Eran las 6 de la mañana cuando todos se reunieron en Irubí, Juan y José vestían ropas de viaje, encima de dicha indumentaria se hallaban el zamarro y el poncho. El sr. Leroy también estaba listo junto a sus hijas y sobrino. Juan quería despedirse del general antes de irse, así que sin miedo se quitó el sombrero e ingresó a la casa grande.
-Tayta General, ya me voy. Perdóneme si su nieto no logró ir a estudar a Francia envez mío. Disculpará si algo hice mal mientras trabajaba aquí. -El general se puso de pie, dio varios pasos lentos y se dirigió a su antiguo criado.
-Vé, te lo mereces, eres mucho más inteligente de lo que crees. Sé que tú aprovecharás esta oportunidad mejor que mi nieto. Además, ¿Quién te dijo que estaba enojado con vos? Ah por cierto, te tengo un regalo. El "recluta" el caballo manzano que montas, ahora es tuyo, llévatelo con silla y todo. -Dijo el viejo con la mirada como que extraviada en el vacío como intentando guardar lo que pensaba en ese instante.
-¿Enserio? Gracias, general. -Acto seguido se arrodilló y le besó la mano.
Después casi como si ya no hubiera nada que decir se dieron un fortísimo abrazo de despedida, sin pensárselo, Juan corrío a los establos, ensilló a su ahora caballo y lo llevó al patio. Amada también llegó, estaba llorando como Magdalena, tal vez por su prometido o tal vez por su pequeñín. Al ver al pelirrojo se lanzó a abrazarlo y entre sollozos se despidió.
-No te olvides de mí, ¿Sí? Recuerda que te quiero mucho. A donde vas te van a querer y cuidar mucho.
-Sí, niña Amada. -Exclamó Juan empezando a llorar.
-Disfruta, no te olvides de estudiar, de donde vienes y a dónde vas. Nunca olvides quien eres, incluso si puedes descubre el amor, haz amigos y conocidos, descubre lo nuevo. Adios.
-Sí, gracias niña Amada. Tomaré en cuenta todo eso.
Todos partieron, toda la familia Morales seguía a los Leroy. El jefe de familia iba callado, no lo era, pero cuando se le metían algunas ideas a su cabeza no decía nada, solo pensaba y pensaba.
Iban apurados por el miedo a que el capitán Lodoso los persiguiera. En el transcurso de varias horas al fin llegaron a Quito, se dirigieron a la casa perteneciente al magnate francés e ingresaron para dejar encargado en manos de Dionisia, los 2 niños pequeños no se querían apartar de sus hermanos mayores, pero tras alguna maña al fin lograron alejarlos.
-Listo, Dionisia. Usted puede vivir aquí siempre y cuando cuide la casa, y la mantenga lista para cuando vayamos a venir. Por su pago, no se preocupe, mi administrador en Quito se encargará de pagarle mensualmente 70 sucres. -Exclamó el sr. Leroy. -Por sus hijos mayores no se preocupe, desde hoy contarán como hijos míos hasta que se gradúen.
-Confío en lo que me promete, los confío enteramente a usted. -Dijo Dionisia entre lágrimas y abrazando a sus 2 hijos mayores. -La bendición, mamita. -Dijeron Juan y José inclinándose y juntando las manos como para rezar.
-Dios los bendiga, hijos míos. -Dijo ella besándolos en la frente y haciendoles la señal de la cruz.
Seguidamente salieron de la casa, montaron en los caballos y cabalgaron a toda prisa, Dionisia permaneció inmovil y abrazada a Rosaura la cual empezó a llorar tras la partida de sus hermanos.
Cruzaron por detrás de la loma del Panecillo y empezaron la andanza rumbo a la costa, Juan y José no handaban cargados más que lo que llebavan puestos y sus bolsas de caza, las cuales tenían una capacidad sobrenatural de guardar lo que sea dentro y allí tenían su ropa, y algunas cosas extra.
Por otro lado el ahora tutor de los chicos al fin rompió parte de su espantoso silencio, como no decirle así, en su altura de 2 metros, con su cabello rubio blanquecino y gracias a la heterocromía, su figura se veía algo terrorífica y misteriosa, ni hablar de su contextura delgada y su voz ronca.
Por otro lado las hijas de este hombre eran casi completamente distintas entre sí. Pauline, la mayor era rubia, alta al igual que su padre y primo, ojos verdes, además de gozar de una actitud muy seca, hablaba poco y parecía tener muy pocas pulgas. No obstante, su hermana menor era en gran parte diferente. Tenía el cabello negro, largo y lacio; sus ojos azules como dos zafíros la hacían parecer una luna entre la noche de su cabello. Era muy pequeña para el resto de su familia, 1.40 al igual que Juan, era parlanchina en exceso y por alguna extraña razón sus amigas no pasaban de dos, se llamaba Manuela. Al parecer tal vez se llevará bien con este par, por ventura de Dios cabalgaba al lado del pelirrojo.
-Diganme. -Exclamó el hombre. -¿Su padre cómo se llamaba?
-Mariano Morales. -Dijo José muy seguro.
-¿Por qué lo pregunta? -Replicó Juan.
-Muy simple. Yo conozco a sus padres con anterioridad, no los había encontrado debido a que por aquí los conocen por sus segundos nombres. Yo los conocía por Nicolás y Dionisia.
Los chicos quedaron hiertos, con razón el hombre le pasó diciendo Dionisia a su madre, ellos la conocían por Manuela.
-Lo que son los nombres, ¿no? -Dijo de manera irónica el pelirrojo.
-Sí. Pero el asunto se resuelve de manera simple. -Dijo el sr. Leroy. -De seguro los nombres por los cuales ustedes les conocen son sus segundos nombres. Pero no se preocupen si creen que se los digo por maldad o para que especulen, más bien se los digo a manera de preludio de mi presentación.
Todos ahí, incluidas sus hijas y sobrino se sorprendieron, al parecer al Sr. Leroy le encantaba enrollar las cosas de vez en cuando.
-Soy Agustín Leroy, tengo 40 años, vengo de Marsella y conocí a sus padres durante mi adolescencia.
-Ah, ya veo. Una duda don Agustín. -Exclamó Juan. -¿Por qué nos lleva a nosotros en vez de llevarse a jóvenes de mejor estatus social?
-Muy simple, hijo. -Exclamó el francés. -Primero, Jérémie te lo prometió a cambio de que le presentaras a Amada; y segundo, porqué si tienen mejor estatus deberían costearse la educación ellos mismos, ¿No?
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Editado: 14.02.2026