POV MIA
Durante los primeros cuatro días en su habitación, la convivencia con Stefan se convirtió en un campo de batalla minado. Yo me negaba a ser el adorno sumiso de su jaula de oro, y él se negaba a doblegarse ante mi resistencia. No nos dábamos tregua.
La primera gran pelea estalló la segunda noche, cuando una de las sirvientas entró con un vestido de seda rojo, corto y de diseñador. Stefan estaba sentado en su escritorio, revisando unos informes del puerto.
—No me voy a poner eso —le dije, arrojando la prenda directamente sobre sus papeles, interrumpiendo su lectura.
Stefan levantó la vista despacio, y la frialdad de sus ojos oscuros habría hecho temblar a cualquiera, menos a mí. La rabia me estaba volviendo temeraria.
—Es una orden, Mia —respondió con esa voz ronca que lograba exasperarme—. Vamos a cenar con algunos de mis socios del norte. Necesito que te veas impecable.
—¡No soy uno de tus soldados para que me des órdenes, ni un trofeo para que me exhibas ante tus amigos criminales! —le grité, dando un paso hacia su escritorio—. Soy una persona. Tengo una vida, una carrera de Derecho que tú estás destruyendo. No voy a usar tu ropa, no voy a ir a tu cena y prefiero pudrirme de hambre en este cuarto antes de sonreírle a tus malditos socios.
Stefan se levantó con una parsimonia letal. Rodeó el escritorio, acortando la distancia hasta que su imponente figura me obligó a mirar hacia arriba. Su presencia física era aplastante.
—Estás perdiendo el sentido de la realidad, mia cara —siseó, tomándome del brazo con una presión firme que me congeló—. Te di una opción: coopera y los tuyos estarán a salvo. Pero si me sigues desafiando, si me gritas una vez más en mi propia casa, te juro que mañana mismo tu preciada universidad recibirá una llamada que arruinará tu expediente para siempre. Tú decides si juegas a ser la heroína rebelde o si proteges lo que te queda.
Le sostuve la mirada, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia, odiándolo con cada fibra de mi ser por tener siempre el control. Zafé mi brazo de un tirón y me encerré en el baño, golpeando la puerta.
Pasaron dos días más de silencios sepulcrales, miradas que cortaban como navajas y platos de comida que yo dejaba intactos solo por el placer de llevarle la contraria. Pero al quinto día, la lógica de mi mente de estudiante de derecho regresó. Entendí que pelear de frente contra un muro de piedra solo me rompería los huesos. Tenía que cambiar de estrategia. Tenía que hacerle creer que el castigo a mi orgullo había funcionado... para poder destruirlo desde adentro.
El momento llegó esa noche. Stefan entró al dormitorio con el semblante cansado, cargando el estrés de sus negocios con los rusos. En lugar de gritarle, me levanté despacio de la cama. Forcé a mis piernas a no temblar y caminé hacia él con pasos pausados, deteniéndome a milímetros de su pecho.
—Stefan... —susurré, bajando la vista en una perfecta actuación de vulnerabilidad—. He estado pensando mucho en estos días. En las peleas... y en lo que pasó en el búnker.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba por la sorpresa. Levanté la mirada lentamente, dejando que mis ojos se encontraran con los suyos. Con una lentitud tortuosa, estiré la mano y posé mis dedos sobre su antebrazo expuesto, justo donde su camisa negra estaba remangada.
—Sé que he sido difícil —continué, forzando un tono dulce, casi sumiso—. Pero no quiero seguir peleando contigo. El encierro, el miedo... me está consumiendo. Si de verdad mi familia está a salvo... quiero que dejemos de ser enemigos. Ya no tengo fuerzas para luchar contra ti.
Stefan no se movió, pero sus ojos se dilataron por completo, devorándome. Su mano subió y atrapó mi barbilla, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Su pulgar delineó mi labio inferior con una presión pausada, electrizante. Estaba tan cerca que mi corazón se desbocó, pero esta vez no era por miedo a sus gritos, sino por la adrenalina del engaño: mientras él se perdía en mi falsa rendición, mis ojos bajaron sutilmente hacia el bolsillo interno de su saco.
Ahí estaba: la tarjeta electrónica dorada. La llave maestra que abría todas las puertas de la mansión.
—¿De verdad estás cediendo, Mia? ¿O es otra de tus trampas de abogada? —murmuró con su voz profunda, rozando mis labios con su aliento, creando una tensión física insoportable.
—Tú mismo lo dijiste... tú eres la ley aquí —mentí, regalándole una sonrisa sutil y tímida—. Tú ganas, Stefan.
POV STEFANLos primeros cuatro días de la semana fueron un infierno. Mia tenía el demonio por dentro. Me gritaba, me desafiaba y me miraba con un odio tan puro que despertaba mis instintos más salvajes. Me fascinaba su fuego, no voy a negarlo; ninguna mujer había tenido los pantalones de arrojarme un vestido a la cara o de decirme que prefería pudrirse de hambre antes de obedecerme.
Pero mi paciencia tiene un límite. Cuando me gritó en el escritorio, tuve que usar la fuerza de mi autoridad para recordarle quién mandaba. Amenazar su carrera universitaria fue un golpe bajo, lo sabía, pero necesitaba romper su resistencia antes de que terminara por desquiciarme. Verla encerrarse en el baño me dejó con una tensión en las venas que ni los problemas con Borodin lograban calmar.
Por eso, cuando al quinto día entré a la habitación esperando otra ronda de insultos y la vi caminar hacia mí con sumisión, pensé que finalmente la había domado.
Sentir sus pequeños y delicados dedos acariciar la piel de mi antebrazo me causó un escalofrío brutal. Escuchar su voz susurrar que ya no quería pelear, ver la timidez en sus ojos pelinegros y aceptar mi protección fue la victoria más adictiva de mi vida. La tomé del mentón, perdiéndome en la suavidad de su rostro. Me sentí el dueño del mundo. Creí que mis amenazas y el miedo al fin la habían hecho entender que las garras del lobo eran su único refugio seguro.
Editado: 24.05.2026