Leyendas del quinto sol

El general de los mil ojos

En la época en que las fronteras entre el mundo de los hombres y el reino de los monstruos eran apenas una línea de polvo, existía un general llamado Argos. No era un hombre común; su cuerpo era una mole de músculos curtidos en mil batallas y su voluntad era tan firme como el bronce.

Los dioses le confiaron la misión más sagrada y terrible de todas: custodiar el Paso de las Sombras, el único lugar por donde las pesadillas podían cruzar para devorar la realidad. El trato era absoluto: mientras Argos mantuviera un solo ojo abierto, el mal no podría pasar. Pero Argos era mortal, y el sueño era un enemigo que no podía derrotar con su espada.

Durante los primeros años, el general se clavaba espinas en las manos y bebía jugos amargos para mantenerse despierto, pero el cansancio empezó a pudrir su mente. Una noche, mientras sus párpados pesaban más que su escudo, Argos imploró a los cielos una solución. Pidió la capacidad de vigilar sin tregua.

Los dioses, con una mezcla de admiración y crueldad, le concedieron su deseo.

Esa noche, la piel de Argos comenzó a mutar. Pequeñas grietas se abrieron por todo su pecho, sus brazos y su espalda, y de cada una de ellas brotó un ojo nuevo, brillante y atento. Al final de la transformación, Argos tenía cientos de ojos repartidos por todo su cuerpo. Cuando la mitad de ellos dormía, la otra mitad permanecía alerta. Se convirtió en el General de los Mil Ojos, la muralla viviente que nunca parpadeaba.

Pasaron los siglos y Argos cumplió su palabra. Vio pasar imperios y morir estrellas, siempre de pie en su puesto de guardia, con su armadura fundida a su propia piel por el paso del tiempo. Sin embargo, la soledad fue consumiendo su espíritu. Aunque sus ojos veían todo, ya no sentían nada.

No podía disfrutar del cierre de un atardecer porque siempre había un ojo mirando hacia el norte, ni podía descansar en la paz de la oscuridad porque sus pupilas estaban condenadas a buscar al enemigo entre las sombras. El general se volvió una estatua de carne y mirada, un ser que ya no recordaba cómo era soñar.

Finalmente, cuando el último de los monstruos fue derrotado y la frontera ya no necesitó protección, la diosa Hera bajó del cielo para liberar al general de su carga. Pero el cuerpo de Argos estaba tan transformado por la vigilancia que ya no podía volver a ser un hombre. Su columna se había curvado, sus pies se habían vuelto garras de tanto aferrarse a la roca y su voz se había secado hasta convertirse en un grito áspero, el mismo que usaba para dar la alarma de ataque.

La diosa, conmovida por la lealtad de aquel guerrero que había renunciado al descanso por los demás, decidió transformarlo en una criatura que conservara su honor.

Con un movimiento de sus manos, Hera tomó los ojos del general y los depositó sobre las plumas de una cola majestuosa y pesada, como el manto de un rey. El cuerpo de Argos se cubrió de un azul metálico, el mismo color de su antigua armadura, y su cabeza fue coronada con una pequeña cresta que recordaba al penacho de su casco de guerra.

Así nació el pavorreal.

Por eso, cuando el ave siente que alguien se acerca, despliega su cola en un abanico perfecto; no lo hace por orgullo, sino por instinto de combate. Cada ojo en sus plumas es uno de los ojos de Argos que sigue vigilando, buscando al enemigo que ya no existe. Y cuando el pavorreal lanza su grito estridente al cielo, no es un canto, es el antiguo grito de guerra del general que, aunque ahora tiene alas, sigue recordando que su única misión en la vida fue nunca bajar la guardia.




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