Aquella mañana del 5 de agosto de 1874, tras un largo lapso de tiempo desde que a la madre le empezaran los dolores de parto, la partera mayor cuyas huesudas manos atendiesen a la parturienta apareció con una cara de gozo cubierta de sudor por los momentáneos nervios.
- ¡Es un niño! ¡Es un niño! -Gritaba con alegría.
Tras oír el griterío, el padre y un selecto grupo de conocidos ingresó en la habitación donde se hallaban la madre con su retoño, la encontraron sudorosa y pálida, en demostración del esfuerzo realizado por el concebir una nueva vida.
-Qué bonito bebé. Te felicito Sofía. -Dijo Dionisia acercándose y que acababa de dar a luz hace algunos días.
-Gracias, al parecer se parece a su abuelo. -Dijo Sofía. Ante tal afirmación, el emocionado padre respondió.
-En efecto, se parece a mi padre, es pelirrojo y espero también herede sus ojos azules.
-Hombre, ni que lo digas. De parecerse al maestro también debe haber heredado sus habilidades. -Exclamó Memnon, uno de los que se les permitió pasar.
Dos semanas después, se celebró un gran banquete por la madre y por el recién nacido, mucha provincias del país lo celebraban, la noticia se había extendido en una noticia general; pero entre tanta felicidad una oscura conspiración se expandía, tal ardid que se extendía tras la familia que recién empezaba a crecer y que celebraban, tenía como objeto derrocar a la misma.
-Iré a poner al bebé en la habitación. -Dijo levantándose.
-Ve, pero procura volver pronto. -Sofía le ofreció una sonrisa a su esposo y se alejó sola por una puerta ubicada a su izquierda.
-Lo haré José, no te preocupes. -Le respondió arrullando a su hijito.
Mientras la joven reina se dirigía a la habitación, los miembros de la conspiración empezaron a actuar, el General Jeremías Brown entró a las barracas e incitó a sus hombres a tomar las armas, alegando que el rey pensaba desconocer los méritos que estos obtuviesen en batalla. Muchos soldados no creían completamente en las palabras del General del estado mayor. Al final, tras escuchar las órdenes de sus oficiales superiores, tomaron sus armas y marcharon hacia el palacio.
Un grupo de políticos del parlamento que se encontraban en la fiesta se juntaron en un rincón para ver sus relojes y estar preparados con sus armas, preocupados especialmente en ser descubiertos y colgados por traición; por otro lado, el líder de tal ardid simplemente estaba sentado en su guarida sin hacer más que nada, solo esperaba a que su estratagema funcionara. El plan era muy viable, todos los destacamentos de oficiales liderarían un brutal y carnicero ataque al palacio y que culminaría con él antiguo rey de nuevo en el trono.
Entre tanto plan macabro, el bebé acababa de dormirse, era un hermoso angelito trigueño como el pan de trigo puro y con el cabello rojo casi como la sangre y que en la oscuridad parecía castaño. Sofía la cual era todo amor para su hijo, no podía parar de arrullarlo con todo su corazón, liberaba pequeñas lágrimas como si nunca más lo fuese a ver y sentía un peso en su espalda que no podía explicar. Tras dejarlo dormido junto al bebé de Dionisia, volvió al banquete. El bebé de Dionisia en contraste era un poco más calmadito y tenía el cabello negro, en el aspecto de la piel, ambos se parecían.
Cuando Sofía volvió, se sentó al lado de su esposo y observaron el baile, sus consejeros que a la vez actuaban de guardaespaldas, se mantenían alertas debido a lo pesado del ambiente, Nicolás, mano derecha de José en sus asuntos bélicos, recomendó a su esposa Dionisia que se retirase a cuidar de los niños en caso de cualquier percance y eso sin contar que aún debía de cuidarse la “dieta” y “cuarentena”, Nicolás tenía un algo que siempre le alertaba de lo peor y ese día sentía ese algo.
A las 9 pm en punto, se puso en marcha el plan, un gran destacamento del ejército, sobre todo oficiales, marcharon contra el palacio. Los políticos sacaron los revólveres y empezaron a disparar contra los guardias y guardaespaldas. Varios cayeron como moscas, los únicos que quedaron intentaban proteger a los monarcas con todas sus fuerzas, liderados por Nicolás y Memnon, por suerte lograron escapar del salón. Se dirigieron a los aposentos reales, ya que allí había una entrada directa a las catacumbas del castillo. En ese punto, el rey José se resolvió en el calor del momento, recordando un vaticinio dado en su adolescencia.
-Váyanse ustedes, los pasadizos llevan al puerto si mal no recuerdo, llévense a Sofía y a mi hijo. -José tomó el sable y el revólver, sabía que moriría, pero buscaba a lo menos ser una distracción para los perseguidores.
- ¿Estás loco? -Memnon se exaltó. -Te matarán, huyamos todos de aquí, usaré mi espada para defenderte.
-Memnon, tú conoces bien mi destino, procura defender a quienes más amo, lo mismo va a ti Nicolás, si Memnon y ustedes se separan, confío en ti para cuidar de Sofía y el bebé. -Nicolás asintió sabiendo que esa sería la última vez que vería a su amigo con vida.
Dionisia bajó su cabeza y pareció soltar algunas lágrimas junto con Sofía, no quiso dejar a su amigo morir ahí, en especial ahora que tenía una familia con Sofía. Sin decir palabra, el rey tomó al bebé, lo besó y partió a su muerte. Entre sollozos corrían por las catacumbas con toda su energía, el rey luchaba con todo en el pasillo, logró hacer caer a diez adversarios; cuando el grupo que escapaba estaba casi por salir, lograron escuchar los tiros que dejarían moribundo y malherido al que en su adolescencia fuera un aclamado héroe.
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Editado: 12.06.2026