Leyendas de un mundo viejo: El libro Negro

Observados

-Pues, creo que nos irá bien. -Decía José mientras estaba hecho bolita en la carrega.

-Sí, solo no le quiten la mirada a Dima.

-No me perderé. -Dijo el ruso haciendo un mohín.

-Lo bueno, es que estoy acompañada por tres chicos muy fuertes que harán todo el trabajo mientras yo hago el pedido y las cuentas.

-Es obvio, ¿quién en su sano juicio haría que una chica cargue cosas pesadas? -Dijo Juan mientras les daba rienda a los caballos.

Hace ya dos horas habían dejado el colegio y estaban dirigiendose rumbo al almacén que solía surtir a la institución con conservas. La carreta con las que se les había dotado, tenía una rueda algo chueca y saltaba mucho con los baches del camino, por lo que a Manuela y a José les dolían las posaderas. Para este grupo, el salir del colegio a pesar de que era un castigo, les parecía una excursión, y encima sin la necesidad de haber pedido un permiso o haber esperado a la fecha establecida.

Juan conducía la carreta, dicha labor también solía desempeñarla cuando trabajaba bajo las órdenes del general, solía dirigir el carreton con compras o con la caña rumbo al trapiche, le había tomado un buen tiempo y una buena sarta de carajazos el aprender correctamente el arte de conducir una carreta; a su lado estaba Dimitry, se había sentado ahí desde el colegio, habían salido conversando con Juan acerca de algo, no lo recordaba bien, pero según su mente, el hilo de la conversación había empezado en algo acerca de unas acrobacias que había visto. Mientras tanto en la parte de atrás de la carreta, José intentaba dormir y Manuela intentaba leer con poco éxito las cantidades de productos que debían comprar, junto con la aproximada cantidad de dinero para dicho fin.

Al llegar, todos quedaron maravillados frente al enorme almacén, un edificio de casi el tamaño de una fábrica y que según se tenía entendido, los productos que ofrecía venían en toda calidad, cantidad y precio. Juan intentó estacionarse, y lo logró gracias a que un coche frente a ellos salió apenas llegaron. Juan saltó de su asiento y ayudó que Manuela bajara, después, ambos ingresaron y se apresuraron hacia el mostrador, en donde un hombre ya entrado en años y que las orejas parecían no servirle de mucho. Llevaba un chaleco que alguna vez perteneció a un frac y una camisa con un cuello muy almidonado.

-Buenos días, señor. -Dijo Manuela estirándose para que el hombre la viera.

-Buenos días, pequeña. ¿Qué buscan?

-Buenos días, venimos por un pedido para el colegio Saint Louis. -Exclamó Juan.

-¿Un perdido?

-Un pedido. -Dijo Manuela un poco más alto.

-Ah, comprendo. Disculpen, no los había escuchado bien. Díganme lo que necesitan.

Manuela extendió la lista y empezó a leer para corroborar si en el almacén había todo lo ahí escrito.

-Dos cajas de aceite de albahaca.

-¿de alpaca? No vendemos aceite de alpaca.

-¿Es así de sordo? -Dijo Juan.

-¿Gordo? No soy tan gordo, muchacho.

-Quizo decir "sordo". -Exclamó Manuela alzando un pco más la voz.

-Perdón de nuevo, esque no oigo bien, para evitar problemas denme la lista.

-Eso debimos hacerlo desde el principo. -Pensaron ambos chicos simultaneamente.

Ya con la lista en manos, el hombre entró en busca de todas las cosas para señalarlas antes de que sea posible subirlas a la carreta.

-Oye Juan, ¿Aún no te arrepientes de la pelea?

-Un poco, pero yo no empecé. Por cierto, vi que te jalonearon, ¿estás bien?

-Sí, no te preocupes. Más bien te pregunto sobre eso a ti.

-No, no salí mal, solo unos golpecitos nomás.

Mientras hablaban, una mujer negra se posicionaba detrás de ellos, ella tambipen repasaba la lista de cosas que debía comprar, no estaba impaciente, pero parecía preocupada por que el tendero no saliera.

-Niños, ¿Han visto al señor Courtney? El señor que suele estar aquí en caja.

-¿El hombre mayor? Si se refiere a él, sí está. -Respondió Juan amablemente. -¿Viene usted de compras?

-Sí, es ese. ¿Dónde está? -Exclamó calmándose. -Sí, he venido de compras por que mi lord saldrá de cacería y estoy algo con prisa.

-¡Vaya actividad! -Exclamó Manuela al escuchar sobre la cacería. -¿No puede haber algo más violento?

-Lo sé, no soy partidaría de ello, pero ¿Qué más puedo hacer? Tengo que obedecer y seguir a mi jefe.

-Lo comprendo, yo también pensaba lo mismo cuando escoltaba a mi jefe. -Dijo Juan recordando las cacerías del general.

Después de eso, todo volvió a un silencio algo incómodo, hasta que regresó el tendero con la lista en mano.

-Chico, ve y lleva todo lo señalado, lo que deben llevar, está marcado con un sello rojo. Yo arreglaré las cuentas con ella. -Dijo señalando a Manuela.

-Está bien, solo iré a por mis amigos para cargar las cosas juntos.

Minutos después, los tres varones se vieron cargando cajones de distintos tipos de conservas, aceites y productos de higiene. Manuela cual calculadora humana hacía mentalmente los cálculos que el hombre le iba dictando en base a la cantidad y calidad de los productos, al terminar dicho trabajo, Manuela se dispuso a firmar la factura, mientras el tendero tomaba el pedido de Rosie. La misma al ver a los chicos trabajando, se quedó observándolos con un poco de asombro y como escombrando algún recuerdo en su mente. Entre sus pensamientos, se quedó sorprendida por la cantidad de cosas que llevaban.

-Si mi Lord se va de cacería; estos chicos se van a la guerra. -Dijo haciendo una rara comparación.

-No, señorita. -Dijo Juan riéndo un poco. -Todo esto es para nuestro colegio.

Ya solo faltaba que Manuela saliese, se estaba tardando haciendo algunas compras personales, tanto se tardaba, que a Juan le dio tiempo de comprarse un paquete de carne seca. Juan abrió el envoltorio de papel y empezó a repartir los pedazos de carne entre todos, sobrando solo la porción de su amiga.

-Oye, Juan. -Llamó José. -Muéstranos uno de esos trucos que tanto dices que estás aprendiendo solo.




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