Libre En Tus Sombras

Capitulo 3: La jaula de oro

El interior del coche blindado era un espacio claustrofóbico, sumido en un silencio sepulcral que solo se veía roto por el zumbido ahogado del motor y el azote constante de la lluvia contra los cristales tintados. Mia Vance estaba encogida contra la puerta trasera derecha, intentando ocupar el menor espacio posible. Se abrazaba a sí misma en un esfuerzo inútil por detener el temblor que sacudía todo su cuerpo; su ropa seguía empapada, el agua goteaba de las puntas de su cabello pelinegro y se filtraba en el costoso cuero del asiento, pero el frío de la noche no era nada comparado con la gélida energía que emanaba el hombre sentado a su izquierda.

​Stefan Castiglione ni siquiera se dignaba a mirarla. Mantenía la vista fija en la ventana, con el rostro serio y la mandíbula tensa, observando cómo las luces de los suburbios se desvanecían para adentrarse en una carretera privada, flanqueada por densos árboles que bloqueaban cualquier rastro de civilización. Su perfil, iluminado intermitentemente por los destellos de los faros exteriores, parecía esculpido en piedra. Parecía un rey oscuro regresando a su trono tras haber reclamado un trofeo.

​Mia, tragándose el nudo de pánico que amenazaba con ahogarla, apretó los puños. No podía quedarse callada. Tenía que apelar a la lógica, a lo único que conocía y controlaba: su mente.

​—Esto... esto es un secuestro —consiguió articular. Su voz sonó rota, un hilo tembloroso en medio de la penumbra, pero se forzó a continuar—. Es un delito federal con una pena de prisión incalculable. Soy estudiante de derecho, sé perfectamente que no tienes el derecho legal de retenerme contra mi voluntad. Si me dejas ir ahora, en la próxima avenida, prometo que... prometo que no diré nada a las autoridades. Fingiremos que esto fue un terrible malentendido. Olvidemos lo que pasó en ese callejón.

​Por un instante, el silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que Mia pudo escuchar el latido desbocado de su propio corazón. Entonces, vio cómo la comisura de los labios de Stefan se elevaba milimétricamente en una mueca fría, calculadora y carente de cualquier rastro de empatía. No era una sonrisa; era la burla silenciosa de un depredador que escucha los lamentos de una presa acorralada.

​Stefan giró la cabeza lentamente, con una parsimonia que heló la sangre de Mia. Cuando sus ojos oscuros y devoradores se clavaron en ella, la atmósfera del coche pareció perder todo el oxígeno.

​—¿La policía? ¿La ley? —La voz de Stefan fue un susurro ronco, tan profundo y dominante que pareció vibrar en las paredes del vehículo—. Escúchame bien, mia cara. En esta ciudad, las autoridades comen de mi mano, los fiscales miran hacia otro lado y los jueces firman los documentos que yo les ordeno. Yo soy la ley en este lugar. Así que guarda tus discursos universitarios y tus códigos penales para alguien a quien le importe un demonio. Aquí no te van a servir de nada.

​Antes de que Mia pudiera procesar la amenaza, Stefan estiró su brazo con una lentitud exasperante. Ella se tensó, cerrando los ojos con fuerza esperando lo peor, pero él no la golpeó. En su lugar, sus dedos enguantados en cuero negro se enredaron con firmeza en un mechón de su cabello húmedo. Con un tirón seco, pero controlado, la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás, forzándola a sostenerle la mirada.

​La cercanía fue abrumadora. Mia pudo percibir el aroma embriagador de su perfume caro mezclado con el olor a cuero, y la fijeza de su mirada la hizo sentir completamente desnuda y desarmada.

​—Anoche te atravesaste frente a mi coche, y hoy permitiste que un maldito infeliz de quinta categoría te pusiera las manos encima en un callejón oscuro —siseó Stefan, acercándose tanto que sus labios casi rozaban la oreja de Mia—. Eres demasiado ingenua, demasiado frágil para andar suelta por las calles de esta ciudad. Tu antigua vida, tus horarios, tus rutinas ordinarias... todo eso se terminó en el momento en que bajé la ventanilla bajo la lluvia. Ahora estás en mi territorio, y aquí obedeces mis órdenes. Si te digo que te quedas, te quedas. ¿Entendido?

​Mia tragó saliva con dificultad. El agarre en su cabello no flaqueaba; era un recordatorio físico e implacable de que su libertad ya no le pertenecía. En su mente, una parte de ella quería seguir gritando y peleando por sus derechos, pero su cuerpo, doblegado por el cansancio, el terror y una extraña sumisión involuntaria ante el peso de la autoridad de Stefan, solo pudo asentir levemente.

​Satisfecho con la muda respuesta, Stefan la soltó con un movimiento despectivo, regresando su atención a la ventana como si ella ya no fuera una amenaza.

​Minutos después, el vehículo aminoró la marcha al detenerse frente a unas colosales puertas de hierro forjado que se abrieron de par en par mediante un sistema de seguridad automatizado. El coche avanzó por un sendero adoquinado iluminado por antorchas, revelando una imponente mansión de arquitectura europea tradicional. El lugar estaba fuertemente custodiado; hombres armados con trajes oscuros y auriculares patrullaban los jardines perfectamente podados, vigilando cada rincón con ojos de halcón.

​Cuando el coche se detuvo por completo frente a la escalinata principal, Franco abrió la puerta desde el exterior. Stefan bajó de inmediato, ajustándose el saco de su traje con una elegancia letal, sin dignarse a mirar atrás ni a ofrecerle una mano a la chica que dejaba atrás.

​—Sácala del coche y llévala a la habitación del ala este —ordenó Stefan a Franco con un tono cortante y desprovisto de emoción, antes de perderse tras las enormes puertas dobles de la entrada.

​Franco, manteniendo una distancia respetuosa pero firme, le hizo una seña a Mia.

​—Por aquí, señorita Vance. Por favor, no complique las cosas.

​Con las piernas temblándole como gelatina y arrastrando los pies calzados con zapatos arruinados por el lodo, Mia siguió al jefe de seguridad a través de los opulentos pasillos de la mansión. Todo en el interior gritaba riqueza y poder: techos altos con molduras de oro, lámparas de cristal de Murano y alfombras persas que amortiguaban sus pasos. Subieron por una monumental escalinata de mármol hasta detenerse al final de un largo pasillo, frente a una pesada puerta de madera oscura.




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