Habían pasado dos días desde que firmé mi sentencia de sumisión en el comedor. Dos días en los que me había convertido en un fantasma dentro de aquella inmensa mansión. Pasaba las horas encerrada en la biblioteca del ala este, intentando refugiarme en novelas clásicas para no pensar en que mis apuntes de Derecho penal seguían pudriéndose en algún charco de la ciudad, o en que mi antigua vida universitaria continuaba avanzando sin mí.
Pero era imposible ignorar el ecosistema de terror que rodeaba a Stefan Castiglione.
Desde el gran ventanal de la biblioteca, que daba hacia el patio trasero de adoquines, fui testigo de la verdadera monstruosidad de mi captor. Era media tarde cuando vi a Franco y a otros dos guardias arrastrar a un hombre ensangrentado, atado de manos y con el rostro desfigurado por los golpes. El soplón del puerto.
Stefan salió al patio. Vestía un traje negro impecable, sin una sola arruga, contrastando brutalmente con la miseria del traidor arrodillado a sus pies.Me pegué al cristal de la ventana de la biblioteca, conteniendo la respiración, con el corazón martilleando contra mis costillas. Esperaba gritos, discusiones, algún rastro de humanidad o un interrogatorio violento. No hubo nada de eso. Stefan ni siquiera se agachó para quedar a la altura del hombre. Escuchó los ruegos desesperados con una indiferencia que me heló la sangre. El soplón lloraba con el rostro cubierto de lágrimas y sangre, suplicando por su vida, jurando que los rusos lo habían amenazado con matar a su familia.
Fue entonces cuando sucedió algo que me paralizó por completo.
Como si pudiera sentir el peso de mis ojos sobre él, Stefan levantó la cabeza lentamente hacia el segundo piso. Su mirada oscura atravesó la distancia y se clavó directamente en mí, atrapándome detrás del cristal del ventanal. Sabía que yo estaba ahí. Sabía que lo estaba mirando.
Y entonces, lo hizo.
Mientras el hombre sollozaba a sus pies aferrándose a sus pantalones, Stefan clavó sus ojos en los míos y curvó los labios en una sonrisa macabra. Fue un gesto lento, retorcido, carente de cualquier rastro de piedad; una advertencia silenciosa grabada en sus facciones perfectas que parecía decirme: «Mira bien de lo que soy capaz». El aire se me escapó de los pulmones y quise retroceder, pero el terror me mantuvo clavada al suelo.
Sin apartar los ojos de mi ventana, manteniendo esa sonrisa espeluznante fija en mí, Stefan levantó sutilmente su mano derecha y repitió el ademán que ya le había visto antes a los hombres de su calibre: deslizó un dedo pulgar de lado a lado por su propio cuello, en un frío gesto de degollamiento, y luego apuntó con el índice hacia el suelo.
Dio la vuelta con elegancia, dándome la espalda para regresar al interior de la casa. En el mismo segundo en que él dio el primer paso, Franco sacó un arma con silenciador de su chaqueta. No hubo más súplicas. Dos detonaciones ahogadas resonaron en el patio seco y el soplón cayó de bruces contra los adoquines, tiñendo el suelo de un rojo espeso. La vida del traidor había terminado en un parpadeo, borrada por una simple orden silenciosa.
Me aparté del ventanal de golpe, cayendo sentada en el suelo de la biblioteca, tapándome la boca para ahogar un grito. Stefan Castiglione no tenía piedad. Ninguna. Y lo peor de todo era que él se aseguraba de que yo lo supiera.
Esa misma noche, el precio de sus pecados llamó a nuestra puerta.
Era pasada la medianoche y yo daba vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño con la imagen del soplón grabada en mi mente. De repente, el zumbido constante del aire acondicionado se detuvo. Las luces de la habitación y del pasillo se apagaron por completo, sumiendo la estancia en una oscuridad sepulcral.
Un segundo después, el silencio de la noche fue pulverizado.
Una alarma ensordecedora comenzó a aullar por los altavoces de la propiedad, seguida inmediatamente por el estallido ensordecedor de una explosión en la entrada principal. Las ventanas blindadas vibraron con fuerza. El eco lejano pero inconfundible de ráfagas de armas automáticas comenzó a resonar en los jardines. Los hombres de Borodin habían venido a cobrar la afrenta del puerto, y la mansión se había transformado en una zona de guerra.
El pánico me paralizó. Salté de la cama, tropezando en la penumbra, y corrí hacia la puerta. Presioné el picaporte, pero no cedió. El sistema electrónico, al perder la energía principal, se había bloqueado por seguridad. Estaba encerrada en una habitación blindada a oscuras mientras afuera se desataba una matanza. Los impactos de bala empezaron a escucharse en el pasillo, cada vez más cerca.
—¡Ayuda! ¡Por favor, ábranme! —grité, golpeando la puerta con los puños, las lágrimas de terror nublando mi vista.
De pronto, un estallido brutal hizo crujir la puerta. El cerrojo electrónico fue destruido de un disparo desde el exterior y la hoja de madera se abrió de par en par con violencia. Retrocedí a trompicones, cayendo de rodillas sobre la alfombra, de verdad convencida de que los rusos habían venido por mí.
Pero la silueta que recortaba la luz de los destellos del pasillo no era la de un enemigo. Era él.
POV STEFANBorodin cometió el último error de su miserable vida. Cortar mis rutas en el puerto fue una declaración de guerra, pero enviar a sus mercenarios a mi propia casa a mitad de la noche era firmar su acta de defunción.
Cuando las luces principales se apagaron y la primera detonación sacudió la entrada, yo ya estaba armado. Me coloqué el chaleco táctico sobre la camisa negra, aseguré el fusil de asalto en mis manos y salí al pasillo. Mis hombres ya estaban respondiendo al fuego abajo. La línea de defensa resistiría, pero no me importaba la estrategia en la planta baja. Mi única prioridad estaba en el ala este.
Mia.
Escuché ráfagas de subfusiles rusos subiendo por las escaleras secundarias. Dos de los invasores lograron llegar a mi piso. No les di tiempo ni de apuntar; apreté el gatillo tres veces, viendo sus cuerpos caer pesadamente sobre las alfombras persas. El olor a pólvora quemada inundó el aire, pero mis pies no se detuvieron. Avancé a grandes zancadas hasta su puerta. Podía escuchar sus pequeños y desesperados puños golpeando la puerta desde el otro lado. Estaba aterrorizada, gritando por ayuda. El sistema electrónico se había bloqueado por el corte de energía, encerrándola.
Editado: 24.05.2026