Manuela acerca de como se había perdido Juan. A pesar de que recientemente Juan y Manuela habían dejado las formalidades, hablaban muy avivadamente, tal vez porque a ambos le había hecho falta alguien con la naturaleza del otro para sentirse completos, no en base a los sentimientos, sino en base a la teoría de que si alguien tiene algo que te falta, es una parte de tí que esta en alguien más. Así se forjan buenas amistades.
Con ciertas omisiones, Juan relató a Manuela todo lo que consideró que debía saber. Al llegar al salón, Juan sintió haberse liberado de una gran carga de estrés, la sensación de que un enorme peso se le quitaba de la espalda, hizo que Juan se sintiera con nuevas energías. Antes de entrar al salón, Manuela se mostró pensativa, como si supusiera algo. Pensó en hablar, pero Naomy apareció y se la llevó. Juan solo se quedó con la duda de qué querría decirle Manuela. Entró al salón y tomó asiento, José llegó con suerte a unos minutos de que el profesor empezara la clase.