Tras aquella visita, el general nombró a Juan, "Escolta personal de la niña Amada", debía protegerla ante cualquier posible peligro.
Durante otra visita, la chica no dudó en quitarle la ropa y bañarlo a la interperie, dentro de una tina de lata, ella misma lo fregaba con el jabón, le botaba agua, el pequeño simplemente se tapaba sus vergüenzas. Cuando él estuvo bañado, Amada tomó unas tijeras y en una muestra de habilidad lo dejó con un buen corte de cabello, ese cabello era rojo, pero lacio, casi contrario a la mayoría de pelirrojos ya que normalmente tienen el cabello zambo. Dicho corte era rebajado a la altura del grosor de los dedos de la chica en los costados y la parte de atrás, mientras que la parte en donde quedó largo, de aproximadamente unos 25 cm, este cabello largo, caía mustio hacia el lado derecho de la cabeza, de hecho así tenía más opciones de peinado, se podía peinar a la derecha, a la izquierda, hacerse un flequillo en cualquiera de sus 2 ojos o partirlo por la mitad como un libro.
-¿Qué te parece? -Mencionó la chica mostrándole al niño su reflejo en el espejo de plata.
-Me veo bien. -Internamente estaba muy sorprendido.
-¿Solo eso me vas a decir? -La niña Amada infló las mejillas en muestra de "enojo".
-No, si me gusta, pero tengo una duda, ¿Aún me entrará el sombrero? -Amada casi se ríe.
-Obvio pues, ni que porque te cortas el pelo no te va a quedar el sombrero.
-Cierto, ¿No?
Seguidamente este par empezó a reír. Juan era como el perrito faldero de la chica, la acompañaba a todo lado sin chistar, nunca se negaba a hacer algo que ella dijera, ella a su vez, no perdía oportunidad para usar al pequeño como peluche, mandadero y cómo no, de modelo; su simpatía hacia el pelirrojo era muy grande, lo quería demasiado y se rumoreaba que esa amistad era inquebrantable.
Mientras tanto, en Jatunpamba, sentados en la mesa del comedor, un grupo de 3 jóvenes conversaba 2 eran los hijos gemelos de los dueños de la hacienda, ambos tenían el cabello negro y gozaban de oscuros ojos cafés, pero el otro era hermoso, alto, blanco, rubio y sus ojos verdes como la esmeralda que resaltaban sobre los otros, lo volvían único. Hablaba muy bien el español, su procedencia francesa enloquecía a las jóvenes que pretendía, a sus 16 años viajaba por estos parajes, en busca de algo, un no se qué.
-Jérémie, creo que tú buscas imposibles aquí. -El rubio volteó a ver a uno de los gemelos.
-¿Por qué? Si aquí me han dicho que aquí hay hermosos paisajes para dibujar o fotografiar. -Puso una cara linda. -Además dicen que hay chicas muy lindas jeje. -Manuel, sonrió pícaramente y habló.
-En efecto, hay chicas muy bonitas, pero creo conocer una que puede ser de tu completo gusto. -Hizo una pausa dramática y luego lo dijo. -La niña Amada, como ella no hay tal.
-¿La niña Amada? ¿Quién es? Creo que es una leyenda porqué tu sonrisa está rozando la risa. -Miguel que había sido el primero en hablar, respondió.
-Ella es una belleza fuera de este mundo, aunque lo aclaro, es menor a nosotros con 2 años, fuera de eso, su hermoso cabello complementa la belleza de sus delicadas formas. -Había exagerado un poco, a Amada aún le faltaba desarrollarse.
-Interesante. -Dijo Jérémie sorprendido. -Pero al parecer no la he visto, me gustaría conocerla personalmente.
-La niña Amada es como una monjita, su padre no la deja salir más que a misa. -Empezó a reír Manuel. -Además, si deseas cortejarla, existe un pequeño inconveniente. -Dijo, haciendo una seña de pequeñéz con la mano.
Un domingo en el que Juan paseaba por el pueblo tras la misa, Amada ya se había retirado a casa y él se encontraba apurado debido al partido de chaza que se llevaba a cabo en una cancha cercana. Jérémie lo espiaba y se le ocurrió un plan para desacerse del "inconveniente". Siguió a Juan hasta que tras esconderse en un callejón, apareciera frente al niño.
-Hola, ¿Cómo estás? -Dijo el rubio con una sonrisa en la cara.
-Buenos días, señorito. Me encuentro bien, ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo? -Dijo Juan mirando para arriba.
-Oh, no necesito mucho amiguito. -Seguidamente aplastó el sombrero de Juan, tapándole casi toda la cara. -Solo quiero saber algo sobre alguien. ¿Podrías ayudarme?
-Diga usted, tal vez le pueda ayudar. -Le respondió arreglándose el sombrero.
-Dime, esa belleza a la que acompañabas, ¿es la niña Amada? Me han dicho que tú te llevas muy bien con ella y quiero saber si tiene novio. -Jérémie no se andaba con rodeos.
-Sí, en efecto. La conozco, pero ¿Por qué pregunta si tiene novio?
-Oh, por nada amiguito. Solo pensé que me la podrías presentar y tal vez yo te podría ayudar, ¿entiendes? -Tras decir esto, el francés hizo un gesto como de dinero y con una sonrisa de oreja a oreja.
-No, no tiene ni puede tener novio, que yo sepa. -Dijo el niño, muy cortante.
-Ah, ya veo. (Demonios, maldito mocoso, vas a ver.) -Jérémie apagó su sonrisa y se puso serio. -Escucha, soy muy bueno y si no deseas dinero, te puedo ofrecer algo mejor. -Juan le puso más atención. -Mira, si me permites acercarme al menos una vez a la niña Amada, y por ventura de Dios nos casamos. Le pediré a mi tío que te conceda una plaza en un colegio muy importante de Francia y podrás salir de vivir en la miseria, ¿te parece?
Juan quedó pensativo un rato, era una buena oferta, sabía leer y escribir, por lo que en un colegio mejoraría y tal vez podría encontrar un buen trabajo a futuro para alimentar a su madre y hermanos. Pero no podía traicionar la confianza de la niña Amada y del General; el rubio era un completo desconocido, ¿Y si quería solo utilizar a la niña Amada? No, sobre su cadaver. Él, Juan Ramón Morales Ortíz no lo permitiría, así que juzgó lo siguiente como la resolución correcta.
-Mañana. -Dijo el niño.
-¿Qué? -Jérémie no comprendió.
-Mañana acompañaré a la niña Amada a pintar cerca del tapial grande de Pirka... -Jérémie empezó a comprender. -Allí la dejaré un momento y luego aparecerá usted. Si ella lo acepta, los encontraré juntos, caso contrario no, ¿entendido?
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Editado: 12.02.2026