Leyendas de un mundo viejo: El origen de la Chuquiragua.

Capítulo 5

Jérémie y Juan se habían vuelto buenos amigos, el rubio casi siempre le jugaba bromas al niño, mientras que Juan le decía de vos y le contaba todas sus verdades a la cara sin miedo alguno, eran casi como hermanos. La única que podía detener sus locuras era en efecto, Amada, con solo oírla los dos dejaban de hacer tonterías y se calmaban.

Ella quería a ambos por igual, obviamente el nivel de cariño para el uno y el otro era diferente, con Juan era juguetona, amigable y risueña, mientras que con Jérémie quién oficialmente era ya su novio, se comportaba de manera cariñosa, acaramelada y sin exagerar, melosa. Cuando el francés tuvo que volver a su país, Amada quedó con la promesa de casarse apenas ella cumpla los 18, tal vez se cumpla. Juan se quedó con el sombrero favorito del rubio y creía que había hecho muy bien de cupido entre estos dos. Además no se olvidaba de la promesa que le hizo su amigo.

Juan era quien leía las cartas que envíaba Jérémie, no eran cartas que encendieran pasiones, sino más bien arrancaban suspiros, Amada las respondía con besos, pasandose el papel por el cuello y poniendole un poco de perfume. ¿Cómo llegaron hasta este punto? Pues, tras el encuentro en el tapial, Jérémie se presentó en Pirka al día siguiente, con muchos regalos y en base a la opulencia del joven es que don Joaquín "padre" de Amada, aceptó al francés. Por otro lado el General lo aceptó de una manera más sencilla, con el hecho de saber francés al joven, lo hizo "yerno". El general, era conservador y creía que los franceses eran mejores que los gringos, cosa que Juan también creía.

Eso no era lo único que creía según su costumbre junto al general, también decía que un hombre tiene 3 olores: pólvora, tabaco y a la mujer que ama. Si tienes esos 3 olores, eres hombre, Juan no olía a ninguno así que aún se consideraba un pobre mocoso como le decía el general.

Juan en la edad que gozaba en aquel entonces nunca sintió en verdada la curiosidad de lo que era ser un verdadero hombre, más bien en ese entonces, Juan más bien deseaba ser un héroe que ayudase a todos y recibir honor. Era ambicioso, pero ¿Qué niño no ha soñado con ser alguien importante o alguien valioso? Eso mismo es lo que sentía Juan.

Mientras Jérémie no estaba, él se encargaba de seguir a la niña Amada a todas partes y casi siempre era su única conexión varonil, viéndolo desde una buena perspectiva, ambos eran casi como deberían verse una hermana mayor y su hermanito. Juan aprendió hasta cierto punto a comprender a Amada hasta el punto en que sabía cuando no debía molestarla o hablar de cierta manera.

En este lapso de tiempo, llegó un 31 de agosto, día de fiesta grande, fiesta de Santa Rosa y San Ramón. Las camaretas y las vacas locas de la noche anterior anunció al general la llegada de la festividad de su "angelito". Escombró entre las pertenencias de su difunta esposa y extrajo de ahí un rosario cuya cadenita y crucifijo eran de plata y las cuentas eran hermosas perlas mediterraneas, mientras vivió, la mujer del General, fue su joya favorita. Y de entre las ropas, logró encontrar el mantón de Manila que su mujer alguna vez compró y nunca usó. Mientras limpiaba el rosario, pidió perdón al recuerdo de su esposa y después mandó a llamar a Juan.

-Mande, mi General. -Respondió mientras entraba en la sala y se terciaba el poncho por encima del hombro.

-Gracias a Dios, me acordé que hoy es Santa Rosa y San Ramón. Llévale este rosario y este mantón de Manila a la niña Amada.

-Sí, así será. -Dijo haciendo un saludo militar como si en verdad fuera un soldado.

-Procura que no te vea Don Joaquín y sobre todo, dale mis felicitaciones.

-Así será, mi General. -Dijo haciendo una venia y saliendo.

Montó en el caballo que le solía prestar el general y galopó hacia la residencia de la encopetada señorita, tras lo que le dijo el General sobre la fecha, se puso algo pensativo, entonces también era su santo, por su segundo nombre, San Ramón. Cuando llegó vio que un grupo de indígenas bailaba al son de un pingullo, vestidos como yumbos, dieron contadas vueltas en el patio y después dieron su parabién a la santa.

Juan veía todo esto escondido detrás de la mediagua de la cocina, pero casi como si pidiera que Amada lo viera, esta giró su vista hasta su posición y lo descubrió, pidió permiso asegurando de que tenía algo que hacer dentro de la casa y moviendo la cabeza hizo señas al niño para que entrase a su cuarto por la puerta trasera. Juan lo comprendió casi al instante y entró por la puerta de atrás de la casa, caminó rumbo al cuarto de la chica y tocó la puerta.

-¿Frase clave? -Preguntó ella del otro lado de la puerta.

-Nadie puede huir al destino. -Respondió.

-Pasa, está abierto.

Al escuchar eso, Juan empujó la puerta y se encontró a Amada de pie con un hermoso vestido color azul marino.

-Dios le de alegría por su santo. -Exclamó Juan como saludo.

-Así sea. -Respondió ella.

-Acepte mi parabién, el de mi famila y el del General, saludos de gente humilde por debajo de la de su excelencia.

-Te lo agradezco pequeñín. -Dijo Amada mientras se acercó y lo abrazó con todas sus fuerzas.

Acto seguido, Juan abrió su zurrón y entregó en las manos de la joven los regalos del General.

-De parte de Tayta patrón.

Amada tomó la joya y pidió a Juan que se la pusiera. El pequeño niño accedió y puso el collar en el cuello de su amiga, después, ella se colocó solita el mantón y lo anudó por el frente, viéndose así como la dama de hacienda que era.

-Envía al general mis agradecimientos, pequeñín.

-Así será, mi niña. -Dijo haciendo una reverencia y dándose a vuelta para salir.

-Espera. -Dijo tomándolo del hombro. -Espera un ratito tú también, mi pequeño santito. -Exclamó mientras le daba un casto beso en la frente. -Yo también tengo regalos para tí, espera un rato.

-Está bien niña, muchas gracias.

Despues de eso, Amada se dio la vuelta y empezó a rebuscar entre los cajones de su armario. Juan tenía curiosidad de qué le daría, de seguro sería alguna golosina, de alguna de esas que siempre le guardaba de los grandes banquetes. Permanecía cabizbajo, esperando a que ella le dijera "Ten, te regalo esto." De la nada alzó su vista y la vio acercarse a él con tres cosas en sus manos, parecían tres telas de un tamaño distinto. -Buenazo, así ya me mando a hacer ropa. -Pensó el niño.




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