A las 6 de la mañana mientras el sol empezaba a salir tras la aurora, Juan ya se había despertado, vestido, inclusive salió de la habitación para esperar a los demás. Durante ese lapso de tiempo, de la habitación de al lado apareció Manuela, ella también estaba puesta ropas de viaje. Llevaba un pantalón ceñido al cuerpo, botas rodilleras, camisa con cuello de nube, una chaqueta roja concho de vino e iba coronada con un sombrero bretón negro con una cinta roja. Apenas vio al pelirrojo se acercó a hablarle, ella era muy sociable, pero debido a varias situaciones, la gente no prefería acercarse a ella, en especial otras niñas debido a la envidia. Saludó a Juan, de hecho era la primera vez que este par hablaba.
-Buenos días, se ve que te gusta madrugar.
-Buenos días, señorita. Mas bien es la costumbre. ¿Cómo amaneció usted hoy? -Cuando Juan hablaba con chicas que no conocía casi siempre se ponía nervioso y les hablaba de "usted".
-Amanecí bien, gracias por preguntar. Por cierto tengo una duda.
-Mande usted, si es algo que puedo responder facilmente le responderé.
-¿Es cierto que irás a estudiar en mi país? ¿A mi mismo colegio? ¿Hablas mi idioma? ¿Sabes escribirlo?
-Sí. No sé. Sí y sí. -Respondió secamente a todo debido a que le daba pereza dar explicaciones.
-Ya veo, esque mi papá dijo que te llevaría al colegio "Saint-Louis", mi hermana estudia allí, por lo mismo yo también estudiaré en ese colegio.
-Oh, ya entiendo. Entonces, en ese caso sí.
-Creo que ya tendré a alguien con quien hablar seguido, a alguien conocido.
-Bueno, pues, completos conocidos no somos, así que creo que por lo menos podríamos ayudarnos si alguno de los dos tiene un problema.
-Sí, es cierto.
Manuela irradiaba un aura de alegría, ni ella misma se lo podía explicar, era como si por primera vez hablara con una persona agradable, en casa casi siempre se sentía sola, debido al trabajo de su padre y primo, la algo mala relación con su hermana y a las pocas amistades que tenía. Poco a poco la hizo volverse algo cerrada y con la única persona con quien hablaba sin límite era Marie, la anciana que limpiaba, cocinaba y cuidaba la casa.
Acababa de hablar cuando al mismo tiempo salieron todos de las habitaciones, desayunaron, montaron en los caballos y volvieron a partir, poco a poco el clima frío de la sierra empezó a desaparecer, la tonalidad de los colores, oscura y deprimente empezó a cambiar, el verde de las hojas sorpresivamente se volvió más claro, el calor se hizo presente obligándoles a quedarse en camisa, casi una semana duraría el viaje.
Tras el arribo a Babahoyo los caballos pudieron descansar por un buen tiempo debido que desde ese punto empezarían a viajar en barco. Subieron a un vaporcito panzón y empezaron a recorrer el río, durante una de las paradas, Juan logró ver algo interesante, una enorme cantidad de peones montubios cargaban sacos de cacao, al verlos notó sus hercúleas formas, tremendo contraste con el campesino serrano.
En las orillas del enorme río también se lograban ver caimanes asoleándose, vieron fincas y canoas. Cuando al fin llegaron a Guayaquil, los hermanos Morales quedaron atónitos, nunca en su pobre vida habían visto tamaña ciudad, tremenda, de madera casi completamente. El rio Guayas el cual parte la ciudad en 2, forma un enorme estero salado en el cual se puede pescar y nadar.
Se dirigieron rumbo a una de las oficinas de la empresa del Sr. Leroy, la empresa era una compañía dedicada a la compra y venta de productos entre países hispanohablantes y Francia, no era muy grande a lo mucho tenía 10 barcos, 4 de vela y 6 de vapor, además transportaba pasajeros y mensajería, lo que lo volvía un negocio relativamente rentrable. Además le permitía a su dueño vivir una vida tranquila y burguesa.
Tras eso abordaron el barco que los llevaría, a pesar de todo y todo, el Sr. Leroy pagaba pasaje de 2 clase, nunca le gustó el pomposo estilo de vida, por lo que se sabe nunca le gustó destacar, es más hasta se sabía extendidamente sobre sus orígenes como cargador en una empresa naviera y como actor de teatro de segunda.
Juan y José no podían alejar su vista del enorme horizonte llamado oceano, como si algo desde allí les dijera que fueran. A la mañana siguiente salieron desde Guayaquil rumbo a Marsella y después a París.
Irían por la ruta del sur pasando por: El Callao, Valparaíso, Punta Arenas, Buenos Aires, Río de Janeiro, las Canarias y Marsella, una travesía de aproximadamente un mes y medio, todo dependiendo del clima y del barco.
Juan y José recibieron una habitación para dos personas, lo mismo en el caso de la familia Leroy, en total 3 habitaciones. No todo suele salir bien, a José le dieron náuseas durante los primeros días del viaje, mientras tanto su hermano sufría de insomnio. Con cada parada ambos quedaban maravillados por las ciudades, las personas, los barcos, de vez en cuando lograban ver delfines o ballenas, sobretodo al acercarse más al sur, en Punta Arenas lograron experimentar los enormes vientos del sur del planeta, gracias a Dios los chicos no eran muy flacos, sino huberan salido volando como cometas.
Durante el largo trayecto Juan a veces hablaba con Jérémie o jugaba ajedréz con su ahora tutor, rara vez con Manuela, cuando esto sucedía bebían té o café y la charla casi siempre era algo trivial, hablaban de lo que sea, a veces libros, a veces de dulces, a veces de recuerdos o sueños. Lo que sí era algo seguro era que nunca hablaba con Pauline, según él era rara y cuando ella lo veía junto a Manuela no apartaba su mirada, a veces parecía que no parpadeaba.
Sin pensarlo, el 10 de Agosto de 1886, justo el día que se celebraban 77 años desde "El primer grito de la Independecia", Juan y su hermano lograron vislumbrar desde la proa, a lo lejos su destino, un puerto, enorme, mucho más que Guayaquil.
-¡Es Marsella! ¡José! ¡¡Es Marsella!! -Gritó Juan emocionado tras ver la ciudad.
#2045 en Otros
#335 en Novela histórica
#165 en Aventura
aventura y hermandad, misterio y personajes ficticios, romance y costumbrismo
Editado: 14.02.2026