Leyendas de un mundo viejo: El origen de la Chuquiragua.

Capítulo 2

A la mañana siguiente mientras Dionisia aún lloraba la muerte de Sofía, se dirigió al almacén debido a que vio que Sofía había salido de allí. Al ingresar un tanto con miedo debido a que creía que el bebé había sido asesinado, este dicho miedo se transformó en tranquilidad cuando logró escuchar el llanto desesperado del pequeño, corrió buscándolo hasta que por gracia divina lo encontró dentro de una caja de algodón. La mujer se compadeció y lo cargó entre sus brazos. Mientras lo llevaba a su camarote, de su dulce adentro surgieron palabras de consuelo, aquellas que ella hubiera querido cuando perdió a sus padres.

-Pobre pequeño, te has quedado solíto, sin familia ni tierra. Te llevaré conmigo para que vivas una buena vida y tendrás personas que te quieran mucho, desde hoy yo seré tu mamá.

El pequeño que antes lloraba, ahora dormía inocentemente, tal vez porque no entendía lo que decía la mujer o porque ella le parecía linda y se sentía seguro en sus brazos.

Tal travesía tardó dos meses en completarse debido al clima y a las escalas. Tras llegar a Guayaquil decidieron usar sus segundos nombres y aprovecharon para bautizar a los niños, desde entonces serían conocidos como la familia Morales Ortíz. Sus miembros eran Mariano Morales (Nicolás), Manuela Ortíz (Dionisia), José Pedro Morales Ortíz ( Hijo de los mencionados) y Juan Ramón Morales Ortíz (Huerfano). Telegrafiaron a Memnón lo pronto posible para que el susodicho los reconociera facilmente por dichos nombres y pudiera encontrarlos por la información de a donde se dirigían.

A pesar de los peligros, empezaron la travesía de ascenso hacia la hacienda donde el ahora padre de familia había conseguido empleo, gracias a un amigo suyo. Compraron dos caballos y las provisiones necesarias, la travesía sería relativamente peligrosa debido al posible cambio de clima, primero subieron a un barco de carga que se dirigía a Babahoyo, y tras el arribo a esa ciudad, las cálidas llanuras costeñas empezaron a quedar atrás.

Al empezar la sierra, los colores del ecosistema empezaron a volverse oscuros y fríos, no solo los colores, el clima también empezó a tornarse frío debido a que con el paso del tiempo, los nevados y los altos picos de la cordillera empezaron a mostrarse a sus ojos, sus blancas nieves casi perpetuas coronaban los enormes páramos que se extendían por sus faldas habitadas por animales de belleza única.

Tras la llegada a Cotopaxi, voltearon rumbo al norte, específicamente 80km al noreste de Quito, la capital, por donde tambien pasaron; la hacienda donde Nicolás había conseguido empleo se encontraba en el nudo de una hoya casi como un valle, aquella zona contenía desde el clima cálido hasta la nieve de un nevado cercano, Dionisia llena de duda y temor decidió hablar con su esposo.

-Nicolás, ¿Enserio crees que estaremos seguros aquí? Yo no estoy tan segura de eso. -Nicolás que conocía muy bien los temores de su mujer la reconfortó.

-Tranquila, aquí estaremos muy bien. Nadie sospechará de una pareja de campesinos extrajeros. Además al fin cumpliremos nuestro sueño de vivir lejos de problemas que escapan a nuestra comprensión. No te preocupes, te protegeré si sientes miedo o peligro. -Esto lo dijo mientras la miraba a los ojos con su mirada serena.

-Sí, lo sé, pero ¿Y los niños? Ahora cuidamos al hijo de nuestros amigos, de seguro se han dado cuenta que no lo han asesinado y lo perseguirán. -Exclamó nerviosa.

-Los protegeré a ustedes tres, cueste lo que me cueste. -Dijo mientras sonreía.

-Sí, así será. Creo que lo que dices es cierto. -Dijo ella calmándose y sonriendo.

Dionisia y Nicolás eran una pareja algo compleja, ella era blanca aunque algo bronceada y pecosa, ojos verdes, con una contextura más flaca que gorda, su largo cabello rubio y ondulado, caía como un trigal hasta la base de su espalda, cantaba muy bien y cuando reía, sus pecas le daban un toque encantador, era poliglota, gracias a que durante su adolescencia había trabajado de traductora en el barco de un aventurero famoso, tambien cocinaba y no lo hacía mal. Además, había ayudado a José a hacerse con el trono cinco años atrás. También era conocida como "Poeta"pseudónimo que usaba antes para escribir historias de sus aventuras.

En contraste, su marido, Nicolás era un hombre corpulento, de piel morena casi como la canela, tal vez uno o dos tonos más clara, tenía un gran bigote que nunca perdía tiempo en peinar, se cortaba el cabello al grosor de los dedos de su esposa y se ponía un sombrero clásico de fedora color negro. Era un buen cocinero y con su enorme fuerza era capaz de hacer cualquier tipo de trabajo. Conoció a su mujer en el barco del mismo aventurero. Sus ojos café claro a veces parecían evocar tristeza, un sentimiento que guardaba desde que era un muchacho. Este pintoresco par se llevó muy bien desde que se conocieron, tuvieron un largo noviazgo y tras algunos problemillas, se casaron. Miralos aquí con dos niños y yendo rumbo a lo desconocido, algo que en su momento tal vez ni siquiera imaginaron.

Tras algunos días de travesía desde Guayaquil, al fin lograron llegar al pueblito que no tenía mucho tiempo de fundado, tenía una pequeña capilla de adobe y techada de paja, además gozaba de poseer una cantidad considerable de haciendas de las cuales, 3 eran las más grandes: Pirka, Irubí y Jatunpamba.

Irubí que era el lugar donde habían conseguido trabajo era una hacienda vieja, había sido propiedad de un mártir de la independencia, la propiedad era enorme, abarcaba desde el cálido río Cubí hasta los fríos páramos de Pirujo.

Una gran cantidad de huasipungueros la mantenían, dichos huasipungueros que se distribuían en un 60% indígenas, un 39% mestizos y un 1% negros que se limitaban a unos 4 o 9 aproximadamente. Por desventura, aquel día no conocieron al patrón, solo les asignaron el lugar en donde vivirían, ese lugar era un huasipunguito casi perdido en el páramo, cerca del ganado al cual debían cuidar junto a varios chagras vecinos, pero que a su vez vivían alejados.




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