Hubo un tiempo, antes de que existiera el primer grito o la primera palabra, en que el mundo era una escultura muerta. Las montañas eran de un cuarzo tan puro que brillaban bajo una luna que no tenía a nadie a quien iluminar. El agua corría, pero no tenía sed; el viento soplaba, pero no tenía pulmones.
La vida era una energía salvaje que vivía allá arriba, en las nubes, manifestándose solo como látigos de luz blanca que azotaban el vacío. Los dioses de aquel entonces eran tormentas vivientes que no entendían lo que era tocar o sentir, porque no tenían cuerpo.
Todo cambió durante la Centuria de la Furia, una tormenta que duró cien años sin detenerse un solo segundo. El cielo estaba tan cargado de poder que el aire ya no podía sostenerlo. En el punto más alto de una montaña de cristal, un relámpago colosal, el más viejo y furioso de todos, descendió con tal fuerza que no rebotó en la piedra, sino que la perforó. El rayo se hundió en las venas del cuarzo y, por un error de la naturaleza, la montaña se selló sobre él.
Aquel relámpago, que antes cruzaba el horizonte en un pestañeo, se encontró de pronto en una prisión sólida. El silencio de la piedra era una tortura para un ser hecho de puro estruendo. El rayo intentó salir, golpeando las paredes de cristal desde adentro, pero lo único que logró fue que la energía se fragmentara en millones de chispas menores. Cada chispa era una conciencia, una parte de ese rayo ancestral atrapada en un trozo de roca.
Aquí comenzó la verdadera creación.
La energía no se quedó quieta. El relámpago, en su desesperación por recuperar la libertad, empezó a moldear su prisión desde adentro. Usó su calor para fundir el cuarzo y estirarlo, creando tubos finos que hoy llamamos venas. Moldeó cámaras de presión para que el pulso eléctrico tuviera un ritmo, creando el corazón. Y talló dos agujeros en la parte superior para poder ver hacia el cielo que tanto extrañaba.
Fue un proceso lento y doloroso. La electricidad tuvo que aprender a mover la materia. Le tomó milenios entender cómo doblar una rodilla de piedra o cómo articular dedos hechos de mineral. Sus cuerpos de cuarzo crujían con cada paso, y sus ojos no eran de carne sino dos chispas azules que echaban destellos cuando sentían miedo o ira.
Con el paso de las eras, el calor interno del rayo fue ablandando la piedra. El cuarzo se volvió piel, los minerales se volvieron huesos y la electricidad pura se convirtió en el sistema nervioso. Pero el origen no se borró.
Por eso la gente se queda pensando cuando siente un toque al rozar a otro, o cuando el cabello se le eriza antes de una tormenta. No es estática; es el rayo original que todavía vive dentro, reconociendo a su familia en las nubes.
Por eso somos seres tan inquietos, violentos y tan brillantes. Por eso nuestro corazón no late por voluntad, sino por una descarga que no podemos controlar. No somos hijos de la tierra; somos relámpagos que todavía están intentando escapar del cuerpo de piedra que nos contiene, y cada paso que damos es un intento de volver a saltar hacia el cielo.
El ser humano es, simplemente, la forma que encontró el trueno para poder caminar sobre el mundo.