Libre En Tus Sombras

Capitulo 4: Las reglas del juego

El clic del cerrojo electrónico resonó en mis oídos como el disparo de una sentencia. Me quedé inmóvil, de pie en el centro de aquella gigantesca habitación que se sentía más como una bóveda de alta seguridad que como un dormitorio. Mis manos seguían temblando. Me abracé a mí misma, frotando mis brazos en un intento inútil por recuperar el calor, pero el frío que sentía no venía del clima; venía del terror absoluto de saber que mi vida, tal como la conocía, se había desmoronado en cuestión de horas.

​Caminé hacia el espejo del lujoso baño adjunto. La imagen que me devolvió el reflejo me dio lástima: una estudiante de derecho de veintiún años, con el cabello pelinegro completamente enredado y pegado a las mejillas por la lluvia, los ojos enrojecidos y la ropa universitaria arruinada por el lodo del callejón. Me despojé de esas prendas empapadas como si quisiera desprenderme de la pesadilla que acababa de vivir.

​Me metí a la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis músculos tensos, pero mi mente no se detenía. Jurisprudencia, códigos penales, derechos constitucionales... Todo lo que había estudiado con tanto esfuerzo en la Universidad Central no servía para nada aquí. Stefan Castiglione lo había dicho con una frialdad que me erizó la piel: «Yo soy la ley». Él no era un delincuente común; era el dueño de las sombras de esta ciudad. Y lo más aterrador no era su poder, sino el hecho de que me había estado observando. Sabía mi talla de ropa, mis horarios, mi vida entera.

​Al salir, me negué a ponerme uno de los lujosos vestidos de diseñador que había dejado sobre la cama. Sentía que aceptar su ropa era aceptar mi sumisión. En su lugar, opté por el conjunto más simple que encontré en el vestidor: un suéter de cachemira gris de cuello alto que me quedaba ligeramente holgado y unos pantalones negros sencillos. Al menos de esa forma me sentía un poco más protegida, como si la tela gruesa pudiera ocultarme de su mirada de depredador.

​Apenas terminé de peinarme, la puerta se abrió de nuevo. Una mujer madura, vestida con un uniforme impecable y expresión severa, me miró de arriba abajo.

​—El señor Castiglione la espera en el comedor principal para cenar —dijo con voz monótona—. Por aquí, señorita Vance.

​—No tengo hambre. No voy a bajar —respondí, plantando firmemente los pies en el suelo, intentando recuperar un poco de la dignidad que me habían arrebatado.

​La mujer ni se inmutó. Se hizo a un lado, revelando a dos guardias armados apostados en el pasillo. Sus manos descansaban casualmente sobre las fundas de sus pistolas.

​—No fue una invitación, señorita. El señor no tolera que lo hagan esperar.

​El estómago se me apretó. Tragándome el orgullo y el miedo, caminé hacia la salida. No tenía opción. Cruzar los interminables pasillos de mármol bajo la custodia de aquellos hombres me hizo sentir diminuta. La mansión era un palacio, sí, pero también una fortaleza inexpugnable.

​Cuando entramos al comedor, la escena parecía sacada de una película de mafia. Una mesa comunal de caoba oscura dominaba el espacio, iluminada por una imponente lámpara de cristal. En la cabecera, impecable a pesar de que ya era tarde, estaba Stefan. Se había quitado el saco del traje; ahora vestía solo la camisa de vestir gris oscuro con las mangas sutilmente remangadas, revelando unos antebrazos fuertes y la correa de un reloj que costaba más que toda mi carrera universitaria. Sus guantes de cuero negro estaban sobre la mesa, junto a una copa de vino tinto y una tableta electrónica.

​No estaba solo. Franco, su jefe de seguridad, estaba inclinado hacia él, hablándole en susurros urgentes. Logré captar fragmentos de la conversación antes de que notaran mi presencia.

​—...los rusos interceptaron el cargamento en el puerto sur, señor —decía Franco con evidente tensión—. Borodin dice que no va a respetar el porcentaje acordado. Dice que si queremos la mercancía, el precio se duplica. Además, hay rumores de que la policía federal está husmeando cerca de las bodegas de la zona este. Alguien está filtrando información.

​Stefan no se alteró, pero la atmósfera de la habitación se volvió notablemente más densa, cargada de un peligro latente. Sus ojos oscuros brillaron con una furia gélida mientras deslizaba un dedo por la tableta.

​—Borodin está jugando un juego muy peligroso —respondió Stefan, con esa voz ronca y profunda que me hacía temblar—. Cree que porque tengo problemas con la aduana puede extorsionarme. Dile a nuestros hombres en el puerto que congelen todas sus rutas de salida. Nadie mueve un solo gramo en esa zona hasta que yo lo decida. Y respecto al soplón... encuéntralo. No quiero excusas, Franco. Sabes perfectamente lo que le pasa a la gente que me traiciona.

​—Sí, Don Stefan. Me encargo ahora mismo —Franco asintió con la cabeza, visiblemente aliviado de salir de la línea de fuego.

​Al girarse, me vio parada en el umbral. Stefan levantó la vista lentamente, y en el instante en que sus ojos se cruzaron con los míos, la rigidez de sus negocios pareció transformarse en una fijeza calculadora centrada exclusivamente en mí. Hizo una sutil seña con la mano, y Franco, junto con los guardias, abandonaron la habitación en un silencio absoluto, dejándonos completamente solos.

​—Siéntate, Mia —ordenó, señalando la silla a su derecha.

​Me quedé estática junto a la puerta, cruzando los brazos sobre mi pecho.

​—No me voy a sentar. Y no voy a comer nada de lo que me ofrezcas —declaré, forzando a que mi voz no temblara—. Quiero que me digas qué quieres de mí. ¿Por qué me estás haciendo esto? No tengo dinero, mis padres no son ricos... No tienes nada que ganar teniéndome aquí. Si es por lo del coche de anoche, te juro que no iba a presentar ninguna denuncia.

​Stefan soltó un suspiro bajo y se reclinó en su silla, analizándome como si fuera un acertijo interesante. Se levantó con una elegancia que me hizo dar un paso atrás por puro instinto, pero él no se acercó de inmediato. Rodeó la mesa con parsimonia, manteniendo una distancia que solo aumentaba la tensión psicológica.




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