Después de remojar la pluma, también daba un fuerte sorbo al tabaco, grababa una idea en su mente y luego la plasmaba en el papel. Luego, casi maquinalmente, se rascaba la barba, el bigote o las patillas y volvía a pensar que sería lo siguiente que escribiría. La tenue luz de la lampara no quería colaborar, ya que cada un buen tiempo reducía su luminosidad. Cuando la misiva estuvo terminada, su contenido quedó de la siguiente manera.
París, 1886
Estimados miembros del directorio Político-militar. He decidido remitir la presente carta por ciertos motivos que mi mente no puede pasar por alto. Desde el primer día que he pisado suelo francés, he sentido dos presencias distintas, la del Mélaina Byblos y otra muy parecida a la de ...
Por cierto, acerca del paradero del libro, mis sospechas me llevan hacia tres direcciones: Agustin Leroy, Henri Guisan y Charles Marie Gourmont; por si mal no recuerdo, estos tres lleváronse bien con el muy bastardo de José. Hablando de la segunda presencia antes mencionada, al parecer, he encontrado a un muchacho muy parecido al padre de José, aunque sería imposible que fuera el hijo del ya mencionado y depuesto rey. Mis soldados debieron haberlo ejecutado con su madre. Pero admito que su presencia es similar a la de José y por lo mismo, pido que en caso mi sospecha sea confirmada, por favor se dignen en enviar a W.R y U.S. Cualquiera de ambos estaría bien, solo díganles que empieza la cacería.
Jeremías Brown
Firma
No sabía por qué había puesto lo último, como si por dentro tuviera realmente la certeza de que Juan era el hijo de José, la completa seguridad de que Sofía había logrado engañarlos hace doce años le era aún objeto de su pensamiento; más bien, estaba seguro de que el pequeño heredero estaba vivo, pero no sabía si era Juan, en su momento guardó el secreto hacia su amo para no complicarse, pero ahora podría estar frente a lo que podría ser su mayor triunfo o su mayor condena. Cuando encontró a Juan el otro día solo to había intentado asesinar a la suerte, es muy simple la razón por la que sospechaba ¿Dónde se ha visto a un pelirrojo de piel cobriza y ojos azules?
Tras envolver la carta con un sobre, hubo de sellarlo con cera y un sello con forma de huracán. Acto seguido encendió un fuego con alcohol en un recipiente de cobre y echó la carta ahí. Tras verse envuelto con el fuego, el papel empezó a desprender un humo completamente negro y espeso a comparación de la cantidad de cosas que estaban quemándose. Mientras veía el espectáculo, el hombre abrió una ventana y permitió que el humo escapase, tal vez nadie notó el humo, posiblemente por la noche, pero cuando terminó la cobustión, el cuarto se vio oscurecido por los residuos de humo en el aire.
Mientras sentía al humo disolverse en el aire, llegó a él la idea que había tenido desde joven, poseer poder en todas sus posibles opciones, deseaba con todo su alma y ser el poder ejercer la justicia con su mano, contra el crimen y la injusticia, hubiera sido capaz de traicionar a algún familiar suyo si se cruzaba con sus ideales, lo había hecho ya con un amigo, ¿por qué no con un familiar? Creía firmemente en que su destino era acabar con las monarquías buenas o malas que gobernasen el mundo, ¿por qué? Muy simple, para que la gentese viera enceguecida por el poder que pudiesen poseer en sus manos y el caos que esto causaría. Ya había acabado con José, había colaborado en el levantamiento de París en 1871, de ser por él, habría dirigido un ataque en contra de Napoleón III.
En eso tocó una campanita, llamando así a Rosie, su sirvienta. Al entrar, la negra joven hizo una cortesía y preguntó acerca de qué deseaba el señor, tras pedir una taza de café, la mujer desapareció. ¿Acaso no quería acabar con la desigualdad este sujeto? Sí, pero ¿por qué hacerlo si se le da comida, ropa y techo a la servidumbre? Además no la maltrataba, a lo mucho la insultaba, pero de eso no pasaba a más. Además su mente no era más que un revoltijo de ideas que se contradecían entre sí.
-Mi Lord. Su café. -Dijo Rosie entrando a la habitación y rompiendo sus pensamientos.
-Perfecto, tráelo. ¿Le pusiste dos cucharas de azúcar?
-Sí, mi Lord. -Al general le encantaba el título que le había autoimpuesto su sirvienta. - Lo dejaré en la mesa, si me disculpa, tomaré un poco de dinero de la caja, saldré a hacer unas compras para la semana.
-Ve, no me importa que hagas, solo no malgastes el dinero. -Dijo mientras sorbía el café. -Rosie, ¿Pusiste dos cucharas de azúcar como acostumbro a pedirte?
-Sí, mi Lord.
-Qué extraño, siento el café muy dulce
-¿Desea que le haga otro?
-No, no me gustan los errores, pero no me gustaría desperdiciar este café tan caro.
Sin preguntar nada más y con el permiso de su jefe, Rosie salió de la habitación y después de un tiempo, se oyó que la puerta de la calle se cerraba.
El general se puso de pie y caminó por la pieza poniéndose a pensar de nuevo acerca de sus ambiciones, sueños, su pasado y hasta en Juan, este último había sido quien colmó el vaso, si su suposición era cierta, obtrendría premio doble y encima de eso habría acabado con la sangre inmortal de una vez por todas. Además con el poder del Mélaina Byblos, su ejercito sería imparable, sentía que podía saborear y olisquear el poder en sus manos.
Cuando Rosie estaba ya lejos de la casa de su "Lord", empezó a buscar todos los elementos que le faltaban; harina, huevos, pan y frutas, estas últimas no le gustaban al general, al menos que estuvieran vueltas mermelada o confitadas y puestas en un postre. Cuando probaba algo que le gustaba en verdad, su humor mejoraba, dejaba de ser tan seco y pasaba a simplemente ser serio.
Rosie tenía un fuerte apego hacia su jefe, le cocinaba como si cocinara para si misma y ponía especias exquisitas para que la comida siempre le supiera sabrosa, la sirvienta estaba a punto de emprender el camino a casa cuando mientras pasaba frente a una dulcería, vio unas cuantas barras de chocolate, al parecer, las favoritas del hombre. Sacó se su mandíl unos cuantos francos y decidida entró a comprar unos cuantos chocolates. Compró tres y los llevó.