Libertad cautiva

Lo que queda de nosotros

Leer la carta de Lita solo hizo que el día terminará de lo peor. Aún seguía lloviendo. Iba con los brazos cruzados y la mirada perdida mientras caminaba.

Llegó al jardín de Amelia. Ella estaba ahí, tratando de meter algunas plantas a la casa para que no se inundaran. Sostenía una maceta bastante pesada cuando Dira llegó para ayudarla.

Amelia volteó a verla asustada; ya era de noche. Pero sonrió al darse cuenta de que era ella.

Una vez dentro de la casa le preguntó:

—Amelia, ¿está mi padre aquí?

El cabello rizado de Amelia se le iba constantemente al rostro. Se lo acomodó detrás de la oreja, como si con eso pudiera escuchar mejor.

—Aaahh… emm… creo que está en el balcón, linda.

—Gracias, Amelia. ¿Me permites pasar?

—Mi casa es tu casa, adelante.

Entró a la casa. Hacía tanto tiempo que no lo hacía; bueno, no tan lejos. Últimamente solo había llegado hasta el cuarto donde estaba el piano, literalmente el primero al entrar por la puerta.

Había muchas pinturas colgadas, todas hechas por la misma persona: Matt.

Al final de las escaleras había un pequeño cuarto con puertas corredizas. Ahí estaba su padre, sentado debajo de lo que parecía un enorme paraguas, tratando de leer el periódico, aunque el aire que soplaba movía las hojas accidentalmente.

Inclinó ligeramente la cabeza al saludarlo.

Su padre volteó al instante, se levantó y fue hacia ella. La abrazó de inmediato. Tener el rostro pegado al pecho de su padre era reconfortante.

—Te he echado de menos, hija.

—Lo sé, padre, pero era necesario.

—Sí, lo sé. Tú y tu madre eran inseparables. Me alegra que sepas que aquí estoy, sin importar qué.

Aún no la soltaba. La abrazaba tan fuerte que Addy no sabía cómo reaccionar, así que solo le devolvió el abrazo con una pequeña caricia en la espalda.

Finalmente la soltó.

La sujetó de los hombros y comenzó a decir:

—¿Viniste porque te vas a Vetlire? ¿Querías despedirte? Mi niña se ha convertido en una pequeña adulta…

—No. Bueno… sí, pero quisiera preguntarte algo.

—Claro, pregúntame.

—¿Sabes de alguien con quien Lita estuviera hablando?

—¿Con Lita? Bueno, no paso demasiado tiempo con ella, pero había un chico que iba a visitarla constantemente. Además, Leo siempre me mantenía al tanto del correo. Al parecer, un chico con el apellido Vild le mandaba muchas cartas, aunque no recuerdo su nombre.

—Se fue, papá… y creo que fue con él. Fue a Vetlire.

—No podemos ir por ella.

—¿Qué?

—Tomó su decisión. Si tú lo decides, puedes no ir y dejar que ella tome tu lugar.

Comenzó a caminar en círculos, dando pasos cortos.

—Si bien han cambiado las reglas en cuanto a la edad de reclutamiento, no se niegan a que alguien que está tan cerca de la mayoría de edad se les una.

—Papá… ¿cómo puedes decir eso?

Su padre se detuvo en seco. Los dos se miraron fijamente. Dira tenía un par de lágrimas en los ojos.

—¿Cómo puedes pretender que tu hija se escape con un desconocido para convertirse en espía de la colonia de los marginados? Porque eso hacen, ¿no? Los famosísimos Vigías.

Gritaba cada palabra con ira, con rabia.

—No lo entiendes, hija.

—¿Quién es ese “Vild”?

Se escuchó la puerta corrediza de pronto.

—Es Eder Vild.

—¿Qué?

El padre volteó de inmediato. Su voz cambió al instante; su tono era furioso.

—¿Quién es Eder Vild, papá?

—No recordaba su nombre. Lo llamaban “el Ineato”. Era uno de los mejores Vigías, pero… ¿cómo Lita…?

—Es Vild, hijo.

—¿Cómo sabes eso, Matt?

—Porque yo…

—¿Qué hiciste, Matt? ¿Qué hiciste? Creí que éramos amigos.

—Ella quería ir. Desde hace un año me preguntaba cosas. Sabía que tú no la dejarías y yo solo…

Dira se acercó a él y comenzó a empujarlo mientras le decía, palabra por palabra:

—¿Cómo no pudiste decírmelo?

Su padre se acercó rápidamente para detenerla y se interpuso entre ambos.

—Tranquilízate.

Ella se dejó caer al suelo.

—No quiero que vuelvas a hablarme jamás.

Se levantó y salió de ahí lo más rápido que pudo.

Había perdido a su hermana.

Estaba con un desconocido que conocía a su madre.

Su padre parecía más apegado a las reglas que al bienestar de su propia familia y, para terminar, su mejor amigo le había ocultado cosas.

Ya no podía confiar en nadie.

No le importaba estar empapada por la lluvia; lo único que le importaba era que no mataran a su hermana, que no le pasara nada.

Pero estaba cansada de preocuparse.

Antes no entendía por qué su madre lloraba tantas noches.

Ahora comenzaba a comprenderlo un poco más.

Lita estaba desaparecida…

Y ella tendría que irse al día siguiente.

A la mañana siguiente no recordaba a qué hora había llegado a su casa. Lo último que recordaba era haberse quedado dormida en una banca del parque cerca de su hogar.

Vio el reloj. Ya marcaban las seis de la mañana.

Se levantó sin siquiera tocar el suelo. Permaneció sentada un momento y luego apoyó lentamente el pie derecho.

Arregló su maleta. Tomó algunas cosas de su armario y dos pares de zapatos.

Después jaló la escalera plegable del ático y comenzó a subir lentamente. Una vez arriba, encendió una linterna y empezó a rebuscar entre fotografías familiares.

Había una caja con el nombre de su madre.

Se detuvo por un instante.

De uno de los lados sobresalía un arco.

Lo reconocía.

De vez en cuando practicaban juntas.

Lo tomó.

Encontró la fotografia qué buscaba y la metió en la maleta.

Iba saliendo por la puerta cuando vio a Rowen sentado en la banqueta. Tenía una mochila a un lado y descansaba la cabeza sobre ella.

Al cerrar la puerta, la azotó a propósito.

Rowen despertó con un sobresalto.

—¿Piensas mudarte al colegio? —dijo ella en tono sarcástico.



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Editado: 28.05.2026

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