POV MIA
Eran las tres de la mañana cuando el silencio de la mansión se volvió absoluto. Llevaba horas despierta, con los ojos abiertos en la penumbra, escuchando el zumbido sutil del viento contra los cristales y el latido desbocado de mi propio corazón, que golpeaba con tanta fuerza en mis costillas que temía que Stefan lo escuchara desde el sillón. Giré la cabeza milimétricamente. Ahí estaba él, con la silueta recortada por la luz de la luna; su respiración era pausada, pero incluso dormido, su rostro mantenía esa expresión rígida, dominante e implacable.
Deslicé las piernas fuera de las sábanas de seda negra con un cuidado enfermizo. No me atreví a ponerme zapatos; el eco de unos tacones o la suela de unos tenis en el mármol me delatarían en un segundo. Me quedé descalza, vistiendo solo el suéter gris holgado y mis pantalones negros. Con los dedos temblándome violentamente por la adrenalina, saqué del bolsillo la tarjeta electrónica dorada que le había robado de su saco. La apreté contra mi palma. Era mi único boleto de regreso a la Universidad Central, a mis apuntes de Derecho, a mi vida ordinaria.
Caminé hacia la puerta del dormitorio principal, midiendo cada paso, controlando mi propia respiración. Mis manos sudaban frío cuando acerqué el plástico dorado al sensor de la pared. Clic. El pequeño indicador cambió de rojo a un verde brillante y el pesado cerrojo se retrajo sin hacer ruido. Salí al pasillo y cerré a mis espaldas, sintiendo por primera vez en días que el aire volvía a entrar en mis pulmones. Estaba funcionando.
La mansión se sentía diferente de noche; parecía un museo maldito, iluminado por los destellos plateados de la luna que se filtraban por los enormes ventanales. Sabía que la escalinata principal estaba prohibida; los hombres de Franco patrullaban la planta baja y el vestíbulo las veinticuatro horas. Así que me pegué a las sombras de las paredes y me desvié hacia el ala oeste, buscando la escalera de caracol de servicio que utilizaban las sirvientas. Cada crujido de la madera bajo mis pies descalzos hacía que se me congelara la sangre. Me detenía, esperaba en la oscuridad y, al no escuchar pasos, continuaba.
Llegué a la planta baja y crucé la cocina desierta. Al fondo, se encontraba la pesada puerta de metal que daba a los jardines laterales. El panel electrónico brillaba en la oscuridad. Con las manos húmedas por el sudor del pánico, deslicé la tarjeta dorada. Clic. Verde otra vez. Empujé la hoja de metal con suavidad y el aire helado de la madrugada me golpeó el rostro, trayendo consigo el olor a tierra mojada y libertad. Estaba afuera. Estaba en el jardín.
No perdí tiempo. Empecé a correr descalza sobre el pasto húmedo, ignorando el dolor agudo de las piedras, las ramas caídas y la tierra fría que me lastimaban las plantas de los pies. Mi mente, bloqueada por el instinto de supervivencia, solo repetía una palabra como un mantra: Huye, huye, huye. Crucé el laberinto de arbustos del jardín trasero, alejándome deliberadamente del portón principal y de las cámaras de seguridad. Mi objetivo era el límite norte de la propiedad, donde los altos muros de piedra colindaban directamente con el bosque espeso. Sabía que si lograba trepar la sección de la cerca que estaba semioculta por la hiedra, caería en la carretera secundaria. Desde ahí, podría caminar hasta una gasolinera o pedir ayuda a cualquier conductor.
Estaba a solo unos metros de los árboles. Mis pies pisaron la tierra suelta del límite de la propiedad. Podía ver la libertad ahí mismo, al alcance de mis dedos. Una lágrima de alivio rodó por mi mejilla. Lo había logrado. Había vencido al Don.
—Es una verdadera lástima, Mia —una voz ronca, profunda y gélida emergió de las sombras espesas de los árboles, quebrando la paz de la noche como un latigazo.
Me detuve en seco. El aire se congeló en mi garganta y el pánico me paralizó las piernas, pegándome al suelo.
De la penumbra del bosque, una silueta imponente dio un paso al frente, quedando bajo el reflejo de la luna. Stefan Castiglione. No llevaba el saco de su traje, solo su camisa negra impecable con las mangas remangadas y sus guantes de cuero negro perfectamente ajustados. Su mirada oscura no reflejaba sorpresa, ni cansancio, ni desconcierto; reflejaba una furia contenida, fría, calculadora y letal que me succionó todo el valor. Me miraba como un cazador que observa a un animalito herido que caminó directo a su trampa.
POV STEFAN¿De verdad pensó que una estudiante de derecho de veintiún años podía engañar al hombre que gobierna los negocios más peligrosos y sangrientos de esta ciudad?
Me di cuenta de que mi tarjeta dorada no estaba en el bolsillo interno de mi chaqueta exactamente tres minutos después de salir de mi habitación el día de nuestra supuesta "tregua". Franco, al enterarse, quiso bloquear los accesos y rastrearla de inmediato, pero levanté la mano y lo detuve. Quería ver hasta dónde era capaz de llegar mi pequeña abogada. Quería saborear su juego, ver el alcance de su audacia. La dejé creer que su farsa había funcionado, pasé la noche fingiendo dormir profundamente en el sillón de mi dormitorio y disfruté el espectáculo de verla deslizarse fuera de mis sábanas como un tierno ratón.
La esperé en el límite del bosque durante media hora, disfrutando del frío de la madrugada y fumando un cigarrillo en silencio. Verla correr hacia mí en la penumbra, descalza, con el cabello pelinegro revuelto por el viento, agitando los brazos y vistiendo mi suéter gris holgado, despertó en mi pecho una oleada de posesividad tan salvaje que me dolió el aire. Es mía. Desde el momento en que se cruzó frente a mi coche bajo la lluvia, su destino quedó sellado. Nadie escapa de un Castiglione, y mucho menos ella de mí.
Cuando mis palabras rompieron el silencio, vi cómo el terror absoluto borraba instantáneamente la falsa valentía de su rostro. Sus ojos se abrieron por completo, reflejando la luz de la luna y un desespero que me resultó adictivo. Di un paso hacia ella, acortando la distancia con la parsimonia de un depredador que sabe que el espacio de la presa se ha reducido a nada.
Editado: 24.05.2026