Libre En Tus Sombras

Capítulo 1: El chirrido del destino

​La lluvia de la tormenta de otoño golpeaba con fuerza contra el pavimento, empañando las gafas de Mia Sinclair. Llevaba los brazos cargados de apuntes pesados sobre Derecho Penal y un examen de jurisprudencia que la había dejado exhausta. Lo único que Mia quería en ese maldito momento era llegar a su pequeño apartamento, prepararse un café y olvidarse del mundo.Se subió la capucha de su abrigo, tratando de resguardarse del viento helado, y se dispuso a cruzar la avenida oscura, confiando en que el semáforo peatonal le daba el paso. No había nadie más en la calle o eso pensaba ella.

​A solo unos metros, un imponente y reluciente coche negro de cristales blindados avanzaba a toda velocidad, rompiendo los charcos de agua. En el asiento trasero, la atmósfera era radicalmente distinta.

​Stefan Castiglione mantenía la mirada fija en su tableta, repasando las rutas de contrabando del puerto de la ciudad. Su rostro, tallado con líneas duras y una mandíbilla tensa, no reflejaba absolutamente ninguna emoción. A sus veintiocho años, Stefan no era solo el hombre más temido de la mafia; era un fantasma implacable que controlaba el imperio del crimen organizado con una frialdad matemática. No confiaba en nadie. La confianza era un lujo que los hombres de su posición pagaban con un disparo en la nuca.

​—Señor, el cargamento de los rusos ya está bloqueado —informó su chofer desde el frente, visiblemente de lo más nervioso. Cualquiera temblaba bajo la sola presencia de Stefan.

​—Excelente. Si intentan negociar, elimínalos —respondió Stefan con una voz ronca, profunda y carente de piedad.

​De repente, un violento volantazo sacudió el coche. Las llantas chirriaron con un estruendo ensordecedor sobre el asfalto mojado.

​—¡Mierda! —exclamó el chofer, frenando en seco a milímetros de una silueta que acababa de invadir la calle.

​Mia dejó caer todos sus apuntes al suelo. Las hojas blancas flotaron sobre los charcos de agua sucia mientras ella caía de rodillas, con el corazón golpeándole el pecho a una velocidad inhumana. El parachoques del coche negro se había detenido a escasos centímetros de sus piernas. Estaba temblando, empapada por la lluvia, con los ojos abiertos de par en par por el terror absoluto.

​En el interior del vehículo, Stefan levantó la vista, irritado por la interrupción. Iba a ordenar a su chofer que simplemente pasara de largo, pero entonces la vio a través del cristal.

​La tenue luz de la farola iluminaba el rostro de Mia. Su cabello pelinegro estaba pegado a sus mejillas por el agua, y sus ojos reflejaban una vulnerabilidad tan pura, tan ajena al mundo de sangre en el que él vivía, que algo dentro de Stefan se rompió. O tal vez, nació.

​Stefan Castiglione, el hombre que jamás se rebajaba ante nadie, bajó la ventanilla tintada lentamente. El aire frío de la noche se coló en el coche, pero él no apartó la mirada de la chica que seguía en el suelo, tratando inútilmente de recoger sus papeles mojados con manos temblorosas. Ella lo miró por un segundo a través del cristal abajo; la mirada de Stefan era oscura, dominante, devoradora. Una mirada que prometía peligro y, al mismo tiempo, una extraña e inevitable sumisión.

​Mia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la lluvia. Aquel hombre del traje impecable y ojos de depredador la estaba analizando como si fuera su propiedad.

​Asustada por la intensidad de la situación, Mia se levantó como pudo, dejando atrás sus apuntes destrozados, y corrió hacia la acera opuesta desapareciendo entre un callejón.

​Stefan se quedó inmóvil, observando el punto exacto por donde ella había huido. Su chofer lo miró por el retrovisor, asustado de su reacción.

​—¿Se... se encuentra bien, señor Castiglione? ¿Quiere que continúe?

​Stefan no respondió de inmediato. Extendió su mano enguantada en cuero negro y recogió una de las pocas hojas que la corriente de agua había arrastrado cerca de su puerta. Leyó el membrete empapado: Facultad de Derecho. Universidad Central.

​Una sonrisa lenta, calculadora y letal apareció en los labios de Stefan. Aquella chica ordinaria acababa de meterse, sin saberlo, en la boca del lobo. Y él no planeaba dejarla ir.

​—Averigua quién es —ordenó Stefan, guardando el papel en su bolsillo—. Quiero su nombre, su dirección y sus horarios para mañana en la mañana.

​—Sí, señor. ¿Y si se resiste?

​Stefan miró las sombras de la noche a través de la ventana.

​—Nadie se resiste a mí. Ella solo necesita un empujón para entender que su libertad ahora me pertenece




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.