Libre En Tus Sombras

Capitulo 2: Dueño de ti

El despacho principal de la mansión Castiglione olía a madera de caoba, tabaco caro y a un poder absoluto y silencioso. Los primeros rayos del sol apenas lograban filtrarse a través de los pesados cortinajes de terciopelo oscuro, dejando la habitación sumida en un juego de luces y sombras que encajaba perfectamente con el hombre que la ocupaba.

​Stefan Castiglione estaba de pie junto al gran ventanal, con una taza de café negro en la mano. Vestía un traje de tres piezas impecable, gris oscuro, sin una sola arruga. Su mente, fría y calculadora, repasaba los acontecimientos de la noche anterior. La imagen de la chica pelinegra bajo la lluvia, con sus apuntes flotando en el agua y esos ojos grandes llenos de terror puro, se había quedado grabada a fuego en su memoria. Stefan no solía obsesionarse; él simplemente tomaba lo que quería. Pero ella... ella era diferente. Representaba todo lo que él no tenía: inocencia, orden, luz.

​Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

​—Adelante —ordenó Stefan con su característica voz ronca y profunda.

​Franco, su mano derecha y jefe de seguridad, entró con paso firme pero precavido. Sostenía una carpeta de cuero negro entre las manos. Sabía que cuando el Don pedía algo a primera hora de la mañana, el fracaso no era una opción.

​—Tengo la información que me pidió, señor Castiglione —dijo Franco, colocando la carpeta sobre el escritorio de caoba—. Su nombre es Mia Vance. Tiene veintiún años y está en su último tramo de la carrera de Derecho en la Universidad Central.

​Stefan dejó la taza de café y se acercó lentamente al escritorio. Se sentó en su sillón de piel y abrió la carpeta. Lo primero que vio fue una fotografía de Mia pegada a la ficha de la universidad. En la foto, ella sonreía tímidamente, con el cabello negro cayendo sobre sus hombros y una mirada limpia, ajena por completo a la podredumbre del mundo criminal.

​—Mia Vance... —susurró Stefan, saboreando cada sílaba de su nombre. Su pulgar enguantado delineó el contorno de la fotografía—. Una futura abogada. Qué ironía.

​—Es una chica ordinaria, señor —continuó Franco—. No tiene antecedentes, sus padres viven en otra ciudad y trabaja a tiempo parcial en la biblioteca del campus para pagar sus gastos. Su vida se reduce a estudiar y volver a su apartamento. No tiene protección de ningún tipo. Está completamente sola en la ciudad.

​Stefan cerró la carpeta con un golpe seco. Una sonrisa lenta y letal, la sonrisa de un depredador que acaba de localizar a su presa ideal, apareció en sus labios.

​—Perfecto. Asegúrate de que dos de nuestros hombres la vigilen a distancia hoy en la universidad. Quiero saber cada paso que da, pero que no noten nada. Todavía no.

​—¿Cuáles son sus órdenes para el final del día, señor?

​—Hoy le daremos a la señorita Vance su primera lección sobre cómo funciona el mundo real —sentenció Stefan con frialdad—. Prepara el coche para las seis de la tarde. Yo mismo me encargaré del resto.

​Mientras tanto, en el campus universitario, las cosas no iban bien para Mia. Había pasado toda la mañana intentando concentrarse en una clase magistral sobre Derecho Penal, pero las palabras del profesor se mezclaban en su mente con el chirrido de los neumáticos de la noche anterior.

​Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la ventanilla tintada bajando lentamente y aquellos ojos oscuros y dominantes que la habían analizado como si fuera una simple mercancía. Jamás en su vida había sentido un miedo tan paralizante, pero también, de una manera extraña y perturbadora que se negaba a admitir, una chispa de magnetismo que la hacía temblar.

​Al salir de la facultad hacia las tres de la tarde, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Mia se detuvo en las escaleras del edificio principal y miró a su alrededor. El campus estaba lleno de estudiantes que hablaban y reían, pero ella sentía una presión incómoda en la nuca. Al fondo, cerca de las puertas de acceso peatonal, un sedán negro de cristales oscuros permanecía estacionado con el motor en marcha. Dos hombres con trajes oscuros estaban apoyados contra el vehículo, mirando fijamente en su dirección.

​Mia se ajustó la correa de su bolso y apresuró el paso hacia la biblioteca, tratando de convencerse a sí misma de que eran paranoias suyas debido a la falta de sueño y al susto del accidente. "Es solo estrés, Mia. Estás estudiando para ser abogada, piensa con lógica", se repitió internamente. Sin embargo, su instinto, ese que rara vez fallaba, le decía que las sombras de la noche anterior se estaban cerrando a su alrededor.

​A las siete de la noche, la oscuridad ya había devorado por completo la ciudad. Mia salió finalmente de la biblioteca. El cielo amenazaba con volver a llover y el viento soplaba con fuerza, arrastrando las hojas secas por el suelo. Decidió tomar un atajo por una calle secundaria, un callejón poco iluminado que conectaba directamente con la avenida principal donde pasaba su autobús. Sabía que no era el lugar más seguro, pero estaba cansada y quería llegar a casa.

​Fue un error.

​A mitad del callejón, el eco de unos pasos pesados detrás de ella la hizo acelerar el ritmo. Mia miró de reojo y divisó a un hombre corpulento, con una chaqueta desgastada y una mirada lasciva, que caminaba de prisa hacia ella.

​—Oye, bonita, ¿por qué tanta prisa? —gritó el hombre, con una voz pastosa que delataba que estaba bajo los efectos de alguna sustancia.

​Mia no respondió. Empezó a correr, pero sus zapatos no eran los adecuados para el asfalto húmedo. El hombre dio un zarpaje y la agarró fuertemente del brazo, arrastrándola hacia la zona más oscura del callejón, contra una pared de ladrillos.

​—¡Sueltame! ¡Déjame en paz! —gritó Mia, intentando usar sus técnicas de defensa personal, pero la fuerza bruta del atacante la superaba por completo. Las lágrimas de pánico comenzaron a nublar su vista—. ¡Auxilio! ¡Por favor!




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