POV MIA
El búnker subterráneo se abrió a las seis de la mañana. Cuando la pesada puerta de acero se deslizó hacia un lado, el olor a pólvora quemada, humo y sangre filtrada por los extractores de aire me golpeó directo en el rostro, recordándome que la noche anterior no había sido una pesadilla, sino la realidad de mi nueva vida.
Stefan salió primero, con el fusil de asalto en la mano y la mandíbula tan rígida que parecía que iba a romperse. Yo lo seguí a un paso de distancia, abrazándome a mí misma, vistiendo aún el suéter gris holgado que ahora estaba manchado con el hollín de su chaleco táctico.
La mansión estaba destruida. Las paredes de mármol del pasillo principal tenían impactos de bala profundos, los cristales de las lámparas de Murano decoraban el suelo como nieve brillante y varios de los hombres de Stefan limpiaban los destrozos en silencio. Al bajar las escaleras, evité mirar al suelo por miedo a encontrar las manchas de los hombres que Stefan había asesinado frente a mi puerta.
—Llévala a mi habitación —ordenó Stefan a Franco, sin mirarme—. Su dormitorio quedó inhabitable. Ponle dos guardias en la puerta. Nadie entra, nadie sale.
—¿Tu habitación? —mi voz sonó como un hilo, pero la indignación me dio fuerzas—. Stefan, dijiste que si cooperaba mi vida estaría a salvo. Ayer casi muero encerrada en esa habitación.
Stefan se detuvo en seco. Se giró lentamente, y esos ojos oscuros que horas antes me miraban con una extraña fijeza en la luz roja del búnker, volvieron a ser los de un témpano de hielo. Dio un paso hacia mí, obligando a Franco a retroceder por respeto.
—Ayer salvaste la vida porque te saqué de ahí, Mia —su voz fue un susurro peligroso—. Mis enemigos saben que estás aquí. Borodin quería una debilidad y pensó que eras tú. En mi habitación estarás segura porque nadie tiene los pantalones para cruzar esa puerta. Así que vas a subir, vas a acatar mi orden y vas a agradecer que sigues respirando.
Recordé la sonrisa macabra que me había dado en el patio mientras el soplón caía muerto. La piedad no existía en su vocabulario. Mordiéndome el labio inferior para contener las lágrimas de rabia, me di la vuelta y seguí a Franco hacia el ala principal.
Su dormitorio era tres veces más grande que el mío, dominado por colores oscuros, sábanas de seda negra y un aroma penetrante a su perfume caro y tabaco. Me senté en la orilla de la inmensa cama, sintiéndome más prisionera que nunca. Tenía el cuerpo magullado, pero cuando me miré las manos, noté un pequeño raspón en mi muñeca, producto de cuando la puerta fue derribada.
Un par de horas después, la puerta se abrió. Stefan entró libre del chaleco táctico. Llevaba una camisa negra limpia, pero venía con las mangas remangadas y un pequeño botiquín médico en la mano.
Se acercó a la cama con esa parsimonia que me ponía los pelos de punta. Se sentó a mi lado, demasiado cerca. El colchón se hundió bajo su peso y mi instinto fue alejarme, pero su mano libre atrapó mi tobillo con una firmeza que me congeló.
—No te muevas —ordenó textualmente.
Tomó mi mano herida. Sus dedos rozaron mi piel con una lentitud tortuosa, la misma de anoche. Abrió el botiquín, sacó una gasa con antiséptico y la pasó por mi raspón. El líquido ardió y solté un siseo, intentando retirar la mano, pero su agarre en mi muñeca se apretó. No para lastimarme, sino para dominarme.
—Duele —protesté, mirándolo fijamente.
—El dolor te recuerda que estás viva, mia cara —murmuró, sin levantar la vista de mi herida, soplando suavemente sobre la piel para aliviar el ardor. El contraste era desquiciante: el hombre que mandaba a matar sin pestañear estaba curando un raspón insignificante en mi mano con una delicadeza casi enfermiza.
POV STEFANLimpiar el desastre de Borodin me tomó cuatro horas. Mis hombres encontraron tres camionetas abandonadas a las afueras de la propiedad y se encargaron de desaparecer los cuerpos de los mercenarios rusos. Le dejé claro a Franco que quería la cabeza de Borodin en mi escritorio antes de que terminara la semana. Nadie atacaba la casa de un Castiglione y vivía para contarlo.
Pero mientras daba las órdenes de ejecución en el despacho, mi mente seguía atrapada en el búnker subterráneo. Seguía sintiendo el peso de Mia aferrada a mi cuello, buscando mi calor como si fuera su único salvavidas en el mundo. Sabía que me temía, especialmente después de ver lo que le pasó al soplón en el patio, pero verla doblegarse ante mi fuerza despertaba un instinto animal en mí que no podía controlar.
Cuando entré a mi habitación y la vi sentada en mi cama, tan pequeña, una oleada de posesividad me recorrió la espina dorsal. Noté el raspón en su muñeca de inmediato. Me molestó. Me enfureció saber que algo en mi casa se había atrevido a dañar su piel perfecta.
Tomé el botiquín y me senté a su lado. Cuando intentó huir, la sujeté del tobillo. Quería que entendiera que en esta habitación, y en este mundo, no había escape de mí.
Sostuve su mano. Era tan suave, tan delicada, que sentí el impulso salvaje de romper algo solo por la frustración de lo mucho que me atraía. Pasé la gasa por su herida y la escuché quejarse. Su siseo de dolor me golpeó directo en el estómago. Me obligué a ser lento, a pasar el pulgar por los bordes de su muñeca para calmar su temblor.
—Duele —dijo ella, con esos ojos cargados de desafío y miedo.
—El dolor te recuerda que estás viva, mia cara —le respondí, fijando mi mirada en sus labios.
Estaba tan cerca que podía oler el rastro del jabón de mi ducha en su piel. Acerqué mi rostro al suyo, deteniéndome a escasos centímetros de su boca, dejando que mi respiración acariciara sus labios. Mia contuvo el aliento, sus ojos se abrieron un poco más y bajaron por un segundo hacia los míos. Sus defensas estaban altas, pero su cuerpo no mentía; estaba reaccionando a mí.
—Te vas a quedar en esta cama —le susurré, mi voz bajando a un tono ronco y rozando el límite de la amenaza—. Vas a sanar, y vas a entender que el único lugar seguro en este maldito infierno es a mi lado.
Editado: 24.05.2026