Marsella, un enorme puerto en medio del sureste francés, se alzaba frente al barco. Esta ciudad es una de las más antiguas del Mediterraneo y a su vez el puerto más grande del momento.
El Sr. Leroy recomendó a todos no separarse, debido a que podrían perderse. Juan estaba impresionado por semejante ciudad, los barcos de vela y de vapor. Su fascinación estaba al límite, sin pensarlo y por un paso en falso se alejó del grupo, inconsciente de esto, caminaba por el puerto, veía que algunos muchachos bajaban una gran cantidad de objetos y productos desde los barcos, mientras que otros los ponían abordo.
Se mantenía observando semejante espectáculo, arrimado en unas cajas, pensaba, pero de la nada algo lo hizo volver en sí y darse la vuelta. Era Manuela, lo había visto alejarse y lo siguió, pero el problema ahora era que los dos se habían perdído, Manuela había ido antes al puerto, pero siempre se quedaba en la oficina de su padre, así que no recordaba como llegar a ella.
-Oye, ¿no oíste lo que dijo mi papá? Dijo, "No se alejen, se vayan a perder." -Exclamó Manuela intentando imitar la voz de su padre.
-Sí, claro que lo escuché. -Dijo Juan poniendo un gesto de vergüenza en su cara.
-Entonces, ¿por qué te alejaste?
-¿Me alejé? -Dijo Juan confundido y mirando asombrado a su alrededor.
-Nos alejamos. -Replicó Manuela.
En efecto, se habían alejado, justo cuando Juan estaba a punto de decir un comentario sobre lo que estaba ocurriendo, un cargador despistado se acercó cargando una pesalla silla de metal, la cual puso sobre el pie del pelirrojo.
-¡Ayayay! ¡Ayayay! -Gritó mientras se agarraba el aplastado pie.
-Juan, ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? -Preguntó Manuela intentando contener la risa.
Todos los marineros que vieron la escena empezaron a reír, la risa fluía desde sus adentros cual aliento de vida, la razón, pues Juan continuaba saltando en un pie, entre el tumulto, uno de los cargadores reconoció a Manuela al instante y se le acercó hablando en francés.
-Señorita Manuela, ¿Qué hace usted por aquí? ¿Quién es este chico? -Dijo viendo a Juan.
-Hola, Pierre. Nos perdimos, mi padre nos dijo explícitamente que no nos alejáramos, pero él se distrajo y se alejó. -Esto último lo dijo señalando a Juan. -Por cierto, se llama Juan. -Añadió.
-Ya veo, ¿Iban a la oficina de su padre?
-Sí. Allá ibamos.
-Vamos, los guiaré.
Acto seguido les hizo una seña y los guió hacia la oficina principal de la empresa del Sr. Leroy; en ese lugar, todos se encontraban preocupados por los perdidos. Cuando por gracia y ventura de Dios los mencionados entraron, los otros casi no los dejaron hablar, Jérémie estaba especialmente enojado con el pequeño pelirrojo, era para él un irresponsable sin más, un poco más de tiempo en darse cuenta y hubiera sido peor.
-¡Juan! ¿Por qué separaste a Manuela del grupo? -Le increpó Jérémie.
-Yo no la separé, no me dí cuenta cuando yo me separé, mas bien Manuela me hizo darme cuenta que nos separamos.
-¡No mientas!
-¡Jérémie! -Exclamó firmemente el tío. -Deja al chico, ambos se separaron por sus propias razones, si crees que gritándole vas a lograr que no lo vuelva a hacer te equivocas. Te juro que ya ha aprendido sus lección, ¿verdad Juan?.
-Sí, señor. -Respondió Juan cabizbajo.
-Bien, lo mismo va para ti Jérémie, al ser un adulto tú también debes estar atento, ¿entendiste?
-Sí, tío. Perdón. -Respondió Jérémie avergonzado.
-Pues bien. Resueltos todos nuestros asuntos, es hora de ir a París.
A las 4:00 PM abordaron al tren, uno muy grande, José y Juan se espantaron al ver semejante máquina, creían que era una escultura de hierro y madera.
-Qué estátua tan grandota y larga.
-Simón ve. En mi vida he visto semejante cosa.
-Es un tren chicos, una máquina que transporta personas. -Exclamó Jérémie.
-Ah, ya veo. -Exclamó José un tanto confundido.
-De seguro una montonera de diablos hacen que esto se mueva. -Susurró Juan al oído de su hermano.
-No, mas bien son engranajes y vapor. -Dijo el señor Leroy también susurrando.
-¡AAAHHH! -Gritaron los hermanos muy asustados.
Todos ingresaron al tren entre carcajadas, tomaron asiento y el viaje empezó, a Juan le encantó la estela de humo que quedaba detrás del tren, el sonido que hacía, ¡FUUUU! ¡FUUUU! o el ¡CHUCU CHUCU! En el asiento que les habían asignado se encontraban los 4 más jóvenes del grupo, iban callados, tal vez porque no había mucho de que hablar, Juan y Manuela miraban por la ventana, mientras que José comía un bocadillo, Pauline tan fría y callada como siempre, leía y escribía una de las historias que acostumbraba a plasmar en el papel. Tras 14 horas de viaje, al fin llegaron a la ciudad de París.
Enseguida tomaron un carruaje y este a su vez tras oír la dirección del hombre, empezó a dirigirse a las afueras de la ciudad, al campo, a lo lejos al fin lograron ver una casita campestre de piedra, techada a cuatro aguas, con varios ventanales y una gran chimenea lateral.
-¡Señor! ¡Señor! ¡Al fin han vuelto! -Salió gritando Marie al verlos. -¡Mis niños! ¡Al fin han vuelto!
-¡Hola Marie! -Gritó Manuela muy emocionada al ver a la mujer desde la distancia.
-Sientate. Debes aprender a comportarte. -Exclamó Pauline de manera fría.
-Perdón. Esque estrañé mucho a Marie. -Dijo Manuela bajando la cabeza.
Cuando el vehículo se hubo detenido, Manuela se bajó inmediatamente y corrió hacia donde estaba Marie, las dos se abrazaron con fuerza y empezaron a hablar muy emocionadas.
-¿Cómo estuvo la fiesta mi pequeña? -Preguntó la vieja mujer.
-Estuvo bien, hubo mucha comida rica, una pelea y traje nuevos amigos. -Exclamó señalando a Juan y a José.
-Ah, pero si son más niños. -Dijo sonriendo. -¿Los adoptó señor?
-Algo así, Marie. Son como mis nuevos hijos, vienen a estudiar aquí como te lo conté, aunque solo pense traer a uno, pero ya sabes como cambian las cosas. Preparales las habitaciones para el sábado.
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Editado: 14.02.2026