Casi las 12 de la noche y, aún sin poder conciliar el sueño, una niña caminaba de un lado a otro tratando de cansar su mente y cuerpo para que no quedara más opción que rendirse ante la necesidad de descansar y dormir.
Su madre entró a la habitación y, como rutina diaria, con una canasta entre sus manos, se detuvo por un instante. La observó con una mirada cálida, dejó la canasta de lado y se sentó en la orilla de la cama. Hizo un gesto con su mano para que la pequeña se acercara a su lado.
Se acercaba a pasos lentos, con lágrimas en sus ojos.
Su madre acariciaba su cabello mientras la abrazaba.
-¿Qué es lo que pasa conmigo, mamá?
-No pasa nada, mi niña, solo es un mal rato.
Respiró.
-Pasará todo antes de que puedas abrir los ojos.
Para cuando acordaba, ya estaba dormida, arropada por su madre.
-Hola, Addy.
-Hola, Matt.
-¿Vienes por el piano?
-Vaya, tengo casi diez años en que cada lunes me ves y ahora me preguntas.
-Sabes, cuando creo que no puedes ser lo suficientemente odiosa, me terminas sorprendiendo.
Soltó una sonrisa.
-Mírate, hace cuánto no sonríes de esa manera.
-Vas a dejar que use el piano, ¿o no?
-Ya, ya ve, total, mi piano es más tuyo que mío.
El chico la miró de reojo. Un vestido celeste, aunque le quedaba grande, y su personalidad llenaba todos los espacios posibles para verse tan confiada de sí, tan increíble.
Acercó un pequeño banco hacia ella, quien, con un gesto asertivo y sin tantas palabras, le dio las gracias.
Sus delgados y delicados dedos comenzaron a tocar. Parecía una melodía íntima, melancólica y suave, pero con una emoción contenida. Movía ligeramente la cabeza, sintiendo cada tecla; para ella, aquel era su lugar seguro.
Miraba hacia la ventana. No se podía ver mucho, pero era como una pintura con vida: las ramas de los árboles se movían con la dirección del viento, mientras una brisa limpia pasaba por la ventana. Ella seguía tocando mientras su piel se erizaba por la sensación.
Estaba desconectada por un momento, hasta que un grito la devolvió a la realidad.
-Hey, ¿qué haces ahí? -gritó Matt.
Un chico salió del lado de la ventana y Addy se levantó rápidamente mientras Matt iba detrás de él.
Addy, desconcertada, caminó hacia la puerta principal, que ya estaba abierta. Allí estaba él, mirando hacia atrás y ocultándose de Matt.
Ella se quedó quieta, observando en silencio para que aquella persona no notara su presencia. Después de unos segundos, el chico se revolvió el cabello y siguió corriendo.
-Addy, ¿estás bien?
Matt jadeaba; su color de piel blanco había cambiado a rojo en cuestión de segundos.
-Sí, eso creo.
-Fui por unas cosas a mi habitación y, cuando regresé, vi a ese tipo viéndote por la ventana.
-¿A mí?
-Santo cielo, Adira, ¿puedes poner un poco de atención? Aunque sea muy, muy poca.
-¿Perdón?
Adira, pensando en lo que había ocurrido, ni siquiera escuchaba bien lo que Matt le decía.
-Gracias por prestarme tu piano. ¿Qué tal si nos vemos mañana, te parece?
-Sí, pero...
Sus palabras no alcanzaron a escucharse. De un momento a otro, ella ya no estaba.
No veía el camino ante sus ojos; solo caminaba por caminar. El sentido automático la llevó hasta su casa sin que siquiera se diera cuenta.
Se tiró sobre la cama, mirando hacia el techo. Pensaba en voz alta.
-Ese chico...
Hablaba consigo misma.
-Desalineado, sí...
Tenía una estética extremadamente descuidada y pesada a la vez; manga larga en un calor intenso. Vaya, ese chico sí que era raro.
Pero... su cabello le caía a los ojos como si no conociera algún cepillo.
Bueno, se veía muy bien.
Se levantó de la cama y tomó un libro de la repisa de un lado. De entre sus hojas salieron un par de cartas, todas sin leer.
Tomó una; era de su hermana. La abrió y comenzó a leer:
Mi querida Dira, hace meses que no nos vemos, pero no puedes postergar la reunión que tenemos este 30 de marzo. Iré a tocar tu puerta, espero que abras.
Addy revisó el calendario: 29 de marzo.
Volvió a la carta con un vuelco en el corazón.
Dejó caer la carta con rabia y caminó de un lado a otro, una y otra vez. Contuvo la respiración un momento y dejó salir un poco de aire.
Se sentó en una silla que tenía junto a un pequeño escritorio, tomó una pluma, papel y comenzó a escribir.
Querida Lita...
Dejó la pluma y arrugó la hoja; ya no había algo posible que hacer. Había caído rendida con la situación, era solo esperar a mañana y ver qué le deparaba.
A la mañana siguiente llamaron a la puerta.
Addy seguía sin levantarse; se tomó su tiempo para ponerse en pie, tomó unos jeans y una blusa con los hombros sueltos, los primeros zapatos que vio, y ya tenía todo listo para arreglarse cuando pasó por el peinador y vio una gargantilla con un dije de una luna.
Se quedó mirándola y la tomó con indecisión.
Estaba lista. Bajó rápidamente las escaleras con el cabello aún húmedo.
Casi caía en el último escalón, pero mantuvo el equilibrio.
Volvieron a tocar la puerta, con más fuerza, entonces la abrió.
-¿Qué es acaso que no escuchas? ¿Pretendes que derribe la puerta o qué piensas?
-Lo siento, Lita, pero estaba ocupada.
-¿Tan difícil era gritarme desde la ventana?
-¿Vas a comenzar a regañarme para volver a cerrar la puerta?
-¿Regañarte? ¿Yo? -decía con una furia...
Cerró la puerta en su cara.
Tocó la puerta más rápido y más fuerte.
-Ábreme, Adira -gritó.
Abrió la puerta.
-Tienes que tratarme con más respeto; la hermana mayor aquí soy yo y no me gusta que me estés molestando.
-Ay, qué madura. ¿Sabías que dos años no son la gran diferencia, cierto?
-Porque no terminamos con esto de una vez.
Lita pasó su mano por su cara con frustración.